Opinión

Díganme: ¿para qué sirve hoy un político?

TRIBUNA

Emilio Arnao | Viernes 28 de septiembre de 2018

Creo que muchos que hoy estamos viviendo en esta época errática diariamente -quizá segundo tras segundo- nos seguimos haciendo la pertinente pregunta: ¿para qué sirve hoy un político? Llevo años haciéndome esta especie de interrogación en forma de interiorización que a veces no puedo evitar que me corroa como el tiempo corroe el tesoro de los mares -tan deseado por algunos imbéciles-. Intentaré aquí exponer a qué conclusiones he llegado para confirmar que hoy por hoy el político no tiene ningún tipo de salvación posible, por lo tanto, auguro su pronta desaparición -afortunadamente-. Aquí va lo que voy a escribir a continuación y espero en ustedes, quien leyere esto y así lo deseare, una reflexión conjunta por ver si hay acuerdo o desacuerdo en las palabras que son sólo mías, igual que el pensamiento que las alienta. Veamos.

Para mí un político de hoy es ese señor o señora que, después de comer en Casa Lucio -Madrid- se va al Congreso de los Diputadas/os para vomitar toda su dialéctica gloriosa pero haciendo uso del lenguaje parlamentario desde la ebriedad que produce el vino y la copa en los cafés -en Casa Lucio yo he probado los mejores vinos que saben a las vides vocalizadas en los antiguos poblados celtas- además de, en esta etapa de este lexicón que son la petición de dimisiones, subnormalizar el dogma de fe del partido pero con eructos -ah, los garbanzos del cocido madrileño- y alguna que otra ventosidad intelectualoide que resume al pie de la letra todo un programa político. Mi primera observación, pues, es: ¿acaso los políticos se leen sus propios programas antes de hablar con pedorretas insufribles para el ciudadano de a pie o el que va en monopatín -la nueva circulación- los cuales lo único que comprenden es ese olor fétido que sale despedido -por culpa del cambio climático- a través de los medios de comunicación?

La tele últimamente es un zulo burdo y vulgar en donde en vez de hacer política a la manera de Mirabeau -ya nos avisó el gran Ortega- y su Ensayo sobre el despotismo se aplica el zurriburri de este nuevo programa eterno al que yo denomino Cágame de Luxe y los patrióticos piolines en donde nuestros representantes públicos –a los que algunos incluso aún siguen votando, cuidadito, cuidadito, que nos manipulan creyendo profundamente que seguimos siendo su coño de la Bernarda- hacen su tertulia de camorristas, burundanga y su propia órbita planetaria plagiada de Kepler.

José Antonio Marina, el gran estudioso del poder y su ambición en este poblachón celta que sigue siendo España, nos dice que los políticos en general, pero sobre todo nuestros celtas, antes de iniciarse en el educado y prudente pensamiento de lo que debiera ser una cultura política basada en la pragmática, en lo socrático o en la germanía de las necesidades reales y urgentes de la gente haciendo uso de un congresual humanismo pactado, dialogado, negociado, a lo único que hoy por hoy se dedican para defender la nueva democracia -agotada, diarreica, detritus de un tiempo desesperado- es laureando los conflictos psicológicos que vienen a través de la coacción, de la recompensa, de la influencia, de la seducción, del complot conspirador, del fanatismo chulesco hasta el punto -y no exagero- de reproducir aquello que decía un frustrado pintor vienés que lleva por nombre Adolfo Hitler: “Ésta es la más poderosa misión de nuestro Movimiento. Dar a las masas confundidas y expectantes una nueva creencia firme, una meta que no les abandone en estos días de caos, por la que jurarán y trabajarán, de modo que por lo menos puedan encontrar un lugar de reposo en sus corazones”.

El político de hoy está cruelmente banalizando lo que los griegos -farmacéuticos de lo que empezó siendo una lógica, razonable, justa y bellísima hostería de la democracia participativa- aplicaron, a modo de horticultura, el auténtico sentir de todo un augurio, esto es, el bienestar del pueblo y su sacralidad como entidad humana.

Democracia viene de dos vocablos del griego antiguo que son demos y kratos. Hartos ya del arkhein, es decir, del que manda o el que se vincula con un único jerarca -aristocracia, oligarquía, burocracia, autocracia, timocracia- la polis ateniense del siglo VI a. C, a partir de las reformas de Clístenes -si bien los comportamientos democráticos, según la antropología, antes hormigonaron sociedades sin estado equilibradas hasta llegar al resplandor de Atenas- aplicó el júbilo del demiurgo y del geomoro para tejer un nuevo modelo de civilización en que se tenía en cuenta a la artesanía, al campesinado, a lo creado desde abajo hacia arriba hasta acabar en el pensamiento ilustrado de cualquier mente filosófica. Democracia, pues, es todo aquello que oye, escribe, administra y distribuye el bien común casi podríamos decir desde una auténtica actitud asamblearia -con sus matices que son largos de explicar-.

Mi nueva observación es: ¿es el político de hoy el artesano de la ilustración de una comunidad entera -dejemos de llamar Estado a lo que ya no lo es- basada en la justicia, la honradez o en la participación del pueblo en su gestión y acción de gobierno? No, no lo es. La siderurgia de la Historia nos ha conducido al gargajo tuberculoso que sólo predica un escenario donde lo político ha cedido sus sandalias de pescador a la economía globalizada, liberal y libérrima, nuestro crepúsculo de los dioses -propongo derribar el edificio del FMI que tiene su sede en Washintong D. C. sólo recitando Poeta en Nueva York de Lorca: las palabras explotan antes que el atomismo de la teoría de la relatividad einsteniana-.

El político es el adorno del verdadero poder que rige nuestro mundo. Un político es ya sólo un garbanzo sin posibilidad de toma de decisiones ante lo que realmente es hoy la gobernalidad del planeta y del Universo, es decir, este trastorno mental que como concepto monetario padecen las grandes familias y las estrangulantes instituciones financieras que capitalizan la existencia de la humanidad entera gracias a la más poderosa misión del Nuevo Movimiento, la creencia firme, geometría del caos, Mondrian del mal. Estamos -ustedes opinen, si así lo desean- ante la copulación entre el control de la informatización y la vendetta del avance segundo a segundo de este eficiente neardentalismo tecnológico con la futurología matrix con la única pretensión de expandir el erial como forma de deshidratación del ser humano de nuestro tiempo para impedir que vuelva a adquirir la consanguinidad de una reformulada ética en torno a la feliz potencial reconstrucción de la inteligencia ultramoderna, talentosa y creativa. Estamos jodidos. Muy jodidos.

Y el político lo sabe. ¿Qué hace? Ensuciarse las manos, como aludió Sartre, enfermar de megalomanía, adquirir continuas melopeas mentales -hay una Casa Lucio internacionalizada- y sobre todo municionar lo que fue virtud y ejemplaridad en la más nefasta estupidez en que puede caer cualquier persona que ya de forma obsesiva sólo le queda el camino de hacer de su vida la religiosidad de la politicidad.

Si Nietzsche dijo que Dios había muerto, yo digo que la política en el día de hoy ya ha sido incinerada. Lancemos sus cenizas al Leteo y humanicemos nuestra existencia -que es lo único importante- nosotros solos pero muy juntos, como artesanos de una común poetización de nuestros derechos y nuestras propias voluntades.

Mary Robinson, ex presidenta de Irlanda y comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, llegó a decir: “Es a partir de los grupos pequeños, y gracias a los medios que tenemos hoy para comunicarnos, como podemos establecer alianzas globales y cambiar las actuales estructuras de poder”.

Superada la política, bloqueada la depredación del monetarismo, derribados los muros del fanatismo, a lo mejor podremos decir aquello de Valèry: “Suena el viento: hay que vivir”.