Traducción de Enrique Pezzoni. Edición de Javier Aparicio Maydeu. Cátedra. Madrid, 2018. 352 páginas. 17 €. Se recupera, en magnífica edición anotada, la última novela del autor de “Lolita”, donde los juegos literarios del escritor ruso afincado en Estados Unidos brillan a gran altura en esta autobiografía ficticia. Por Carmen R. Santos
Hay autores que al contar con un título celebérrimo se quedan un tanto fijados a este en detrimento de otros de su producción igualmente valiosos. Quizá uno de los casos más llamativos sea el de Vladimir Nabokov (San Petersburgo, 1899-Montreux, Suiza, 1977) y su famosa novela Lolita. Algo incrementado por ser una obra tan célebre como polémica, una controversia que va en aumento, pues hoy la historia de Humbert Humbert con su nínfula está el punto de mira de los guardianes e inquisidores de lo políticamente correcto.
Pero Nabokov, claro está, no es solo el autor de Lolita, por más que fuera esta la que especialmente le proporcionara renombre internacional. Bástenos recordar sus novelas Gloria, Pálido fuego, Ada o el ardor y La verdadera vida de Sebastian Knight, entre otras, o sus cuentos recogidos en Una belleza rusa. Y, por supuesto, ¡Mira los arlequines!, que acaba de recuperar Cátedra en su atractiva Biblioteca Cátedra del siglo XX, en un volumen a cargo del profesor Javier Aparicio Maydeu, gran conocedor del escritor ruso nacionalizado norteamericano, que nos ofrece una amplia e interesante introducción, una selección bibliográfica y numerosas notas, contribuyendo todo ello a una lectura más provechosa.
¡Mira los arlequines! se publicó en 1974, después de un año de escritura comenzada en febrero de 1973 y terminada a principios de abril de 1974. Es decir, estamos ante la última novela de Vladimir Nabokov, por mucho que su hijo y albacea literario, Dmitri Nabokov, sacara a la luz póstumamente y en contra del deseo de su padre, un manuscrito inédito, con el título de El original de Laura. Y nos hallamos también ante una de las obras más nabokianas, más representativa de su concepción de la novela, “entendida -como bien sintetiza Aparicio Maydeu- como jaque al intelecto y como mero juego textual, lingüístico, concebido como una sucesión de trampas y de engaños, en las antípodas de la mesiánica función moral y social que tuvo la novela bajo la tiranía del realismo”. Una concepción apoyada en su cercanía a la vanguardia histórica y que el propio Nabokov explicitó en varias ocasiones. Así, por ejemplo, en el prólogo a Desesperación: “Desesperación, como el resto de mis libros, no brinda comentario social alguno, ni trae entre los dientes ningún mensaje. No eleva el órgano espiritual de los hombres, ni le señala a la humanidad cuál es la salida más apropiada”.
Esta última novela de Nabokov la protagoniza el escritor Vadim Vadimovitch N., una suerte de alter ego nabokiano, convirtiéndose la obra en un capítulo más en su proyecto de conformar una autobiografía ficticia que de manera sui géneris se inscribiría en la autoficción, una línea tan transitada últimamente. Este enfoque ya lo había utilizado en títulos anteriores, especialmente en La verdadera vida de Sebastian Knight, en donde la voz narradora es la de V, hermanastro del escritor Sebastian Knight, que quiere rebatir las inexactitudes, cuando no directamente falsedades, vertidas sobre su hermano, muerto poco antes de llegar a la cuarentena.
En ¡Mira los arlequines! el narrador es el propio protagonista que va recordando episodios de su pasado –por ejemplo su salida de Rusia a raíz de la revolución bolchevique, lo que le sucedió al propio Nabokov y a su familia-, con el convencimiento, según reza una autocita de Nabokov de Barra siniestra que encabeza la novela, de que “cualquiera puede crear el futuro, pero solo un hombre sabio puede crear el pasado”. De esta forma se lleva al límite el cruce entre memoria e invención, que Nabokov maneja magistralmente, y ¡Mira los arlequines! resulta una autoréplica, cargada de ironía y no poco de parodia, de Habla, memoria, la autobiografía oficial y verídica que Nabokov publicó en versión definitiva en 1967.
“Verídica” en tanto en cuanto pueda ser tal tratándose de Vladimir Nabokov y su juego de máscaras desarrollado en toda su producción, sea cual sea el género en el que la desarrolla en cada momento. Porque, como señala en Curso de literatura europea -donde se recogen sus clases impartidas en las universidades estadounidenses de Wellesley y Cornell-, “debemos tener siempre presente que la obra de arte es, inevitablemente, la creación de un mundo nuevo”.
El germen de ese impulso de creación de un mundo nuevo hunde sus raíces ya en la infancia, como vemos en un momento harto significativo de la primera parte de ¡Mira los arlequines!, donde se evoca una conversación entre el narrador, todavía niño, y su tía, al verle huraño e indolente:
“-¡Anímate un poco! -exclamaba mi tía-. ¡Mira los arlequines!
-¿Qué arlequines? ¿Dónde están?
-Oh, en todas partes. A tu alrededor. Los árboles son arlequines. Las palabras son arlequines, como las situaciones y las sumas. Junta dos cosas (bromas, imágenes) y tendrás un triple arlequín. ¡Vamos! ¡Juega! ¡Inventa el mundo! ¡Inventa la realidad!”
Y Vladimir Nabokov jugó durante toda su vida. Al ajedrez y sobre todo al juego de la creación, de la literatura. Un juego muy serio.