El viernes pasado, desde la presente tribuna, subrayábamos las relaciones peligrosas entre inestabilidad y falta de credibilidad. Hoy, desde Cataluña, no podemos sino destacar el vínculo entre ausencia y más inestabilidad: un Gobierno fantasma, desconocedor de la autoridad, frente a una serie de insurrectos en completa desbandada, que entran en la Delegación de la Generalidad de Girona y lanzan la bandera de España al suelo para pisotearla, que cortan vías de Metro y tren, que se encadenan en la Bolsa de Barcelona al grito de: “El pueblo manda y el Gobierno obedece”, “Uno de octubre, ni olvido ni perdón”. Los CDR, alentados por Torra (“Apretad, apretad más”), son la nueva kale borroca, la mecha debe estar encendida desde la acera y la pregunta de Albert Rivera no puede ser más novelesca: “¿Dónde está Sánchez?”. Lo dicho: falta de autoridad, falta de credibilidad e inestabilidad. Desprestigio de las instituciones, abordaje macarra, odio cerval e impunidad, que es lo más grave, porque la bula es completa.
No obstante es curioso cómo el hambre tira más fuerte de la cuerda que algunos sueños. Mucho más multitudinaria, proporcionalmente, fue la manifestación de jubilados en Bilbao, que quieren pensiones mínimas de mil euros, y vuelven a dirigirse a la nada, una presidencia del Gobierno virtual, un regidor o garante de la justicia social vacaciones por Estados Unidos, con el país roto, “cayéndose a trozos” como señala Pablo Casado, y él feliz de sí mismo, diciendo internacionalmente que aguantará toda la legislatura, que la silla curul no se la quita nadie. El nacionalismo es magia, es mito, y el hambre es contar todos días hasta el último céntimo para comprar una chuleta, mayor dosis de realidad no puede tener, la tenaza entre miedo y sueños, es lo que no acaba de comprender nuestro presidente, acabará con su figura y mandato. Aun el que vota en una caja de zapatos, sí, no tardará en sentirse estafado, porque la República Catalana no llega y comienza a verse como el mayor gilipollas del Reino. Por eso, sí, en algunas manifestaciones, pedían ya la cabeza de Torra. Todo empeora y Pedro Sánchez piensa si bañarse hoy en el mar americano -¿qué pensará Trump de cómo lleva su país?- con slip o en bolas, si después vino, vermú o copazo, lo que se dicen dudas de ocasión frente a estas deudas y lacras arribistas.
Pancartas, eslóganes, azumbre de hostias frescas, la poesía del Estado represor nos acogota, nos coge por el cuello y nos somete. Cataluña es la selva de la dejadez, nada se hace y esa ausencia gubernamental es la que no cesa de echar leña y más leña al incendio que empezó con una chispa y una solución muy fácil (Artículo 155 de nuestra Constitución). Desde la tribuna de la ONU, la pasada semana, habla de nacionalistas en plural el señor Sánchez, otro error, ya agrupa a secesionistas e independentistas, ya lo mezcla todo, y ya unos y otros, sin él pretenderlo, se equiparan con los vascos. Así la policía de la Generalidad -se ve en los vídeos de las cámaras de seguridad- son hoy los cuerpos de seguridad privados de la entidades, porque los mossos no actúan, se quedan mirando, son minoría en momentos dados –cuatrocientas personas pasan por una boca de Metro inmovilizada- y solo cuando cargan en mayoría contra las fuerzas independentistas recobran orgullo, rango y disciplina. La calle quiere humillar al Gobierno y lo logra.
La desaceleración económica, financiera, ya está aquí. Conocíamos hoy el dato: 2.339 empresas se instalan en Madrid de un total de 4.558 catalanas. El economista Ignacio de la Torre lo explica de forma sucinta por televisión: “La economía sumergida en Europa es de diez puntos. En España, de dieciocho. (…) Un español cuesta veintiún euros, cobra quince y el resto es para la Seguridad Social, aun así es imposible garantizar pensiones mínimas de mil euros”. El resto de Europa, un europeo vecino está entre los cuarenta y cincuenta euros, y a veces su consumo público llega a veinte. La desaceleración -es lo que no cuentan- cierra el grifo del consumo y así crecer resulta imposible. El hambre de más sueños, mientras seguimos sin poder comprar la chuleta, nos hará chiflados después de pobres, tal vez como don Quijote y su obsesión. Siempre víctimas de nuestros mandatarios; mártires de sus intereses privados. Su pusilanimidad es egoísmo: aferrarse al sueldo sin dar mayores explicaciones. Lo dice Gay de Liébana: “Al dinero le gustan los países aburridos y no crispados o en conflicto”. Sin la vacuna de las elecciones inmediatas seguiremos perdiendo sangre y pidiendo perdón.