Opinión

American gángster

TRIBUNA

Juan A. Hernández Les | Sábado 27 de octubre de 2018

Cuando vi American gángster no me sorprendió que en ella se trazara una crítica de la policía. El cine negro no hubiera existido si además de los traficantes de alcohol no estuviera la pasma al lado. Recuerdo un artículo de cine negro firmado por José Monleón en la revista Nuestro Cine en donde el crítico destacaba la figura de Little Caesar que, al morir, pronunciaba una frase trágica: Pero ¿es Little Caesar el que muere?, como si el cine fuera una prolongación existencial en la que el malo retratado era a su vez salvado en el último segundo por un simple motivo, el motivo moral. Si había gángsteres es que tenía que haber al lado un componente de aproximación, otro significante. El significante era el policía, y a excepción de los idealistas, también era alguien situado al otro lado de la frontera. Ya decía el mafioso Frank Lucas, después de matar salvajemente a un acólito, que en esta vida hay dos clases de hombres: el que es alguien, y el que es nadie.

En unos pocos años empezaron a suceder cambios políticos y sociales en España, y podríamos volver a ocuparnos de la frase de Monleón: la relación entre los asesinatos de unos vascos asesinos y la sociedad española era evidente. En este caso el botín no era el alcohol sino una patria, pero los muertos siempre caían del mismo lado, como si éstos se hubieran imbuido de un enigma fatídico que los condenara a sufrir una muerte absurda, y ante la que la sociedad entera no pudiera oponerse por arrastrar una culpa histórica de la que nadie hablaba en casa, ya hubieran sido tus padres vencedores o vencidos. Entre las víctimas había policías, y ninguno era culpable, ninguno traficaba con la patria, nadie por dinero.

Durante nuestra transición se hablaba de la necesidad de una depuración de la policía. No fue necesario porque todo el mundo estuvo de acuerdo en compartir el beneficio de la prudencia. En una crónica negra Walter Noble Burns escribió en 1932 que en los años de la Ley Seca en Chicago los millonarios compartían sus mesas con los asesinos y las damas de sociedad cruzaban sus miradas con las rameras, sorprendidas de encontrar tan poca diferencia con ellas. El fiscal del Estado, el jefe de policía, los banqueros, Enrico Caruso, el alcalde…Colosimo liaron en un solo haz la política y el crimen.

Hay una cosa en la que nuestro cine negro de lo real es superior al americano de ficción: que aquí hay toda clase de policías y, por lo tanto, un mayor número de especies. Los episodios anteriores han sido tan trágicos que el relato se ha complicado mucho antes de llegar a este final…que no llega. De repente, surgen tramas nuevas, que parecían enterradas con la dictadura, pero que asoman la cabeza ominosamente. Por eso todos los buenos en nuestra película de lo real, policías idealistas, e idealistas según su profesión, están vigilantes en la calle y en el trabajo. En este punto, al menos en este punto, las cosas son como en la película de Scott.

Un país libre no puede soportar el crimen, ninguna clase de crímenes, ni puede soportar a esos maderos que cambian mercancías en las calles más siniestras de la ciudad, ni siquiera si lo que se cambia es la vida, que siempre será trocar nuestra vida por la de otros. Antes ser policía consistía en ser un héroe. Ya lo decía Godard hablando del poli de las películas americanas, de Dana Andrews. Todo el mundo en Francia quería ser policía en los 70, porque el policía era el paradigma del héroe. Ese hombre solitario, independiente, libre y con una investigación que realizar: ¡Eh, señor!, ¿Es usted quien mató a su anciana madre a tal hora, en tal sitio? La gente envidiaba esa libertad, la libertad del policía.

Se preguntaba el crítico hipócritamente si todo ese cine era una incitación a la violencia. Típica pregunta agorera de la izquierda fundamentalista. Nosotros no llegaremos a tanto. Sólo nos atreveremos a preguntar por qué nuestra violencia, no pasa al cine de una manera decente, pues tuvimos más cine negro que los americanos, y más muertos sin sepultura. Escuchen y miren la televisión: ¿quiénes son los muertos? Nadie. Nadie los conocía, ni los había tratado. Los muertos son de otros. Nunca son de los nuestros. Por eso no tienen sepultura, y aunque la tuvieran…Nuestro cine negro nada quiere saber de sus propios polis, sólo atiende a los polis de la acera de enfrente, qué riquiños.

Y estos tíos que nos perseguían en los alrededores del aula ¿quiénes eran? ¿Era el policía idealista, o era el policía chivato que quiere meter miedo para que hagas una buena crítica? ¿O directamente el asesino que viene a por ti? No fue fácil encontrar la diferencia, y por eso convenía estar vigilante. Andar hacia atrás, con el pie cambiado, mirarlos de frente como el chino de la película; pedirle el sombrero a Dana, para confundirlos; y que sintieran miedo, como los demás, porque esta película de lo real que, en realidad, es una película de terror, tiene la peculiaridad de que nunca se acababa.