Alicia Huerta | Miércoles 23 de julio de 2008
Dicen que para gustos, los colores, pero lo cierto es que también las temperaturas. Hay valores absolutos y está claro que a menos de cero grados te congelas y que cuando el termómetro pasa largo de la treintena, te fríes igual que un huevo en las volcánicas tierras del Timanfaya. Pero entremedias y como tantas cosas en la vida, lo del termostato interno resulta de lo más relativo.
Sanidad ha advertido que en España los calores llegan acompañados de dos millones de resfriados y que éstos son, en verano, la mayor causa de baja laboral. Imagino que algo tendrán que ver también las piscinitas y las cañas muy frías, pero ese es ya otro asunto. Volviendo a lo relativo que es todo para los humanos, esta mañana caminaba buscando la sombra como quien busca al esquivo ser amado y he escuchado comentar a una turista por su teléfono móvil que hoy era, sin duda, el día más fresquito de cuantos había pasado en sus vacaciones madrileñas. Ya sé que es de mala educación, pero me he dado la vuelta con descaro y he mirado a la buena mujer preguntándome a quién de las dos se le había despistado hoy el bendito hipotálamo.
Y qué les voy a contar cuando tales desacuerdos surgen entre las cuatro paredes de una oficina, entre compañeros. Unos, encorbatados, con calcetines y zapatos de cordones, y otros, quiero decir otras, con faldas, sandalias y vestidos escotados. Muy complicado, es verdad. De ahí vienen los resfriados, las peleas y el absentismo laboral, porque si ya apetece poco cumplir con las obligaciones laborales en pleno periodo estivo, mucho peor cuando tienes que sortear las horas frente al ordenador con síntomas de hipotermia en las puntas de los dedos desnudos. Los neumólogos no se cansan de recomendar que la temperatura oscile entre los 21 y los 24 grados, pero lo cierto es que los lugares de trabajo, y por supuesto también los cines, los restaurantes e incluso algunos medios de transporte, son los escenarios perfectos para cogerte un trancazo del que encima no te puedes curar con caldito de pollo como en invierno.
Los hombres, estoy segura, serán quienes menos estén de acuerdo conmigo, pero admitan caballeros que en verano algunas oficinas parecen criaderos de pingüinos. Por eso, me dirijo hoy al ministro de Industria: señor Sebastián, ¿no tendría una mesita que ofrecerme en su sede de los eternos 24 grados? Puede que yo no sea una militante lo suficientemente comprometida con el ahorro de energía, pero le prometo que estoy cansada de escribir con la piel de gallina. Y ya de paso, permítame decirle que está usted mucho más guapo con corbata.
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