El anhelo de volar está ínsito en la mente del hombre desde los mismos albores de la Historia, y seguro que más allá, como esos remanentes arcaicos de los que hablaba el padre Jung. Animales fantásticos con alas, como las malfamadas arpías, a las que el genio de Francisco Nieva edulcora con la pequeña y deliciosa pieza romántica de “Corazón de arpía”, hasta la fábula mitológica del asesino arquitecto e ingeniero Dédalo y su imprudente hijo Ícaro, y ese abigarrado bestiario mitológico del Mundo Clásico, que apasionaba al erudito Borges, todo ello nos indica la pasión indesmayable que el hombre siempre ha tenido de volar, y de escapar volando.
La primera vez que aparece en la Antigüedad Clásica la expresión “navegación aérea” es en la obra irónica, farsa prevoltairiana, del samosatense, Historias Verdaderas. Es así que la mentira literaria de Luciano de Samosata – un viaje a la Luna - se convierte con el tiempo en verdad científica. Los sueños del humanismo a menudo son ciencia. Setenta y nueve días tarda el protagonista, sujeto metadiegético omnisciente, de la novelita de Luciano, en llegar a la luna en medio de una navegación aérea tempestuosa y angustiante, traqueteados de continuo por los vientos del espacio, casi como un Apolo XIII, envuelta la nave en una especie de tifón de aire caliente que la eleva, como un globo sonda.
En la Luna viven los hipogrifos, hombres que cabalgan buitres enormes y que se sirven de estos animales como caballos. Las mujeres son vegetales, no procrean y sus besos saben a vino dulce. Quienes las besan se embriagan en su boca y si les hacen el amor ya no pueden separarse jamás, unidos eternamente por las partes sexuales. También se ven hipomirmekes o caballos-hormigas. Los lachanópteros son pájaros enormes enteramente cubiertos no de plumas, sino de legumbres y cuyas alas se asemejan mucho a las hojas de lechuga. Y es que la pequeña gravedad lunar se acomoda a estas endebles alas. Los aerokonopes son arqueros montados en enormes mosquitos runrruneantes, como aviones caza, como los Messerschmitt, los Heinkel o los Polikarpov – ahora que está de moda una sectaria Memoria Histórica -. Los combates de los selenitas son siempre aéreos con los habitantes del Sol. Al final gana la guerra el reino del Sol y el rey de los selenitas tiene que pagar al rey de los helianos un tributo anual de diez mil ánforas de rocío y entregar a diez mil súbditos como rehenes que aseguren la paz.
En el fondo, aunque las diferencias entre los terrícolas y los selenitas son grandes – los selenitas no deben su nacimiento a sus embriagadoras mujeres vegetales, sino a varones que tienen su útero reproductor en las mismas pantorrillas – de ahí que se llame ese vientre de concepción gastroknemia -, por donde salen sus hijos, como Dionisos naciera de la pantorrilla de Zeus -, con todo, sin embargo, los selenitas se mueven por las mismas ideas nobles, mezquindades, idioteces o grandezas, por las que también nos movemos los terrícolas.
Los sueños y las pesadillas del hombre del Mundo Clásico alumbraron el progreso y el horror del hombre del Mundo Moderno. Desde las Islas Estrófades, aeropuerto mitológico, las hermosas y malignas arpías torturaban a los hombres con pequeños tormentos, revoloteando traviesas y crueles sobre ellos con sus dulces alas, como abanicos. Hoy se tortura a los nuevos Fineos con la incesante interrupción de la tecnología digital, tormento superior a aquel Fineo porque devora todo nuestro tiempo vital, y los vuelos cada día son menos físicos, retornando el hombre al vuelo del sueño primigenio, quizás con la ayuda de ese mundo inveterado y radical que Carlos Castaneda estudió tan bien, junto al enigmático don Juan.
El hombre ha volado siempre, con o sin heléboro, a través de la mitología, que entre sus muchas caras nos señala como un presentimiento las posibilidades del hombre y sus muchas caras. Dragones, esfinges, estirges, grifos, harpías, hipogrifos, mantícoras, pegasos, quimeras, sílfides…Siempre hemos volado, como una necesidad de escapar de esa ley de la gravedad, como pacto del destino, que nos encadena al suelo. Y más ahora que se acerca a España una ola rugiente de tenebregosis izquierdista.
La huida del rey Luli, de Tiro, en el 701 a. C., frente a los ejércitos de Asiria, parece casi un vuelo en su “nave de Tarshish” de nueve remos a Egipto. Y los escarabeos sagrados de Egipto ascienden las almas a la fuente de la vida que es el Sol. Volar, volar…
Mientras, cuando viajamos en avión y miramos por la ventanilla, nos parecen acordes con nuestros recuerdos ancestrales la visión de los ríos, los montes, las llanuras, el mar, los bosques, los caminos, los pueblos…Falta una antropología del vuelo humano, e incluso una metafísica del esencialmente volador.