Opinión

Hagan juego, midterms

TRIBUNA

Alfonso Cuenca Miranda | Lunes 22 de octubre de 2018

El próximo 6 de noviembre tendrán lugar en Estados Unidos las denominadas elecciones de medio mandato (midterms) por las que se renovará un tercio del Senado (de hecho, algo más, pues a los 33 senadores cuyo mandato se ha agotado, los de la denominada Clase I, se han unido dos renuncias) y la totalidad de los 435 miembros de la Cámara de Representantes, a lo que hay que añadir la elección de 36 gobernadores y de un buen número de asambleas estatales. Apenas recuperados de las vicisitudes (con suspense incluido) del más que atribulado proceso de designación del nuevo magistrado de la Corte Suprema, Brett Kavanaugh, Washington se apresta a la batalla política más trascendente de los últimos dos años. Publicistas, politólogos, periodistas, tertulianos… hacen una vez más su “noviembre” acaparando el espacio de unos medios que hace tiempo que venden este tipo de citas como el Día del Juicio Final, sin que nada más allá de las mismas importe en demasía. Y todo ello, bien es verdad, en un contexto como el norteamericano en el que desde hace unos años (antes de la llegada del actual inquilino de la Casa Blanca) se asiste a una creciente e imparable polarización, lo que propicia que cada vicisitud política se viva (en todos los sentidos) como las luchas de la antigua arena romana.

Cualquier pronóstico, pero esto ya no es novedad últimamente, resulta muy arriesgado. En cualquier caso, son mayoría las encuestas y análisis que vaticinan que los republicanos conservarán (de un modo más o menos ajustado) el Senado, mientras que por el contrario los demócratas retomarían el control de la Cámara Baja tras seis años de mayoría republicana en la misma.

En el caso del Senado, efectivamente, es muy difícil que los demócratas puedan deshacer la actual mayoría del partido del elefante (51 sobre 100). Ello se debe sobre todo al hecho de que la mayoría de escaños en liza, 25 de los 35 en juego, están actualmente ocupados por senadores demócratas. Suponiendo que pudieran defender todos los escaños hoy en su poder aún tendrían que ganar al menos tres más de los diez ocupados por senadores republicanos. De hecho, no es descartable que la propia mayoría republicana pueda aumentarse en uno o dos escaños en la Cámara Alta. Así, a día de hoy el único baile de escaños que las encuestas dan como casi seguro es en favor de los republicanos (Dakota del Norte), mientras que de los seis escaños en los que la lucha está muy apretada (Arizona, Missouri, Florida, Indiana, Montana y Nevada), cuatro son actualmente demócratas, por lo que el margen de mejora para éstos es muy reducido.

En la Cámara de Representantes el escenario es más incierto. El aumento de escaños en poder de los demócratas se da por seguro, si bien la incógnita es si dicho incremento será suficiente para lograr la mayoría, siendo 24 el número mágico, esto es, la ganancia neta necesaria para ello. Hoy por hoy, las encuestas dan casi por hecho que 15 distritos en la actualidad republicanos serán “conquistados” por los demócratas, mientras que en sentido inverso, con el mismo grado de probabilidad, los republicanos solo podrían hacerlo en 3. Pero lo que es peor para estos últimos: de los 33 distritos que se consideran técnicamente empatados en las encuestas, sólo 4 están actualmente representados por congresistas demócratas, es decir, en este sector (y a diferencia de lo que ocurre en el Senado) los republicanos tienen mucho más que defender que ganar. Cierto es que en desde hace un tiempo el índice de reelección de los miembros de la Cámara de Representantes se ha incrementado considerablemente (igualándose a la Cámara tradicionalmente más “estable”, el Senado), pero un factor que mueve el ánimo demócrata es que muchos congresistas han decidido no presentarse este año a la reelección. Con todo, nada puede aventurarse en estas fechas, teniendo en cuenta, además, que en muchos de los distritos más apretados Trump resultó victorioso (en varios de ellos con amplios márgenes), mientras que algunos en los que venciera Clinton, sin embargo, han sido tradicionalmente “rojos” en las diferentes elecciones de los últimos Congresos.

Precisamente, la sombra del Presidente sobrevuela toda la campaña y la gran pregunta es si su gestión será el factor clave a la hora de dilucidar el voto del electorado. Incluso si finalmente es así, las consecuencias de ello distan de ser claras, no existiendo una apreciación unívoca. Así, determinados analistas señalan que el efecto Trump será positivo para los intereses republicanos, al considerar que el Presidente ha cumplido, de cara a su electorado de 2016, las principales promesas que realizó: bajada de impuestos, revocación (siquiera parcial) del Obamacare, proteccionismo comercial…; mientras que otros pundits (mayoritarios ente el gremio) sostienen que las medidas mencionadas y la sempiterna polémica que rodea al Presidente necesariamente habrán de pasar factura al partido mayoritario en las Cámaras. En cualquier caso, no debe olvidarse que estamos ante unas elecciones legislativas, de concretos candidatos, en las que los intereses y peculiaridades locales están más que presentes en un país de dimensiones continentales (en este sentido, cabe mencionar que la mayoría de candidatos republicanos se inscriben en el establishment republicano clásico, sobrepasando ampliamente en número a los que se autodefinen como “trumpistas”).

La campaña de los inminentes comicios se inició de facto hace ya casi un año. Entonces dio comienzo una carrera acelerada por recaudar fondos y difundir de manera masiva el mensaje de cada candidato. El coste de las campañas asustaría a toda mentalidad europea (al menos si se comparan sólo las cifras oficiales) y en buena parte de las contiendas es el factor decisivo (precisamente es uno de los elementos de esperanza para los demócratas en estos días, ya que en conjunto han recaudado más que sus rivales). Y, junto a ello, unas redes que desde que Howard Dean descubriera su potencial electoral en las elecciones de 2004 se han convertido en el otro factor decisivo (frecuentemente de la mano del anterior).

Por lo demás, diversos duelos revisten particular interés, algunos de ellos rodeados de ciertas dosis de espectacularización y sensacionalismo tan propios de determinados ámbitos de la vida pública estadounidense. Atención especial merecen en este sentido los enfrentamientos entre los candidatos por Florida y Texas al Senado: en el primer caso, un gobernador republicano inmensamente rico contra un ex astronauta (actual ocupante de la plaza); en el segundo, dos candidatos jóvenes y atractivos de gran valía y arrojo que vindican sus orígenes hispanos (llegándose a plantear que algunos de los debates se hicieran en español). Junto a ellos: supervivientes de cáncer, mujeres que se han atrevido a denunciar abusos sexuales (incluidas candidatas republicanas), candidatos demócratas con barniz republicano y a la inversa, numerosos fiscales con amplios records en la lucha contra el crimen, etc…

Las implicaciones de las inminentes elecciones son evidentes. Cualquier victoria demócrata en una de las Cámaras daría al traste con la agenda legislativa del Presidente Trump para lo que le resta de mandato, conduciendo posiblemente al célebre gridlock o bloqueo que ha caracterizado muchas situaciones similares en años precedentes (así, cuando los republicanos se hicieron con la Cámara Baja tras las elecciones de 1994 bajo la presidencia de Bill Clinton), sin descartar que, en el caso más probable de que el botín fuera la Cámara de Representantes, ello pudiera animar a los demócratas a presentar los artículos de impeachment en la Comisión de Asuntos judiciales de esta última. La victoria de éstos en ambas Cámaras impulsaría el programa demócrata constituyendo un formidable trampolín de cara a las elecciones presidenciales de dentro de dos años, lo que contrasta con la situación vivida hasta el momento, de cierta depresión partidista tras la derrota de 2016, corroborada por el hecho de que hoy por hoy no haya emergido aún ningún posible candidato presidencial para la cita de 2020 que pudiera convertirse en referente nacional del partido del burro. Por último, la victoria republicana en ambas Cámaras supondría una confirmación del giro conservador perceptible en Estados Unidos desde hace unos años (el dominio “rojo” también en los Estados es aplastante) y daría además un espaldarazo formidable a las políticas presidenciales y a las posibilidades de reelección de su artífice (la duda estriba en si el partido republicano podrá sobrevivir en su día a o sin Trump). Y todo ello sin olvidar que el próximo día 6 se renueva la mayor parte del poder en los Estados, con importantes consecuencias para la vida de los ciudadanos en un país descentralizado como es la Federación estadounidense. La trascendencia de estos comicios se incrementa si se tiene en cuenta que los próximos gobernadores y asambleas estatales serán los encargados de rediseñar (en su caso) los distritos empleados como circunscripción en las elecciones a la Cámara de Representantes nacional, proceso que se realiza cada diez años (el siguiente debe ser llevado a cabo en 2021), y cuya importancia no puede ser minusvalorada pues influye de manera decisiva en los resultados de aquéllas.

Así, pues, todos los ojos están ya puestos en las elecciones de medio mandato. Un fenómeno típicamente estadounidense que se ha revelado históricamente como uno de los mecanismos más importantes a la hora de articular los checks and balances (frenos y contrapesos), esto es, la limitación del poder por interacción entre diversos órganos, uno de los mayores logros del sistema constitucional norteamericano. La tónica general en las últimas décadas (con muy escasas excepciones) ha sido que la fuerza política opositora al Presidente (sobre todo cuando este ha pertenecido al partido demócrata) ha “recuperado” la mayoría en alguna de las Cámaras. En cualquier caso, el 116 Congreso que se constituya el 3 de enero, sea cual fuere su composición, tendrá por delante una importante tarea: aunar esfuerzos para que el país siga siendo esa “ciudad en la cima”, ese verdadero “nuevo mundo” que los norteamericanos soñaron hace 229 años cuando fueron a las urnas para elegir a sus representantes en el primer Congreso.