Enrique Arnaldo | Jueves 24 de julio de 2008
Toda España estaba pendiente del final de la Eurocopa, aunque algunos tuvieron que bajar las persianas y colocarse los auriculares para que los vecinos (siempre cotillas y, a lo mejor, hasta chivatos correveidiles) no se dieran cuenta de que estaban entusiasmadamente entregados a la selección española que -los comentaristas de la Cuatro y al unísono el borreguismo ambiente- dejaron de llamar así para denominarla “la roja” o, simplemente, la selección. Muchos menos españoles se encontraban ayer delante de los televisores para comprobar la intensidad del apretón de manos entre Rajoy y Zapatero y el nivel de autenticidad de la sonrisa puesta por ambos ante fotógrafos y cámaras. La escena del sofá fue más o menos la de siempre. Los goles son otra cosa, y ya se sabe que donde esté un buen partido, que se quiten todas las páginas de nacional.
Las conclusiones fueron las esperadas. Zapatero es un peligrosísimo optimista que se niega a aceptar la realidad económica y que vive al margen de la profunda y seria crisis económica. Para él el PP sigue teniendo rabo (como antiguamente decían del Partido Comunista) y piensa que su único objetivo es recortar derechos sociales. Zapatero está instalado en la comodidad del presupuesto extensible como la plastilina y no comparte el santo temor al déficit del que hablaba el clásico gestor público, administrador prudente del dinero ajeno. En fin, que Zapatero no necesita a nadie para afrontar la crisis. Tampoco es que sepa muy bien qué hacer más allá de dejar pasar el tiempo y esperar que escampe. Le quedan tres años y medio por delante y espera que en algún momento amaine. Mientras tanto comprará suelo, colocará a los parados en el renaciente sector público e incluso llegará a adquirir sociedades en crisis. El presupuesto público lo aguanta todo, y ya lo pagará quien corresponda.
El retorno al consenso en la lucha contra el terrorismo es una magnífica noticia, aunque tardía. La anormalidad anterior era inaudita e inmantenible.
En cuanto a la renovación del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) y del Tribunal Constitucional (TC) -nada parece haberse dicho de la plaza vacante en el Tribunal de Cuentas ni de la Junta Electoral Central ni de los órganos reguladores- queda para septiembre. Es una buena-mala noticia. Buena porque los órganos se instituyen para un período temporal y las prórrogas son anormales. Mala porque nuevamente se escenifica el reparto de las cuotas de poder en los órganos que deben estar al margen del dominio de los partidos. Cuando se produzca la renovación, es decir la elección de los nuevos miembros de esos órganos, volveremos a ver quiénes son de cada uno; tendrán su etiqueta partidaria y llegaremos fácilmente a vislumbrar qué va a votar cada uno. Ningún avance en la independencia, sino que se certifica una mayor dependencia partidaria. ¿Es ésto lo que queremos? Volveremos a llorar amargamente, pero el deterioro y descrédito institucionales alcanzan, y alcanzarán aún más, un nivel de insostenibilidad insoportable.
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