Opinión

Villarejo ríe entre barrotes mientras juega a los dados

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Diego Medrano | Miércoles 26 de septiembre de 2018

Oigo la cabeza de la ministra Delgado caer por la escalera: pum, pum, pum, pum, cataplof. Aguanta, se resiste, pero ha mentido, algo intolerable en la vida política. Me gustó mucho el comentario televisivo de Nacho Escolar: “Hay que tener en cuenta que estaban con güisquis y vodkas”. Claro, sí, hay que tenerlo mucho en cuenta, no es lo mismo la lengua suelta (mojada) que la lengua de trapo (resacosa). Tiene que dimitir todavía con más motivo, porque todo el mundo bebido o con copas dice más lo que piensa, tiene menos frenos, piensa en voz alta, debido al propio trance espirituoso que deja atrás prudencia, cautela o cualquier otro mecanismo de defensa. Uno, la mentira. Respecto a lo de “maricón” a Grande-Marlaska (esta misma semana pasada dijeron que el ministro era de Derechas) es intolerable. Cada uno se mete en la cama con quien le da gana, eso es democracia, y en este país cuando no podemos atacar por lo profesional, lo hacemos por lo personal, algo que yo he visto en literatura con Antonio Gala, Luis Antonio de Villena o Terenci Moix, por ejemplo, que no toleraban su estatus y disparaban por ahí, generalmente pobres de solemnidad y aves de rapiña. Uno, carece de credibilidad después de haber mentido, y dos, con improperios como el acontecido, es para no fiarse, para cortar ya la cuerda.

Lo que nadie parece comprender es la condición de aviso de todo esto. Algo –pero poco- insinúa El País. Villarejo, presuntamente, consiguió más de veinte millones de euros por medios ilegales. Conoce a fondo las cloacas del Estado. Todo esto es un aviso. El primero fue al seno de la Jefatura del Estado (el Rey y Corinna) y éste de ahora va directo al núcleo del Gobierno (PSOE). Lleva un año de prisión preventiva, está harto. Compañeros suyos de la prisión de Estremera lo han confesado todo seguido y sin comas: “Dice que si no le dejan en la calle antes de Navidades comenzará la traca”. Lo tiene todo archivado, catalogado, es hombre de frialdades administrativas, no tiene prisa, sabe cómo el único secreto del éxito es el orden, paciencia y barajar, en su cartapacio de piel hay solo un cinco o diez por ciento del total en cada viaje urbana –con mucho flash informativo- a la judicatura. Jueces, empresarios, notarios, políticos, todos los poderes cantan La Traviata por el micrófono secreto de Villarejo. Si lo matasen, si su vida peligrase en prisión, da igual, segundos y terceros tienen ya órdenes bien dispuestas de seguir el procedimiento. Villarejo no se altera, no se pone nervioso, lo sabe todo y juega a los dados (el de estos dos avisos previos) entre que el personal se decide o no a ponerle en la rúa. El fin, por ahora, es la pulsera telemática, salir de los barrotes, un vinito con patatitas o aceitunas antes de comer y otro después de cenar. Se anuncia pleno verano radiante hasta diciembre.

Los dados del ex comisario son peligrosos. Ha habido tiempo hasta para un chiste, lo que admiraba a Garzón, cuando en junio del año pasado (2017) le contaba a Jordi Évole otra trama por lo menudo y también sin pausas: “Margarita Robles me encargó el informe contra Garzón”. No dudo que se arrepintiese, pero de ahí a la admiración sin fisuras, inquebrantable y apasionada, queda mucho trecho. Villarejo no tiene prisa, sabe que solo puede salvar el pellejo negociando, dejó pasar tiempo con las afirmaciones de la ministra, sí, que no lo conocía de nada ni se habían reunido nunca, y sacó la cintita, el papelito, de ocho años atrás, sin mucho esfuerzo. Sabe preparar los guisos como deben prepararse, inalterable, mimando el caldo gordo primero, mucha paciencia franciscana, y todo en sus “filtraciones” a la prensa -¿serán también negocios?- es un rotundo éxito. Hubo lenguas sueltas (las del whisky y el vodka) hace ocho años, no queremos ni imaginar, con los ojos cerrados y el gesto demudado, lo que puede haber hace seis, cinco, cuatro, tres, dos… ¡Pum! ¡Crahs! ¡Glups! ¡Otra bomba sin avisar!

No va a esperar. Quiere comer las uvas fuera de la trena o todos van a probar su propia estopa. Su catálogo de lenguas sueltas, bífidas, remojadas, peligrosas… afectan a todos los estamentos. Su alma es la de quien hace un puzle, y silba mientras el ordenamiento de las piezas no le vence, todo lo contrario, sino que le hace crecer en el reto, desafío y dificultad. Villarejo es tenaz, perseverante, solo usa el morapio para que hablen los otros y no para trabajar él: el alcohol era un disfraz social más, su trabajo de trinchera es militar y no conoce ni conoció el desfallecimiento. Siempre hay un militar que se ríe de la pasta de la que está hecha el cuerpo o masa civil. Villarejo no tiene prisa. Veinte millones de euros dan para comprar unos archivadores de puta madre, inmunes a la humedad y las ratas soplonas, donde dejar a buen recaudo el oro que nos traerá la inmediata luz del día como segunda riqueza. El turrón, a otros, igual se les hace bola que ni el champán puede empujar.