Opinión

Cataluña y el poder político

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 10 de noviembre de 2018

No pecará el anciano cronista de ingratitud hacia el ilustre gremio o compactada cofradía de los hispanistas. Conforme escribiese muchas veces en estas mismas páginas periodísticas su admiración es grande a los de índole anglosajona, pero lo es más hacia el francés más global y completo y también, de ordinario, más acucioso y brillante. Hoy, en general, está ya de capa caída y no tardará, probablemente, demasiado tiempo en que acabe de languidecer por entero, después, repetiremos, de una encomiable y fecunda carrera. Como empieza a ocurrir en algún ramo de las llamadas Ciencias “duras”, es casi seguro que pronto los estudiosos españoles en la ancha rama de las Humanidades aquisten sus mejores títulos con el cultivo intensivo de las Letras y las Artes de otros países.

Por el momento, sin embargo, uno de los más buidos y solventes especialistas en “el Siglo de la Crisis” en toda su amplitud europea y americana y, muy particularmente, española es el británico Sir John H. Elliot, autor, según es bien sabido, de monografías de envidiable trazado y sólidas conclusiones que hacen de varias de sus obras auténticos monumentos de erudición y sagacidad. Además, su reiteradamente proclamado discipulado de Jaume Vicens Vives (1910-60) y su buido y exhaustivo análisis de la primera gran ruptura entre el Principado y el resto de la monarquía de Felipe IV (1621-65) acentúan hasta un punto máximo el reconocimiento y respeto manifestado al unísono por colegas y público españoles.

Últimamente, en estos postreros días otoñales, ha visto la luz la traducción –excelente- de Rafael Sánchez Mantero de su reciente libro acerca de los nacionalismos escocés y catalán –Catalanes y escoceses. Unión y discordia- , en el que señala muy importantes diferencias entre la trayectoria de ambos. La crisis de los Estuardos en la Inglaterra del Seiscientos y la de la España de los Austrias menores daría lugar, conforme resulta harto conocido, a la aparición de una corriente crítica que, aunque sometida a varios procesos de guadianización –algunos de entre ellos, muy acusados- no desaparecerían ya hasta los mismos del célebre referéndum británico ordenado por el Premier David Cameron el 18 de setiembre de 2015 y por la no menos famosa –y frustrada igualmente- consulta catalana de 1 de octubre de 2017.

El autor de La revuelta de los catalanes: un estudio sobre la decadencia de España -1598-1640- (Barcelona, 1963)- sostiene que, en términos globales, la madurez del nacionalismo escocés es superior a la del catalanismo; y como gran prueba de su aserto trae a colación el nutrido grupo de gobernantes del Reino Unido provenientes del antiguo reino de los Estuardos que en el último siglo ha llegado a dar a Downing Street hasta cinco ocupantes… En cotejo con ello, conforme a su punto de vista, la “inclusión” catalana en los destinos españoles se descubre menor, con una muy reducida cantera de ministros catalanes en los gabinetes madrileños y solo dos prohombres del Principado realmente comprometidos con la rectoría suprema nacional: el tarraconense D. Juan Prim y Prat (1814-74) y el ampurdanés– es decir, doblemente catalán…, como quería Pla- D. Francesc Cambó (1876-1947).

El gran saber que atesora el sobresaliente hispanista británico en punto a la andadura de la historia española, desde los días de la Reconquista hasta los de la Transición, no puede ser, por supuesto, equilibrado ya que ello rayaría en lo imposible. De este modo, no cabe desgarrarse las vestiduras frente a sus lagunas y déficits, singularmente, en el tramo de la contemporaneidad. El que dos de los cuatro Presidentes de la I República española fuesen catalanes del mejor y más prolongado pedigrí, D. Estanislao Figueras (1819-82) y D. Francisco Pi i Margal (1824-1901), autor –en compañía de J. Mª Quadrado y P. Madrazo- nada menos de unos de los libros más hermosos y “españolistas” de la espléndida y colmada literatura de viajes y paisajes del Diecinueve hispano: Bellezas y de España,”obra destinada para dar a conocer sus monumentos, antigüedades, paisajes…” (Barcelona, 1839-65, 10 vols.)- implica una aporía mayor de la tesis vertebral de la argumentación de Elliot. Por contera, y a mayor abundamiento, ha de tenerse en cuenta que en la minúscula cronología del citado régimen –febrero, 1873-enero, 1874-33 gobernadores civiles fueron catalanes así como un amplio número de mandatarios del Estado,

La grieta de la tesis de Elliot se extiende todavía más al verificar que de los 2 ministros que integraron el contingente catalán en el Siglo de la Ilustración se pasó a 6 en el reinado de Fernando VII; y a 9 en el de su hija; y a 10 en el Sexenio democrático; y de 11 en la etapa de Alfonso XIII a 18 durante la II República, y a un número un poco superior a cifra tan elevada en la de Juan Carlos I; siendo Barcelona, tras Madrid, la cuna de mayor guarismo ministerial de la historia española.