Opinión

Tirando la toalla y al borde del nocaut, o el huevo de la serpiente

TRIBUNA

Roberto Alifano | Viernes 12 de octubre de 2018
Una legendaria creencia judía sostiene que la humanidad siempre reposa sobre el alma de 36 hombres justos y rectos cuya misión es justificar el mundo ante Dios. Son los Lamed Wufniks o los Lámed Vavniks. No se relacionan entre sí y son muy pobres. Si un hombre llega al conocimiento de que es un Lamed muere inmediatamente y hay otro, acaso en otra región del planeta, que toma su lugar. Constituyen, sin sospecharlo, los secretos pilares del universo. Si no fuera por ellos, Dios aniquilaría al género humano (y con sobradas razones, sin duda). Ellos son nuestros salvadores y no lo saben. Tradicionalmente llamados, “los treinta y seis justos pueden ser de cualquier raza, color, sexo o edad”. Cuando uno muere, nace otro para reemplazarlo. La cifra permanece invariable y también la labor. Al margen de esta extraordinaria explicación que nos dice mucho sobre la humildad auténtica, en hebreo anaváh, hay maestros que consideran más detenidamente el significado de la letra lámed ligándola al verbo lomed, que significa aprender, estudiar. En cuanto a la palabra vav, cuyo simbolismo se refiere al anzuelo, al gancho, indica un conjuntar; es decir, el acto de unir, de donde aquel o aquella que trabaja por la paz aprenden a aunar y a conectar. Exactamente como hacen los bosques por debajo del suelo, entrelazando sus raíces para que la individualidad de los árboles se vea sostenida desde la sombra.

Esta mística creencia hebrea ha sido expuesta por Max Brod, el leal amigo y editor de Franza Kafka, pero la remota raíz puede buscarse en el capítulo dieciocho del Génesis, donde el Señor declara que no destruirá la ciudad de Sodoma si en ella hubiere diez hombres justos. Los árabes tienen unos personajes análogos, llamados los Kutb. Pero estos enviados musulmanes se diferencian de los Lamed Wufniks porque son conscientes de su condición de Kutb o misioneros de Mahoma, e invariablemente por la condición machista de la creencia deben ser hombres.

Aún con sus diferencias ideológicas o sexuales, ojalá alguno de ellos se encontrará entre nosotros para salvar a esta melancólica república Argentina, tan castigada por los unos y los otros. Y donde las caídas, que nos son gratas, parecen no tener rebote aunque el suelo está muy cerca. Tal la vieja herencia, que nos viene de remotas épocas (algunos exagerados consideran que de Eva y Adán), y es reflejo de la incapacidad, la soberbia o impericia de siempre, sumadas a cierta insensibilidad de una sociedad que ha optado por “el sálvese quién puede”, cada vez es menos solidaria.

¡Ah, la Argentina país que lo tiene todo, tocado por el dedo de los dioses y castigado vaya a saber por quién o qué demonio!

Cosas, Celalba mía, he visto extrañas:

Cascarse nubes, desbocarse vientos,

Altas torres besar sus fundamentos,

Y vomitar la tierra sus entrañas…

Dice don Luis de Góngora en un soneto universal y anticipatorio que parece predecir hasta el atentado terrorista a las Torres Gemelas de Nueva York: Altas torres besar sus fundamentos… ¡Ah, poesía, poesía, tan maravillosamente alada y tal vez siempre menos verosímil que verdadera! ¡Sálvanos poesía de tanta miseria humana!

Bueno, en tal caso, en el nuestro, por ahora, nos cabe resignarnos una vez más. Y, quién lo dice, la poesía nos salve de tamaña incertidumbre. Pues al fracaso de otro gobierno que, aunque intenta mostrar las mejores intenciones, sus resultados no se dejan ver (ellos mismos lo admiten ahora), y el desastre ha concluido en un desesperada entrega, atados de pies y manos al auxilio del FMI, embromado organismo, si los hay en el Planeta, que sirve para pagar deudas contraídas, se inmiscuye en la economía interna y pide ajuste sobre ajustes, mientras la realidad demuestra que en el caso argentino no se puede ajustar ni un botón de chaleco; sobre todo en un país que sufre de estanflación, sombríos niveles de hambre infantil, desprotección a los viejos jubilados, carencia de la salud pública, altísima desocupación creciente, con un peso (moneda nacional) que, para los más pobres, si seguimos así, ya no alcanzará ni para el kilo de pan elemental de cada día. La jubilación mínima, que cubre a la mayoría de los jubilados no pasa de 250 dólares y el litro de combustible cuesta más de 10 dólares (Tamaña desproporción incluye al temerario que escribe estas líneas).

Hagamos un poco de historia que no viene mal. Aquí, de este lado del Océano, empezamos siendo el lugar más desolado y miserable de América. Aquí no había oro. Aquí las tribus nómades que provenían, quizá del desprendimiento, de las culturas incas y mayas, habían perdido referencias, derivando en algunos casos en voraces antropófagos, que hasta se comieron al adelantado Juan Díaz de Solís. La riqueza era a futuro (todo siempre a futuro a pesar de que el futuro se niegue a incluirnos o siquiera a tenernos en cuenta). El desierto, extendido sobre un horizonte sin fin, parecía la prolongación del mar, pero se iría transformando en la productiva pampa húmeda, habitada por los primeros gauchos (mestizos de mujer india y hombre conquistador) que la recorrían no en buen trato con el hombre blanco ni con las tolderías indígenas que en algunos casos derivaron después en violentos malones. Y luego llegaría el inmigrante, el sembrador venido de otros rincones de Europa, con sus primeras vaquitas, que se multiplicarían como los panes y los peces bíblicos. La Argentina empezaría a ser entonces hacia los cuatro puntos cardinales esa suerte de granero del mundo que, en algún momento, salvo del hambre a su Madre Patria.

¿Qué no hubieran dado los países fundacionales por tener una pequeña parcela fértil como la de nuestra llanura donde florece y germina cualquier semilla arrojada al azar del viento? ¿Qué no hubieran dado por tener la profunda energía que ocultan las piedras de la Patagonia, tal vez no menos productivas que las bocas de petróleo de los países árabes, de Pensilvania, Texas o Venezuela? Pero todo, lamentablemente, lo hemos dilapidado; cada día producimos menos, y hasta debimos importar gas y combustibles, que el consumidor paga a precio dólar. ¡Qué tristeza la Argentina lo tienes todo y es como sino tuvieras nada!

Desde abril, cuando empezó la crisis financiera, provocada por la impericia del mismo gobierno, se observa que la administración actual, vapuleada por todos los costados, se deshace y descompone día tras día implementando medidas absurdas como la actual suba del gas con un impuesto extra de compensación por la pérdida de dólares que en el pasado tuvo la empresa. Algo así como si almorzáramos en un restaurante y vamos al mes siguiente y el dueño nos reclama un pago extra porque en ese lapso de tiempo le aumentaron la carne. Tremendo disparate nunca visto que pide que se salde una cuenta saldada; eso sí, en cómodas veinticuatro cuotas que endeudarán más a los saqueados bolsillos de los indefensos ciudadanos. Con estas medidas, fuera de toda razón, el gobierno parece cada día más un solitario equilibrista de circo que da pasos ciegos en la cuerda floja con la respiración menos asistida que entrecortada por una espantosa falla cardíaca, ya crónica.

Uno tras otro se suceden los presidentes del Banco Central que más que renguear con las muletas que le prestó Christine Lagar, parece paralítico y postrado. Un ocurrente profesor de economía, egresado de Harvard (cuyo nombre prefiero obviar), es el sucesor del Messi de la Champion Ligue (el para Macri inefable, presidente anterior (que huyó despavorido, con un abultado bolsillo repleto de dólares, eso sí). ¡Oh perversa política; no se puede confiar en nadie ni tapar el sol con un celular y las reflexiones optimista de los funcionarios solo provocan la risa de los mercados, que le hacen pito catalán jugando con el dólar a piacere (técnicamente se le pone línea de flotación, pero si pasa un límite de 44 pesos hay que salir a frenarlo con reservas; la misma historia contada por otro contador de cuentos profesional). Pero, atención, que las tasas de interés superan el 70 por ciento y congelan la economía hogareña que cada día compra menos, cuando no casi nada. Sin embargo, según una ínclita diputada, que desayuna en el café más caro de Buenos Aires, hay que dar más propinas y ser generosos con quienes nos sirven. ¡Vaya caridad cristiana! ¿Y los chicos que duermen en las calles y piden limosnas, qué?

¡Un horror desde cualquier punto de vista! Un ganadero conocido, ha confesado esta semana que llevó la mayoría de sus vacas a los campos que compró en el Uruguay porque exportar carne desde allí le cuesta menos de la mitad de lo que paga en su patria por los abusivos impuestos. A las necesarias PYMES ( el acrónico de pequeñas y medianas empresas), que dan trabajo les cuesta producir debido a la importación de productos y a los altísimo costos de intereses bancarios, cuya resultante es más desocupación.

Pero la grieta se agranda y casi sin querer, uno recuerda que un señor llamado Juan Domingo Perón, innombrable para muchos, que lo debieron importar de España, ya viejo, para que gobernara al país ingobernable (ese Perón, o peyorativamente “Pocho”, que a muchos les revuelve el estómago y suena como buen criollo viejo, o “Viejo Vizcacha”, para usar la añeja figura martinfierrista) que de esto sabía un poco, enfatizó con nostálgica ironía cuando pisó su Patria después del largo exilio: “O esto lo arreglamos entre todos, o no lo arregla nadie”, convencido, sin duda, de que la tarea era titánica y colectiva, no individual, ni aun siendo el mismo Perón. No llamó a los unilaterales tirabombas y terroristas montoneros, sino a don Ricardo Balbín y a Vicente Solano Lima, sus eternos rivales. A los primeros los trató de “imberbes” y los echo de la Plaza de Mayo, en tanto que pactó con los segundos. Se murió antes, tal vez de cumplir su misión, y la Argentina -¡triste destino!- en manos de su inexperta esposa y de un brujo impresentable, sucumbió no mucho después dando paso a la corrupta dictadura militar, que en su desesperación por perpetuarse, huyendo hacia delante, llevó a nuestro pueblo a una guerra absurda que costo miles de vidas jóvenes; la guerra más breve, aunque no menos sangrienta.

El caso de ahora, es distinto, pero la repetición, el “eterno retorno de Nietzsche”, nos pesa sobre nuestras cabezas (en muchos casos en los hambreados cuerpos que suma la iniquidad) y sigue siendo más o menos el mismo. Un humorista, el emblemático “Tato” Bores, visto a tres décadas sigue vigente con sus chistes políticos.

Desde todo punto de vista es lamentable, pues hoy la suficiencia de un ingeniero perdido en la tormenta, parece demostrar que no es suficiente para contener el derrumbe, un vulgar acto de buena voluntad, si es que en verdad la hay. Venimos mal y vamos peor. Y la pobreza cero, los brotes verdes, la entrega de felicidad para cada compatriota, se quedó en mera promesa de campaña irresponsable. Cada día parece menos propicia. Caemos en picada y la caída es más hambre y desocupación, más desprotección social, menos consumo. Nadie, ni el oficialismo ni la oposición quieren formar un acuerdo nacional con los más aptos, para frenar el desastre. La grieta se profundiza de un lado y otro.

Acaso suene disparatado, pero la secreta esperanza puede ser la presencia de un Lamed Wufniks. Ojalá eso suceda y nos salve de tanta iniquidad; de lo contrario, como decía con una sonrisa triste nuestro inefable padre poético, el lúcido Jorge Luis Borges: “como el espacio es infinito seguiremos cayendo infinitamente”.