Enrique Aguilar | Miércoles 23 de julio de 2008
Hay personas con vocación para servir a un fin noble como es la política y otras que se sirven de ella para su beneficio personal. Como escribió Max Weber, “o se vive para la política o se vive de la política”. Las dos preposiciones no son excluyentes y desde luego coinciden en aquellos políticos bienintencionados cuyo sentido del compromiso público es justamente retribuido con una remuneración acorde con las funciones que desempeñan. En estos casos (y sólo en estos), la expresión vivir “de” la política puede ser legítimamente aceptada sin que ello implique poner en duda la honestidad de la persona y su genuina vocación.
A otros en cambio parece moverlos el afán de ganar dinero, asegurarse un futuro y gozar de los beneficios que da el poder. A ellos cabe achacar el descrédito y el grado de impugnación de que es objeto, no solamente en Argentina, la dirigencia política. Sin embargo, a veces nos llevamos gratas sorpresas, como ocurrió la semana pasada cuando el Congreso puso freno a la ambición desmedida de los Kirchner rechazando una cuestionada resolución que había tenido en vilo al país todo durante 120 días. Fue, al sentir de muchos, una bocanada de aire fresco que quizá sirva para conjurar el descreimiento prevaleciente y cuyas consecuencias en el plano institucional están todavía por verse.
De paso, sería deseable que este hecho infundiera en nuestros políticos el valor de la ejemplaridad y, por qué no, el de la modestia. Porque, como decía también Weber, “no hay más que dos pecados mortales en el terreno de la política: la ausencia de finalidades objetivas y la falta de responsabilidad, que frecuentemente, aunque no siempre, coincide con aquélla”. Y es precisamente la vanidad, continuaba el sociólogo alemán, “lo que lleva al político a cometer uno de estos pecados o los dos a la vez”.
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