Opinión

Canícula y memoria

Carlos Madrid Casado | Viernes 25 de julio de 2008
Llevo tiempo sospechando que el verano propicia la memoria. Con el calor nuestra sesera se recalienta más de la cuenta. Los rayos solares ponen a hervir nuestro caldo gris y, con cada burbujeo, afloran a la consciencia mil y un recuerdos del pasado.

Esperaba la venida al pueblo de mis tíos sentado a la sombra. A esas horas de la sobremesa, el sol caía vertical y cualquier trozo de la acera junto a la casa siempre me dejaba el trasero caliente. Aburrido, esos días de verano de mi infancia me dejaron el recuerdo más vivo que guardo de la dilatación del tiempo. El reloj avanzaba despacio, casi derretido, con las agujas fundiéndose en algún punto entre las cuatro y las cinco de la tarde. Después de comer, uno no podía jugar dentro de casa y se veía desterrado a la calle con algún coche de juguete bajo el brazo, porque los mayores dormían la siesta en silencio y a oscuras, con los cuarterones echados en sus alcobas.

Alcoba, alacena, cernidero, escañeta, sobrao... vocablos que con el paso del tiempo se han convertido en palabras mágicas, en las notas disfrazadas de una secreta melodía que marca el ritmo de mis agostos. Pero sigue hablando, memoria...

La espera era silenciosa. Sólo perturbada por el esporádico ladrido de algún perro o el lejano eco de algún coche que pasaba zumbando por la carretera general. De vez en cuando alguna mosca se posaba sobre mi bracito moreno, y en medio de una filigrana se encaramaba a uno de mis pelillos rubios. Tras espantarla, todo volvía a la repetitiva normalidad de la hora de la siesta. Yo solía ir, pertrechado con una moneda de veinte duros que había tomado prestada del bolsillo de mi abuela, que descansaba tirado en mitad de la mesa camilla sobre la que mi abuelo roncaba apoyado (con una mano en el matamoscas y la otra en el mando de la televisión), a la tienda de alimentación de la plaza, a comprarme un helado de corte con galleta. La vainilla acababa escurriéndose por mis dedos y yo terminaba con más sed y calor de los que empecé.

También vigilaba la casa de enfrente, anhelando que en cualquier momento su madre le dejase a mi amigo salir a jugar conmigo, pero la mayoría de las ocasiones en que la puerta se abría y la cortina se descorría sólo aparecía la abuela de mi compañero de juegos, que bajaba tambaleante el escalón, sujetando un cubo lleno de agua que esparcía buscando refrescar el pavimento.

Por fin, cuando yo ya había perdido toda ilusión de que mis tíos llegaran, o de que la campana de la iglesia diera la hora de merendar (pan con mantequilla y azúcar), un levísimo ruido de guijarros aplastados sobre el firme indicaba que un coche se aproximaba. De repente, el coche de mis tíos doblaba lentamente la esquina y aparcaba junto al huerto, cerca de las cuadras. Mi tía dejaba su asiento sofocada y, dirigiéndose a mí, que la miraba con ojos nerviosos, me decía: “Anda, Carlines, corre, que tu tío te ha bajado la bicicleta en el maletero”.

Decididamente, la canícula favorece la memoria.

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