Opinión

Atilas en miniatura

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Sábado 06 de octubre de 2018

Pronto nos enseñaron en la escuela la idea genérica de que el totalitarismo suponía un programa diseñado por una vanguardia inteligente y poderosa, que era capaz de manipular las emociones de la muchedumbre poniéndola al servicio de un partido orientado a la conquista del Estado. La distinguida representación parlamentaria del nacionalismo catalán, ni inteligente, ni poderosa pese a dominar las instituciones de la Generalidad durante décadas, no parece semejante vanguardia fascista. Ante los acontecimientos que protagonizan esta semana las masas ardientes del nacionalismo catalán contemplamos más bien un cretinismo masivo que no precisa ser careado por la pretendida avanzadilla política que habita el parlamento. Esa élite de chirigota es tildada de traidora a la revolución nacional por el presunto espíritu del pueblo encarnado en esos comisionados que dicen defender una inexistente república catalana. Inexistencia que delata lo ilusorio de su defensa.

Sin duda, el caudillo iluminado anima a esos llamados comités defensores de la república inexistente para que aprieten a una España que sólo les resiste pasivamente. Pero las muchedumbres comisionadas en defensa de sus ilusiones, no responden a sus consignas sino a las de unos partidos que armonizan mal sus demandas de independencia con viejas melodías marxistas. Se habla de división en el frente independentista. Es todo tan viejecito y tan caduco, pese a vestir las formas de una violencia juvenil y callejera, que resulta aburrido como las fiestas organizadas de un geriátrico decadente. Y mientras, el presidente de esta España inerte permanece sonriente, con una sonrisa a la que un leve matiz desvela sardónica. Sánchez apenas parece tomar en consideración las algaradas y los golpes de los señores comisionados que toman la calle, cubierto el bozo y envueltos en banderas estrelladas. Bandas que ostentan el uniforme universal del revoltoso: vaquero raído, zapatillas, sudadera señalada con consignas caducas, o camiseta salpimentada de estrellas rojas o amarillas, banderas negras o rostros de otro tiempo. Figuran Atilas en miniatura que parecen buscar con ardor sus campos catalaúnicos.

Disfrutan de una falsa sensación de poder y libertad, falsa porque nada ofrece resistencia a su empuje pese a lo cual la presión sobre el Estado apenas pasa todavía de la retórica y la propaganda. Lo que no evita alguna agresión con golpes reales que han de sufrir algunos pacientes ciudadanos. Sin duda, bastaría ofrecer alguna respuesta para que los voceros del casticismo catalán clamaran al cielo, o al menos al limbo europeo, señalando a los agentes del “fascismo español”. Pero algo habrá que hacer, porque la resistencia pasiva es eficaz como recurso límite de una sociedad desarmada. Pero España no está desarmada en ningún sentido: hay una respuesta ideológica, a la que apenas se da voz, una respuesta histórica y filosófica al irredentismo vocinglero del nacionalismo. Pero empieza a resultar imprescindible también una respuesta jurídica con la consiguiente acción policial. Suspender toda respuesta ejecutiva podría contribuir a fortalecer a los embozados de la revuelta y a sus vanguardias inspiradoras. No responder para evitar el uso propagandístico de la intervención puede acabar significando una vergonzosa dejación. El publicista de la Moncloa no quiere verse retratado como el ejecutor de los recursos políticos y jurídicos destinados a someter esta secesión en varios actos. El presidente Sánchez quisiera figurar en las crónicas como el pánfilo amante del género humano que halló la solución al llamado “problema catalán”. Pero su blanda sonrisa puede acabar en mueca insensata, si no muda pronto en gesto severo.

No cabe duda de que la solución al problema de la constitución del Estado no es policial, es decir, no es meramente policial. Pero la respuesta a los actos de secesión no puede dejar de realizarse sobre el terreno, mediante los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y en el cumplimiento estricto de la legalidad vigente. Otra cosa es prolongar indefinidamente la agónica situación a que ha llegado la caduca constitución española a la espera de que el fuego se apague por consumo de toda su materia combustible. Pero pudiera suceder que esa espera, lejos de acabar con la extinción de las llamas, diera lugar a la multiplicación de sus efectos puesto que el aporte de combustible está muy lejos de haber sido controlado. El gobierno, ignominiosamente asistido por las fuerzas de la secesión, no debería prolongar su agónico paso y rendirse a la evidencia de que tampoco en este caso la solución es el diálogo.