Opinión

Canonización de Mons. Romero y de Pablo VI

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Martes 16 de octubre de 2018

Parece que ha sido necesario que ocupara el solio pontificio un Papa proveniente de la América hispana –por lo tanto, cercano a sus problemas, simpatizante con algunas de sus reivindicaciones (litigios y empeños ante Roma) y pese a su pasado conservador que lo delata en temas álgidos, tal y como se acusa a Francisco– para que se impulsara y se concretara favorablemente la causa de canonización del renombrado eclesiástico salvadoreño, magnífico símbolo de la defensa de los pobres. Otro tanto para concretar la santificación de Pablo VI –que siempre oí mentar de niño como Paulo VI y ahora implicará acostumbrarme a llamarlo como ‘San’– y pese a que, de forma paradójica, tal nueva condición quizá fuera contraria a sus caracteres, que no vislumbro acordes con ser glorificados.

Son personajes polémicos sin lugar a dudas, pero representantes de movimientos que pusieron el acento en los temas polémicos que a veces la Iglesia o ciertos seguidores de tal, intentan evadir de mil maneras.

Sin más preámbulos, presento a usted las elocuentes letras de don Carlos Ábrego, un amigo escritor salvadoreño y filólogo, referidas a monseñor Romero, a quien agradezco que nos comparta su sentir atendiendo mi petición, acerca de este excepcional hecho que alegra a tantos miles:

“El magnicidio que cobró la vida de monseñor Oscar Arnulfo Romero fue un hecho meditado por finos estrategas. Sabían perfectamente las consecuencias del acto. La noticia se difundió por el país y por el mundo con siniestro fulgor y convulsionó a toda la sociedad salvadoreña. El ejército y sus aliados de siempre, tal vez quepa decir sus dueños, le advertían al pueblo y al mundo: ‘aquí no se salva nadie’. La sociedad quedó petrificada por el terror y el miedo. Ocho días después los mismos estrategas iban a repetir la dosis, durante el sepelio de monseñor Romero, delante de las cámaras de televisión del mundo y centenas de periodistas presentes en San Salvador, en donde se perpetró una sangrienta masacre. Esta vez la advertencia era de igual calibre, ‘no nos importa la opinión pública internacional’. Las acciones civiles decayeron por completo, dejándole al pueblo como única salida empuñar las armas. El trauma duró durante toda la guerra civil salvadoreña y perdura hasta el día de hoy.

Conocí a Romero en París y hablé con él unos cuarenta minutos, la noche en que le ofrecimos una recepción en un convento dominicano dirigido por el padre Maurice Barth (pilar de la solidaridad hacia El Salvador). Este encuentro ocurrió justo tres meses antes de su asesinato. En esa ocasión enumeramos nuestros acuerdos e incluso nuestras divergencias, pero además esa noche me confió un secreto, me advirtió divúlguelo en el momento oportuno. Volvía del Vaticano y de su último encuentro con Juan Pablo II. Fue un encuentro cara a cara, ni siquiera monseñor Jesús Delgado que lo acompañó, estuvo presente. O sea que no hubo testigos. Mucho se ha dicho de ese encuentro, falso o inventado. En todo caso se sabe que no duró mucho tiempo y que quizás lo más importante fue lo que me confió y que ya lo difundí al iniciarse el proceso de su beatificación. Ahora aquel secreto no parece grave. Juan Pablo II le ofreció al arzobispo de San Salvador elevarlo a cardenal, si renunciaba a sus prácticas y prédicas “revolucionarias” (ligadas a la Teoría de la Liberación, apunta este columnista). Monseñor Romero le respondió que no podía abandonar al pueblo de Dios. Y el Papa concluyó entonces la audiencia.

Este domingo 14 de octubre de 2018 los pobres de El Salvador han recibido como un acto de justicia su canonización, pero saben que el odio de los asesinos sigue vivo y sus herederos le rinden honores a Roberto D'Aubisson, que planificó el magnicidio. Este fundador del partido ARENA, formado o deformado en la Escuela de las Américas de los Estados Unidos, en Panamá (escuela se sátrapas asesinos dictadores latinoamericanos, apunta este columnista), murió sin ser perseguido por la justicia y los masacradores siguen sin ser molestados. En las redes sociales la violencia verbal de sus partidarios es realmente baja y escabrosa. En todo caso hay que esperar que llegue la paz que tanto deseaba el nuevo Santo de la Iglesia Católica.”

Tamaño testimonio de órdago solo puedo agradecerlo infinitamente. Cabe añadir que el primer santo salvadoreño, reconocido como mártir por el Santo Padre Francisco, en calidad de in odium fidei, (muerto) por “odio a la fe” y ya habiendo sido declarado “emeritísimo hijo de El salvador” y antes beato, evoca a una Iglesia militante y de los pobres, tan a disgusto de ciertos grupos católicos.

Destaco las palabras vertidas por el nuevo cardenal primado de México, Aguiar Retes, cercano a Francisco. Su eminencia expresa a través del editorial del semanario ‘Desde la fe’: “la Iglesia necesita de más Romeros”, una frase impensable meses atrás al frente de su ultraconservador antecesor, el impopular Norberto Rivera, tan plegado a las directrices de San Juan Pablo II y tan contrario a Francisco. Deus gratia, ya dejó la sede.

Respecto a Pablo VI, en justicia merece el reconocimiento de no haber titubeado en concluir el Concilio Vaticano II, a un tris de naufragar tal y como le sucedió al Vaticano I, por la muerte de su predecesor San Juan XXIII. La polémica figura de Montini, que ya lo fue en su día, intensificando sus esfuerzos por conducir a la Iglesia en el mundo moderno, no confrontándose con él, sino asumiéndolo para conservar su liderazgo, supuso un ingente trabajo que ahora se consolida, canonizándolo. Sobre todo frente a los detractores de las enseñanzas del Concilio y de Montini, ya tan amantes de cosas tan retro e innecesarias como la vuelta al incomprensible latín en la misa diaria, punta del iceberg de sus quejumbres anticonciliares, privilegiando con su mentalidad obtusa el “misticismo” que ven en la lengua latina sobre la necesaria comprensión de lo que se dice para propalar la fe. Hágales entender su impecatado error.

Montini, el hombre que devolvió al papado su condición pastora, renunciando a la tiara pontificia para estar acorde con el llamado de humildad a los servidores de Cristo. Y puede usted imaginar cómo fastidia eso a ciertos sectores.

Enhorabuena por estas canonizaciones, muestra palpable de una Iglesia sensible, tan requerida de reconocimientos propios a falta de los ajenos y posicionando ejemplos a seguir en aras de sus más caros valores.