Opinión

Un último secreto

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Domingo 28 de octubre de 2018

He leído sin estupor que un astronauta biempensante ha pedido disculpas por haber citado palabras de Winston Churchill. Ignorante, al parecer, de que el primer ministro británico hace ya mucho que forma parte del amplio número de fascistas escondidos o etnocentristas sin respeto. Recuerdo que sentí que algo se rompía cuando se me reprochó, hace ya muchos años, un gesto de simple cortesía y recibí la primera revelación de mi críptico patriarcalismo. Una legión de analistas espontáneos me reveló luego otros intolerables defectos de mi persona, cuya cuenta evito al paciente lector de estas líneas. He sido, en todo caso, profundamente esclarecido y ahora camino con una consciencia acreditada, sin ejecutar gesto alguno que no haya sido sometido a la crítica radical del pensamiento emancipatorio. Soy, por fin, un hombre libre; aunque a veces me asalta el temor de que mis abuelos me juzgaran simplemente un bárbaro. Ellos, pobres ignorantes, no sabían que bárbaro es el que llama bárbaro a otro. Pero ese temor, que a veces me asalta, no es el único vestigio de una sombría tradición. Escondo, mucho me temo, un aterrador secreto en cuya confesión me esfuerzo, por ver si logro vencer ese lamentable resto del hombre viejo.

Decidido a someterme a un programa de despatriarcalización, decidido a defender a las vacas cuya leche se usurpa y de cuya carne se hace escarnio y sacrificio, decidido a difundir a través del sistema educativo juegos eróticos para niños de 0 a 6 años, decidido a superar mis prejuicios especistas para ver en el orangután al hermano y encontrar en el simio la verdad de nuestro aspecto, decidido a contribuir al desarrollo de una filosofía limpia de dominación y a no citar a ningún varón, blanco, heterosexual, decidido a reconocer al terrorista que se alberga en mis cromosomas, en mi composición hormonal, en mi gramática o en mi actitud gestual, decidido – en fin – a desnudarme de mí para hacer de mí un hombre nuevo… avanzo por el escenario social del mundo actual con la seguridad inconmovible y la disposición enérgica del señor de la verdad o, por mejor decir, de la postverdad que sabe que la verdad ha quedado resuelta en corrección. Abomino de mi raza y de mi sexo, de mi lengua y de mi género, de mi nombre y de mi patria: soy por fin lo que deseo. Más exactamente soy un deseo que fluye sin objeto, deteniéndose allí donde su albedrío insustancial encuentra asiento, pero únicamente el tiempo necesario para volver a volar sobre la nada, pletórica de bienes, en este gran mercado siempre abierto. Soy el consumidor que satisface un capricho que renace en el momento en que se consuma. Soy el resultado de la gran liberación, el heredero del superhombre, el hijo trastornado del progreso con sus neurosis de medio pelo. Soy el hombre – el ser humano – ultramoderno.

He llegado a saberme en el cenit de los tiempos, nunca antes hubo hombres como yo, tan racionales y completos. De nada nos falta: somos los mejor preparados, los más empáticos, los más igualitarios, los más tolerantes y espléndidos. Somos los hijos triunfantes del progreso. Somos el batallón en marcha de una revolución que no cesa, somos el mañana sin pretérito. Y, sin embargo, no he logrado deshacerme íntegramente, para rehacerme según el diseño que prescribe el orden nuevo. Cuando depongo la crítica y por un instante desatiendo la doctrina que dictan los últimos manuales de la Idea, entonces – cuando cierro los ojos en el sueño – me perturba una ligera reverberación, un eco sigiloso que me nace desde adentro y que no logro acallar completamente: es el rotundo “olé “que me estalla en el silencio al recordar la belleza sin matices que dibujó ante mi vista el gran maestro, cuando ejecutó, en una tarde de gloria, el más profundo y concluyente pase de pecho.