Opinión

La costa de la muerte: Brigantium

Antonio Hualde | Miércoles 23 de julio de 2008
Queda un solo faro romano en todo el mundo que siga operativo, y está en La Coruña. Cuenta la tradición que la Torre de Hércules esconde en sus cimientos la calavera del malvado Gerión, a quien Hércules dio muerte en el lugar donde hoy se alza el emblema de la ciudad herculina. Es ésta una de las múltiples leyendas que jalonan la historia de una tierra como Galicia, cuyos orígenes se pierden en la bruma de los tiempos. Ya antes de los romanos, tartesos y griegos estuvieron allí. Buena prueba de ello son los restos de intercambios culturales -cerámica y monedas de diversa procedencia, así como delicadas filigranas de oro- hallados en los llamados “castros”, como el de “a Cidade”, en Borneiro. Hoy en día se ha abandonado la romántica idea de que tales asentamientos fueron poblados celtas a modo de la aldea de Asterix, considerándose en cambio como una cultura propia, la “castrexa”, que sucumbió pacíficamente a los efectos de la romanización. Romanos son, por otra parte, los orígenes de La Coruña; según algunos, su etimología procede de “acrunia”, península en latín. Sea como fuere, de la Brigantium romana queda hoy su impronta en la comarca de Bergantiños y en su Costa de la Muerte, donde reside el alma de Galicia.

Los restos de antiguos castros y arquitectura megalítica confieren a esta zona un halo de misterio ciertamente sugerente. Monumentos como el Dolmen de Dombate son testimonio vivo de un pasado intenso y lleno de esplendor, en el litoral costero donde acaba el mundo, Finisterre. Hasta allí llegan ahora muchos de los peregrinos que concluyen con éxito el Camino de Santiago, auténtica arteria cultural de la Humanidad. Algo más arriba, la costa sigue abrupta, escarpada, y culpable de naufragios que durante siglos azotaron estas aguas. Bajo ellas, tantos y tantos pecios que guardan la memoria sumergida de sus tripulantes. Como las del buque inglés The Serpent, que naufragó frente a las costas de Camariñas a finales del siglo XIX. En el lugar conocido como “Cementerio de los Ingleses” descansan los restos de 172 de sus hombres. El río Allones vertebra Bergantiños entre bosques o “fragas” y antiguos molinos de agua. Así, quienes llegan a Verdes por primera vez esbozan en su fuero interno la creencia de que aquel lugar que imaginaron en sus mejores sueños existe, y está frente a ellos. Sensación parecida a los que descubren la increíble playa de Laxe, paraíso de gente buena, como Antonio Gómez Añón. Nada es casual aquí. Tampoco el rayo que, a mediados del pasado siglo, destrozó el retablo de madera que había en su iglesia -una de las construcciones con más encanto de toda Galicia- dejando al descubierto otro anterior, de piedra, y cuya maestría aún puede apreciarse hoy.

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