La tauromaquia es, esencialmente, española. No quiero, por supuesto, minusvalorar las tradiciones taurinas de otros países como Portugal y Francia, pero sólo aquí ha arraigado en todo el país y ha impregnado toda la cultura. Incluso en Cataluña, donde ha sufrido los peores ataques, se mantiene una afición inasequible al desaliento. Hagan lo que hagan los antitaurinos, ahí resiste la Fiesta a la que -no en vano- se la apellida “Nacional”. En Francia, la bandera rojigualda se combina con la tricolor demostrando que allí la libertad sigue teniendo su asiento como cuando, hace algunas semanas, se torearon en Mont de Marsan, en Las Landas, toros españoles de Miura y portugueses de Palha. Hablar de toros, pues, es hablar -quiérase o no- de España y, por extensión, de la Hispanidad con la grandeza de México, Perú, Colombia, Venezuela y Ecuador para sostenerla.
Hay referencia a las fiestas de toros en el Cantar de Mio Cid, en el de Fernán González y en el de los Infantes de Lara. Deleito y Piñuela describe la importancia de los toros en los festejos populares y, especialmente, en la corte madrileña de los Austrias. Hay una sucesión ininterrumpida de toreo a pie y a caballo desde la Edad Media hasta nuestros días. Las plazas son parte esencial del urbanismo español en ciudades y pueblos desde Galicia y Gerona hasta las Canarias. En Melilla y Ceuta, la tradición del toreo español y africano se mantiene en pie después del declive y cierre de plazas míticas como Tánger, Orán, Alhucemas y Tetuán. Contaba Julio Camba en una Taurina del ABC que incluso el Lokal Anzeiger berlinés le dedicó una crónica a la retirada de Bombita en 1913. Casi nada.
Uno no ha estado de verdad en Sevilla hasta que visita la Maestranza. Lo mismo puede decirse de Ronda. El 7 de julio no pasa otra cosa en el planeta que el primer encierro de San Fermín. Desde la primavera hasta el otoño, por toda España, las ferias se suceden por todos los pueblos y las ciudades. En Santander, Gerardo Diego llegó a ver tres corridas en el mismo día -una por la mañana, otra por la tarde y otra por la noche- y se limitó a decir que ojalá todos los días fuesen así. Lorca fue un gran taurino. Un par de meses antes de que lo mataran en los primeros días de la Guerra Civil, declaraba en una entrevista publicada en El Sol que “el toreo es, probablemente, la riqueza poética y vital mayor de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que la de los toros es la fiesta más culta que hay hoy en el mundo. Es el drama puro, en el cual el español derrama sus mejores lágrimas y sus mejores bilis. Es el único sitio donde se va con la seguridad de ver la muerte rodeada de la más deslumbradora(sic) belleza”. Alberti le dedicó poemas a la corrida y al astado. Manuel Machado lamentaba no haber sido “un buen banderillero”. Miguel Hernández, gran aficionado, se llegó a identificar con el toro mismo: “Como el toro te sigo y te persigo, / y dejas mi deseo en una espada, / como el toro burlado, como el toro”.
La ofensiva contra la tauromaquia no busca salvar ni proteger al toro. Es la fiesta la que ha impedido que desaparezca como ha ocurrido en otros países donde había toro bravo. Sólo en España ha sobrevivido. No, se trata de acabar con España -mejor dicho, con su historia y su memoria- para sustituirla por otra cosa que elimina la tradición para sustituirla no por la modernidad, sino por el “moderneo”, el último aliento narcisista de la posmodernidad que se contempla a sí misma. España es muy antigua. El célebre libro de Domínguez Ortiz le daba ya en su título dos mil años de Historia. Los toros de Guisando dan testimonio de la importancia de estos animales ya en los tiempos prerromanos. El pasado de las corridas son los jóvenes cretenses saltando sobre sus cuernos y Teseo luchando contra el Minotauro. La tauromaquia es la prueba fehaciente de esa antigüedad y esa continuidad que algunos tratan de reescribir como si la historia fuese una invención o un mito. El odio a los toros tiene una raíz totalitaria y antiespañola que poco a poco se va revelando en sus acciones violentas, en sus protestas minoritarias pero ruidosas y en ese miedo a cada uno escoja si quiere o no quiere ir a una corrida.
No se trata de salvar a los animales, sino de difuminar todo lo que pueda identificarse con España y con la libertad, que en este punto van estrechamente unidas. No debe sorprendernos que el odio a los toros cale tan profundamente entre los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos. España no es un mito, sino el fruto de siglos de historia común. En esta guerra cultural que el nacionalismo ha lanzado contra España, las plazas de toros son la primera línea del frente. Se trata de erradicar todo lo que suene a español. Por eso debemos resistir. Proteger la tauromaquia es proteger la cultura de España y la libertad de todos los ciudadanos.