La pasada madrugada se celebró el evento más esperado en la historia de la UFC. Se trataba del combate entre la estrella que regresaba tras casi dos años de ausencia para reclamar su rol de patrón y el vigente campeón, que cuenta con un récord de imbatilibilidad que no parece tener un fin próximo. Pero, en la intrahistoria de esta cima de los deportes de contacto se alzaba un picante demasiado contundente como para que no estallara la cosa por algún lado.
No obstante, los precedentes contemplaban cómo Conor McGregor fue desposeído de su cinturón por incomarecencia -en esos meses se dedicó a prepararse para su pelea de boxeo con Floyd Mayweather- y se abrió la ventana de oportunidad para Khabib Nurmagomedov. El irlandés se tomaría la venganza en el evento de promoción de un combate del ruso -en por del cinturón del paso ligero-. Lo hizo acompañado por sus compinches y generando daños al autobús en el que se encontraba la delegación de luchadores que iba a comparecer. Acabaría el asunto en los juzgados.
Y con fecha fija para el UFC 229, McGregor y Khabib se enzarzaron en la característica batalla retórica destinada a aglutinar televidentes (pues la retransmisión de la velada se ofrecía únicamente por medio del Pago Por Visión), si bien fueron más allá. El luchador más mediático que hayan conocido las Artes Marciales Mixtas acusó al daguestaní de estar relacionado con un mafioso cercano a Putin, defendió a Irlanda por haber luchado por su independencia con contraposición a la región de la que es originario Nurmagomedov (Daguestán pertenece a Moscú), se metió con la fe que profesa su rival -es musulmán- y llegó a insultar a su familia.
Por último, a días del enfrentamiento proclamó que se negaría a darle la mano al término de la pelea. Y Khabib, mucho más medido en lo que a verborrea se refiere, se limitó a asegurar que para él se trataba de un lance de tipo personal. Conor había cruzado una línea roja y se lo haría ver en el octágono. No en vano, el aspirante a tirar por tierra la pompa y socarronería del irlandés ofreció una lección de sobriedad, versatilidad y, sobre todo, de estrategia. Fue desgastando al golpeador hasta finiquitarle con una maniobra de asfixia que le entregó la gloria.
El combate fue suyo desde el principio. McGregor apenas estuvo en condiciones de lanzar unos cuantos zurdazos antes de ser constreñido al suelo. A tratar de desembarazarse de la presión de Nurmagomedov. El ruso, astuto, intenso e insistente, no cejó en su empeño rasante y atacó el punto flaco de su rival, apoyado en el wrestling. Sólo 30 segundos estuvo en pie el otrora intocable Conor en el primer asalto. En el segundo periodo no aflojaría la soga Khabib y, con un posicionamiento brillante, no sólo mantuvo fuera de radar al zurdo sino que le conectó una derecha que a punto estuvo de noquear al fanfarrón más famoso. Salvó el pellejo el perdedor a los puntos y en el tercer round tocó cambio de tercio.
Pasó el daguestaní a combatir de pie, con un contendiente más cansado y, por tanto, más lento. La diferencia de edad se notaría y en la lectura vertical y el intercambio de golpes también resultó mejor Khabib. En el cuarto asalto esperó su ocasión para llevar al irlandés a donde quería. Y allí, en el suelo y contra la jaula, le ganó la espalda y dibujó un 'mataleón' que forzó a McGregor a conceder la victoria. A tirar la toalla por la vía en la que sigue siendo más débil: la sumisión. La exhibición de control de la escena de Nurmagomedov se había consumado.
Y a partir de ahí se desató el último capítulo de la fangosa rivalidad sobrevenida: Khabib saltó del octágono y se lanzó a agredir a los miembros del equipo de Conor, que yacían en la primera fila del graderío. El T-Mobile Arena de Las Vegas enloqueció. Del mismo modo de Dana White, el cerebro de la UFC. Se desató una suerte de reyerta en la que dos amigos del ruso cazaron a McGregor, todavía aturdido, dentro de la caja. Le pegaron por la espalda. White convenció al isleño, como pudo, para que se dirigera a vestuarios. Y ante los reclamos de Khabib para que le entregara su cinturón en medio del caos gestado, el dueño de la compañía le mandó al camarín con malos modos.
"No puedo asegurar al 100% que Khabib siga siendo el campeón. No tiene que preocuparse por mí. La investigación la está llevando la Comisión Atlética de Nevada. Puede haber sanciones, multas o suspensiones. Podemos imaginar de todo. El gobernador estaba aquí y salió corriendo del edificio. Eso no es bueno", ha avanzado White este domingo en una alocución ante los medios en la que ha denunciado que "esto que hemos visto hoy no nos representa. No es MMA, es una mierda callejera. No estoy realmente enfadado, estoy decepcionado".
El directivo manifestó que tres miembros del equipo del ganador fueron arrestados por la policía y explicó que la bolsa de Khabib (2 millones de dólares) está retenida por la Comisión hasta que todo se resuelva. La de Conor se la han dado tras analizar los vídeos y ver que no había hecho nada en el incidente". White reseñó, además, que "pensé en la seguridad. Podían tirarle cualquier cosa y decidí que lo mejor era que se fuese". De este modo justificó que el campeón no fuera coronado en el octágono.
Nurmagomedov salió a pedir dispulpas. Toda la rabia acumulada por la provocación sufrida durante meses rebosó en el peor momento, dejandole como un pésimo ganador y fijando un borrón colosal a su inmaculado currículo. "Primero de todo quiero pedir perdón a la Comisión Atlética, a Nevada y Las Vegas. Se que no he mostrad mi mejor cara. Soy una persona, pero no puedo entender cómo puede la gente hablar de mi salto (de la jaula) después del combate. ¿Por qué no hablamos sobre los comentarios que él (McGregor) hizo sobre mi religión, mi país o mi padre", arguyó para, a continuación, decir lo siguiente: "Por favor no me quiten el título, no era yo. Yo no soy así, mis pelotas estaban calientes. Este deporte es respeto, no se puede hablar basura. Soy un humano y cometemos errores. Lo siento Las Vegas, lo siento Nevada. Perdón a todos". Sea como fuere, esta edición de la UFC verdaderamente pasó a los anales del deporte estadounidense. Nunca antes, en casi dos décadas, esta competición vio a un luchador saltar de la jaula para aporrear a alguien.