Alberto Míguez | Viernes 25 de julio de 2008
En París se ha compuesto la llamada Unión por el Mediterráneo, una iniciativa del presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, continuación de lo que fue en su momento algo semejante, el proceso de Barcelona.
De este proceso de Barcelona pueden decirse muchas cosas salvo que hubiese sido un éxito.
En realidad no lo fue en absoluto: concluyó con una letanía de buenas intenciones que a lo largo de la última década han producido muy modestos resultados tanto en el terreno económico, comercial y social como político.
Ahora se intenta de nuevo establecer el siempre aplazado diálogo Norte-Sur a través del “Mare Nostrum”.
Dados los antecedentes hay razones suficientes como para dudar si lo que ha nacido en París podrá constituirse en un verdadero marco de diálogo.
Hasta ahora este diálogo, sobre todo en el terreno económico y comercial, ha sido muy modesto entre otras razones porque se ha producido de forma horizontal y no vertical como muchos esperan y desean.
Se trata ahora de establecer un verdadero diálogo entre los países ricos del Norte con los pobres del Sur. Y la cosa no será en absoluto fácil entre otras razones porque las diferencias entre las dos riberas son enormes y muy difíciles de reducir.
El proceso de Barcelona tenía previsto una serie de mecanismos comerciales, crediticios, de cooperación y participación que finalmente apenas pudieron ponerse en marcha.
La responsabilidad de este fracaso no afecta solamente a los países del Magreb y del Machrek entre los que existen diferencias enormes tanto en la forma de vida como en las condiciones políticas, religiosas, ideológicas. Entre países como Siria, Libia, Argelia, Mauritania, Marruecos, Egipto o Israel las diferencias son gigantescas. Sólo se si produce ese esfuerzo complejo y coordinado que en París parece haberse lanzado habrá posibilidad alguna de que el proyecto vaya adelante. Y para ello, principalmente tiene que haber una voluntad compartida entre regímenes, dirigentes, sociedades, proyectos nacionales y cooperación transversal. No ha sido hasta ahora el caso. Por decirlo en una palabra porque no hubo ni voluntad política compartida ni políticas económicas próximas.
Nadie pone en duda la voluntad mediterránea de Francia como nadie tampoco debería dudar de la misma vocación por parte de España. Pero una cosa es la voluntad generalizada o compartida de los 42 países que forman el “Mare Nostrum” y otra muy distinta es que semejante proyecto sea posible o que existan los medios para ponerlo en marcha. Hasta el momento por dejadez o simple pereza mental los países de las dos riberas han preferido la retórica a la idea un tanto primitiva de que basta con que un proyecto sea promovido para que resulte viable. Esperemos todos que la cosa no será así en los próximos años dado que la UPM (Unión por el Mediterráneo) se presenta como algo realista y viable. Hasta el momento no lo ha sido, hay que reconocerlo, pero la esperanza de que este gran conglomerado oceánico vaya adelante no debe descartarse. A todos -España entre los primeros- les interesa que la UPM avance y se convierta en algo viable. El tiempo dirá si da o no razón a Nicolás Sarkozy y a quienes comparten con él idénticas ideas.
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