Un bufón con nombre de profeta y apellido de apóstol, Daniel Mateo, ha desvelado que los españoles nos vamos a matar. Es el mismo fulano que se mocó en La Sexta la bandera de España. Dicen que el numerito le ha costado al medio unos judas de plata. Y que por eso salió el bufón con su jefe a representar la comedia de la disculpa. Por la plata. Todo por la plata. Y porque empiezan a atisbar que la nación también respira en su bandera.
Ahora el chistoso, amilanado, se ha puesto bombástico. Asegura que los españoles nos estamos radicalizando peligrosamente. Y que el revuelo causado por sus jugos nasales demuestra que estamos al borde del soplamocos nacional.
Pero recuerde Daniel que su tocayo dijo (Dan. 2, 43): “Viste el hierro mezclado con barro porque se mezclarán por alianzas humanas, pero no se pegarán unos con otros como no se pegan el hierro y el barro”. Y que dijo Mateo (Mat. 13, 27): “¿De dónde viene, pues, que haya cizaña? ¿Quieres que vayamos y la arranquemos? No, no sea que arranquéis con ella el trigo. Dejad que ambos crezcan hasta la siega”.
Palabras que escojo a moco de candil para alzar el tema por encima del hocico. Para articular una voz un poco más compleja que ese humor espeso y pegajoso que nos fluye a veces por las ventanas de la nariz. Para hablar con la madre patria desde otro Mateo: Lope Mateo (1898-1970). Poeta de bandera. Castellano que en Cataluña tiene calles, porque brindó a Lloret de Mar su verbo ledo el verano que arracimó su Hablo contigo, España (1966):
Hablo contigo, España, mi ventura.
Contigo, pino, surco, sierra fría.
Contigo, mar y cielo, donde arría
el corazón su máxima estatura.
¡Qué descanso de amar! ¡Cómo se apura
en mi sangre tu sangre! ¡Qué alegría
de llevarte en mi ser, España mía,
como lleva la estrella su hermosura!
Yo arrío aquí estos versos de Lope Mateo, “Hablo contigo, madre”, para ilustrar lo que no quieren entender los chupacirios de la declinante endofobia española: que el hombre es animal simbólico, y canta a su bandera hasta desde el rescoldo de su polvo enamorado. Por eso el pueblo, indulgente con el torpe que no sabe quitarse los mocos, siempre es feroz con el malnacido que escupe a la madre que se los quitó.