Opinión

Kareishū

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 18 de octubre de 2018

Entre las noticias mínimas se detectan corrientes de fondo que iluminan los titulares. Esta semana encontré en la prensa y la radio la noticia sin dimensión de otro “hallazgo científico” irrelevante, a saber: nuestra percepción de un olor corporal correspondiente a cada edad responde a variaciones orgánicas objetivas. Nuestro olor a viejo – a “anciano” se dice con medida formalidad – no es ilusión subjetiva sino un efecto real de procesos químicos.

Una prueba realizada en el Instituto Monell de Filadelfia, acreditado en investigaciones relativas al gusto y el olfato, ha confirmado variaciones en el olor corporal según grupos de edad. La adolescencia masculina, con su revolución hormonal, ha quedado señalada como una edad mefítica frente a la balsámica juventud femenina, cuya revolución hormonal no se significa, al parecer, del mismo modo. La edad provecta se caracterizaría por una fragancia poco intensa y no desagradable pero – por contraste con estos atributos – identificada sin titubeos por todos los participantes en esta cata nasal. Se habla de una consecuencia olfativa de la “decrepitud celular” que empieza muy pronto, ya en torno a los treinta años. Los que envejecen no perciben su propia fragancia dado que un efecto de la edad es la pérdida de sutileza sensorial y, en especial, olfativa. Nuestro propio ocaso nos priva de la percepción del olor que lo acompaña. Olemos a viejo y lo ignoramos, de manera que podemos avanzar con el gesto confiado dejando un rastro, aunque mortecino y tenue, perfectamente reconocible.

En la medida en que se trata de un efecto biológico, se encontrará en cualquier lugar del mundo. Por tanto, no explica la muy diferente estima que la senilidad merece según épocas o grupos, según familias o individuos. Por lo demás, lánguido y débil, en analogía con la edad que lo desprende, ese olor no resulta especialmente acerbo o desagradable. Pero somos una criatura ocular y la edad, como el resto de los fenómenos, se nos presenta eminentemente a los ojos y sólo secundariamente al resto de los sentidos. Los mayores – cansados y lentos – se ofrecen hoy bajo la figura del lastre o de la carga. Ralentizan nuestros movimientos, sus cuidados detienen nuestra carrera, sus precauciones obstaculizan el paso audaz del hombre asertivo, decidido y emprendedor. De su sosiego no aprendemos, simplemente nos enerva. Entre las muchedumbres de solitarios en que han parado nuestras sociedades los viejos soportan un aislamiento abismal. Su soledad es no sólo actual, sino histórica. Son extraños en un presente que no los reconoce y al que no pertenecen más que como vestigios del pasado en una sociedad empeñada en torcerlo y olvidarlo. Los viejos de hoy crecieron en la postguerra y la dictadura, esconden en su vida cotidiana – aunque se manifiesten progresistas, comunistas o republicanos – un “criptofranquismo” antropológico cuyo síntoma más evidente es un patriarcalismo caballeresco y refinado. El mañana no contará con ellos y para los dinámicos y activos son únicamente la principal carga presupuestaria, para esos agentes revolucionarios son la inadmisible traba que impide el advenimiento del mundo nuevo.

Pero hay una decrepitud que se pretende inodora e insípida porque no afecta a los cuerpos, sino a esas realidades que René Worms llamara supraorgánicas: las sociedades cuyo esqueleto institucional se pudre sin desprender vaho alguno y cuyos individuos, al margen de su edad y su olor correspondiente, pueden estar políticamente tomados: infectados y mórbidos. Las sociedades – realidades supraorgánicas – pueden hundirse sin vapores fragantes porque la emanación que desprende su ocaso es tan sólo pestilencia por analogía, un aroma moral que no se da al olfato sino a la comunicación y al trato mutuo, a las costumbres heredadas y al sentido común. Los cuarenta años de nuestra arquitectura constitucional no hieden y, sin embargo, su “decrepitud celular” es innegable. Un síntoma de ese hundimiento, inconfundible como el olor de la edad, es nuestro olvido del pasado y la tortuosa comprensión de las épocas de una historia que no queremos propia. Renegando del pasado con el que pretendemos romper, quisiéramos construir de nueva planta un orden nuevo. Para los detentadores de un cierto imaginario social, anhelantes de novedad, los viejos de hoy crecieron en un tiempo que compendia ese pasado. Por el contrario, a otros nos huele a viejo ese apetito de novedad. En japonés existe, al parecer, un término que designa el olor de los mayores: kareishū. En España tendremos que inventar un vocablo para nombrar la podredumbre histórica e institucional de esa mole supraorgánica que, quebrado el cordón vital que la unía al pasado, parece haber venido a morir en nuestro tiempo.