Opinión

Se vende casa en ruinas en un pueblo de Teruel

TRIBUNA

Emilio Arnao | Viernes 30 de noviembre de 2018

Abro cualquier página de Internet en donde se da la siguiente noticia: “Se vende casa en ruinas en un pueblo de la Sierra de Albarracín, tatatachín y tatatachín”. Sigo con la cuestión de la búsqueda de este pueblo y no hallo más que obstáculos para conocer exactamente a qué pueblo se refieren, pues los autores de esta página web o blog o como narices se quiera llamar indican que no se atreven a darle nombre a lo que dicen fue pueblo y cuyo interés es que siga siéndolo. La excusa que se pone es que no se da el nombre en cuestión del pueblo, aldea, caserío o cosa por miedo a represalias, al vandalismo, tatatachín, tatatachín. Vayamos despacio como van los futbolistas a los que ya se les está pillando in fraganti por dar positivo tras una prueba de dopaje.

Este mundo de España que fue bello desde que un poblado celta, cuyos antepasados se remontan a la Edad de Hierro, se asentó como sociedades tribales en el centro y norte de esta península en donde crecían los conejos como en un país de las maravillas. Aquellas tribus indoeuropeas vivían felices porque por las noches al hogar del fuego en los castros lucían la esvástica como símbolo de energía y vida, bajo la luz lechosa de la Luna que se hacía sagrada cuando pintaba los dólmenes, y era entonces cuando el dios Vosgos o la diosa Ardenas o el dios Dumias pronunciaban aquel verso tan conocido de César Vallejo: “éste ha de ser mi cuerpo solidario / por el que vela el alma individual; éste ha de ser / mi hombligo en que maté mis piojos natos, / ésta mi cosa cosa, mi cosa tremebunda /…convalezco yo mismo, sonriendo de mis labios”. En fin, aventuremos que los pueblos celtas en cuestión de religión fueron los precursores del druidismo. Los druidas eran sacerdotes que educaban a la juventud. Pero hay tantas teorías que mejor lo dejamos aquí, como si todo esto fuera una mierda pinchada en un palo.

Digo que los poblados celtas -algunos teóricos unifican los celtas con los íberos, resultando de ello el término Celtíbero, pero que cada uno revise, si así lo deseare, la historia de esta gran patria prehispánica- fueron los creadores de las primeras cooperativas gracias a las cuales hombres, mujeres, niños, animales trinchados y algún extraterrestre se repartían las ganancias completas en igualdad de condiciones. Una brazada de lana después de que las ovejas fueran domesticadas por una sensa de lino se mercadeaba como materia para la ropa. Sabemos que tanto lana como lino fueron alternándose con telas tejidas en telares, a cuadros y rayas, braccae para los varones y túnicas largas y péplum para las mujeres, y un saquito de pouch para ambos sexos, con tal de conciliar no sabemos si el amor, la amistad, el matrimonio, la atracción o sencillamente la paridad de los géneros. Los poblados celtas fueron los primeros -no estoy seguro del dato- anarquistas con accesos litúrgicos o, si se quiere, los primeros hippies, incluso, adelantándose a las groupies -novias sustitutas o madres- de la beatlemanía, principiaron en sus cuevas o The Cavern la celtomanía. Y es que el mundo celta era deportista, guerrero, incluso inaugurador del rito del toro embolado, al cual amarraban a un roble, árbol idolatrado en el sexto día de la Luna. De los cuernos de dos toros blancos extraían el muérdago, venerado como líquido sagrado por solucionar problemas de esterilidad y como antídoto para todos los venenos.

Los celtas, en sus chozas de madera, ramas y mimbres, también fueron los iniciantes que hicieron de la vida esto de lo que hoy se está hablando tanto y cuyo verbo, según el “Diccionario de uso del español” de María Moliner, es “compartir”, que significa lo siguiente: “(Del latín compartiri de partiri: v. partir). “Distribuir”: repartir una cosa con cuidado para hacer de ella todas las partes que es necesario hacer. (“con”): Tener, usar o consumir una cosa entre varios. Usar o tomar parte de una cosa de otro. “Participar”: tener cierto sentimiento o estado de ánimo por simpatía con una persona que no los tiene. Tener la misma opinión que otro…

María Moliner, esa mujer que rellenó miles o más miles de notas a mano, las cuales estaban esparcidas por suelo, mesas, estanterías, pegadas en el techo de la cocina de su casa encendida con chinchetas o saliva de sus labios, ante el cabreo silencioso de su marido Fernando Ramón Ferrando, no sólo fue mujer, sino humanidad entera. Así lo escribió Gabriel García Márquez en su célebre artículo “La mujer que escribió un diccionario”, 10 de febrero 1981, una semana después de enterarse estando en Bogotá del deceso de la inmaculada María: “…Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años. María Moliner -para decirlo del modo más corto- hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y -a mi juicio- más de dos veces mejor. María Moliner lo escribió en las horas que le dejaba libre su empleo de bibliotecaria, y el que ella consideraba su verdadero oficio: remendar calcetines…hay que saber cómo fue escrita la obra para entender cuánta verdad implica esa respuesta…” Y sigue Gabo: “En 1967 -presionada sobre todo por la Editorial Gredos, que la esperaba desde hacía cinco años- dio el diccionario por terminado. Pero siguió haciendo fichas, y en el momento de morir tenía varios metros de palabras nuevas que esperaba ver incluidas en las futuras ediciones”. Este colombiano con Premio Nobel pasó cien años de soledad en compañía de una rayuela, de un tal Pedro Páramo, de un señor con barba y puro al que algunos seguían llamando Fidel, pero siempre escribió, vivió y naufragó “compartiendo” o “participando” con su personal mundo mágico, con su amada mujer, con todos los coroneles a los que nunca mandó misivas, incluso, me permitiré esta licencia, con su propia muerte cuando lo muerto estaba vivo o tal vez reflejado en haces de luz sobre todos los hielos de todos los Macondos del mundo. De esta guisa acaba el artículo sobre el diccionario de la lexicógrafa maña: “…En 1972 fue la primera mujer cuya candidatura se presentó en la Academia de la Lengua, pero los muy señores académicos no se atrevieron a romper su venerable tradición machista. Sólo se atrevieron hace dos años, y aceptaron entonces la primera mujer, pero no fue María Moliner. Ella se alegró cuando lo supo, porque le aterrorizaba la idea de pronunciar el discurso de admisión. ‘¿Qué podía decir yo’, dijo entonces, ‘si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?’”.

Todo este tatatachín, tatatachín mío que de entrada nada parece tener relación con el título de este artículo que estoy escribiendo con un gran escozor en los testículos, pues uso calcetines Nike en vez de gayumbos, creo que sí tiene su ilación, la cual es la que viene a continuación. Estábamos en que me ha sorprendido la noticia “Se vende casa en ruinas en un pueblo de la Sierra de Albarracín, tatatachín y tatatachín”, cuyo nombre no aparece, según dicta el bloguero o el influencer o el nini o la gallina de los huevos de oro, por miedo al vandalismo, etc. Yo creo que el mensaje implícito quiere referirse con toda claridad al terror pánico del dios Pan de la especulación de estos tíos brojaneros o despachados o sinantes que hoy mismo acuden como moscas a un panal de rica miel -Samaniego- que por golosas mueren presas de patas en él. Estos corindones van siempre montados en canoa a estos últimos pueblos de la España rural con la esvástica de tetógrafos, esto es, educados a base de lecturas de todas las revistas pornográficas de la transición, de la postransición y de la ultratransición, o sea, la actual Recesión económica que vemos con estupor e impotencia todos los días ante cualquier canal de televisión. La Recesión o Receso -yo prefiero este término utilizado por María Moliner- significa “separación” o “desviación”, pero el sinónimo que a mí más me gusta es el de “vacación”. El Receso que hoy nos insuflan con la musiquilla de la publicidad y que suena con el mantra de siempre: “Te alabamos, Señor, Amén” ha sido escrito, cantado por gentes como José Saramago en su “Ensayo sobre la ceguera”, por Inazo Nitobe y Antonio Carillo Moya en su libro “Bushido. El espíritu de Japón. Un ensayo clásico sobre la ética del samurái”, por Johnny Cash en su cante jondo del pop español. Y filmado por cineastas como Jaime Rosales y su película La Soledad o en los largometrajes 5 metros cuadrados o La chispa de la vida, dirigido éste por el cada vez más educado y comprometido Álex de la Iglesia, donde el cómico intelectual José Mota bebe en tetabrik, pero manteniendo la dignidad a la hora de hacer frente a las vacaciones de los especuladores con un algo de samarái.

Pero a mí -collons ¡cómo me escuecen los testículos¡- si por cine hemos de hablar lo que todas las noches veo antes de acostarme a las 6 de la madrugada es el documental Mis ahorros, su botín, donde siento, gozo y logro una suerte de misticismo a la hora de conocer cuáles fueron las últimas estafas bancarias en España, este lujoso y publicitado estraperlo financiero y su terrible repercusión en la sociedad y en el pequeño ahorrador. Este contrabando contra la miseria y el hambre -el hambre, dijo Gandhi, es la peor crueldad que se puede acometer contra el ser humano- también lo dejó visceralmente con estética callada en imágenes Isabel Coixet en “Ayer no termina nunca”.

Por eso creo que se vende una casa en ruinas en la Sierra de Albarracín, porque la ruina es salvación y recibimiento para los botines o para los brojanores o esos que siempre se ocultan, como bien estrofó Samaniego en el siglo XVIII, dentro del pastel. Sin embargo, todos estos corruptos del milagro económico de un tal Rodrigo que hoy duerme en litera de presidio, así, si bien se examina, no saben o sí saben que los humanos corazones perecen en las prisiones del vicio que los domina.

Sin embargo, intentando atacar con optimismo o con este ruralismo de campiña y seta y trufa de mi agricultura genética, creo que es en la ruina y en el regreso a la naturaleza donde brilla el hermoso sol, astro de lo Absoluto al que los eslavos llaman el dios Khors, elevando palanganas de familias a las que les asoma la única posibilidad de esa fuerza que tiene todo regreso, el regreso en el tiempo, el regreso en lo metafísico, en definitiva, esa búsqueda de los orígenes del origen o esa primera célula en el agua que hoy ya son todas las células de todas las aguas del destino invencible.

Volver a las casas en ruinas es volver a empezar. No les quepa la menor duda, lectores que esto a lo mejor no leen, que este dharma o hierofanía tiene algo de anarquía de poblado celta. Estos nuevos celtas de nuestra España que pide la voz y la palabra para vender la ruina obedecen a la inteligencia creadora de muchos modos y ceremonias trashumantes, como son el buen uso de las tecnologías, la lectura de los poetas lakistas románticos, la puesta en marcha de una voluntad lograda con esfuerzo y esperanza en donde con sólo 6 niños la ley -tantas leyes- ya permite la reedificación de una escuela, que es el remake de las viejas escuelas de aquellos profesores de pueblo republicanos fusilados por los generales.

Jódeme que huele a cabra de legionario pues sé de seguro que aquellos generales africanistas o falangistas o mancos y tuertos de un ojo dejaron su semen en un trapo anticonstitucional en donde se quitan los mocos sus nietos, hijastros bastardos o amantes de todas las biznietas, que organizados y con estructuras paramilitares hoy siguen abducidos tras las apariciones en tele de este makoki que nombra Pablo Casado, a quien durante la gira le hacen el cameo estos chorchis de Vox, y todos juntos, con el dinero que sacan de las comisiones que les dan los monjes que habitan en el Valle de los Caídos han edificado esta nueva religión que ya se define como aznarista. Del mismo modo -ay la Historia que mal se lee en las universidades liberales-, también huelen a moñigo estos ciudadanos que empezaron siendo Ciutadans de Catalunya por hacer suyas aquellas palabras de ese gran hombre que aún sigue siendo Josep Tarradellas, quien volvió del exilio para negociar en la Moncloa con Adolfo Suárez, al que, no lo olvidemos, le llamaban el Chuletón de Ávila. Cosas más difíciles hemos visto superadas. Aprendamos de los políticos que han leído el libro “Humano, demasiado humano”.

Volver a las casas en ruinas de los pueblos abandonados es hacer el amor y no la guerra. Estamos obligados incluso a crear la nueva troposfera de un mundo en que el pájaro, las vaques o el roble tengan más poder para cambiar la dolce vita que intentó filmar Fellini ante una Fontana de Trevi para que no vuelvan a suceder los nuevos holocaustos que ya intuimos en esta segunda década del siglo XXI. Roberto Benigni acertó al filmar en 1997 la otra película, esto es, “La vida es bella”.

Las ciudades y la contaminación, el cambio climático, los casinos en donde siempre gana la Banca, la masificación de masas que siguen rebelándose como ya nos adelantó Ortega, el tráfico en donde los automóviles ya compiten con los patinetes por ver quién va más rápido, siempre más rápido, compite, hijo de la gran chingada, ¿tú a mí me vas a decir cuántos vasos de vino me puedo tomar?, en definitiva, la muerte como muerte real, hacen que sea urgente que en todos los pueblos despoblados se anuncie el título de este artículo que ya doy por terminado porque es que me escuece tanto mi único testículo -soy monórquido como Quevedo y Franco- que me veo obligado a darme friegas con piedra pómez para alcanzar por fin y finalmente este alivio espiritual y grandemente humano que necesito. “Se vende casa en ruinas en un pueblo de Teruel”.