Opinión

De la irrelevancia de los hechos en la política

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 30 de noviembre de 2018

Los hechos en sí no han significado nunca nada, ni para la Ciencia, ni para la Filosofía, y mucho menos para la política. Son un material demasiado crudo e inocente como para apuntar a algo. Lo que ocurre es que se seleccionan los hechos para confirmar una hipótesis o una teoría, siempre previas. Esto significa que los hechos no tienen nunca un significado natural, sino antropológico. Las evidencias no son visiones de ojos físicos, sino que lo son de “oculi mentis”, puras visiones intelectuales, que casi siempre responden a los intereses inconfesables del hombre. Los hechos no proveen ni de conocimiento, ni de verdad.

Si se aceptase el valiente punto de partida de Kant, la existencia de los hechos fuera de nosotros, en el sentido de su demostrabilidad, entonces los hechos se hallarían en una situación no más envidiable que Dios, la inmortalidad del alma y la libertad, que son los objetos de la metafísica para Kant. En realidad, el hombre en la naturaleza, como ya insinuase Spinoza, es como un Estado dentro del Estado. El hombre siempre ha pretendido subordinar la verdad a sus deseos. El hombre siempre trabaja para que se dé la genuflexión de la verdad ante sus intereses o locuras.

Por otro lado, la experiencia – ya lo decía Aristóteles – nunca es fuente de verdades eternas. Las verdades de la experiencia son tan limitadas y tan contingentes como la misma experiencia.

Pues bien, viene todo este preámbulo a cuento de un artículo que el gran Tertsch, siempre valiente, escribió el domingo pasado en el ABC: Aunque en España la violencia contra la mujer es la más pequeña de Europa, no interesa a la izquierda rampante dar este dato, sino exacerbar los hechos criminales hasta dar la impresión de inseguridad esencial de la mujer en el hábitat occidental. Pero lo cierto es que el asesinato de mujeres, maltrato y humillación de las mismas por parte de musulmanes daría como resultado cifras escalofriantes, pero éstas no se exhiben porque no interesan al pensamiento único y cobarde que asola Europa como una pulsión suicida. Y se prefiere que se vea el peligro en donde no lo hay, en el hombre blanco cristiano, sometido al mayor masoquismo moral que la historia registra. Desgraciadamente, los criminales que se casan o tienen relaciones amorosas fundamentan su dominio en la violencia, pero gracias a Dios esta violencia está al margen de la moral social y es perseguida con justo rigor por las leyes. Si en la época de los romanos uno podía matar a la mujer simplemente si la olía a vino, o si había tenido un desliz en su vida sentimental, como incluso a sus propios hijos – pues que entonces la familia era la res publica del pater familias -, hoy esa mundivisión primitiva ya no existe, es sólo historia; lo que significa que hay razones para tener un optimismo histórico. Otra interpretación que la izquierda suele hacer es comparar los hechos de la violencia doméstica con el terrorismo de ETA, de suerte que se llega a decir que la violencia contra la mujer es más peligrosa que la del terrorismo político por el número de muertos. Pero ésa es una interpretación de los hechos sofística, siniestra y diabólica. No se puede comparar el crimen y asesinato entre particulares con la violencia criminal contra el Estado y la Democracia. Ni siquiera estoy afirmando que una violencia sea peor que la otra, sólo digo que el terror político es de distinta naturaleza que el terror doméstico, aunque los criminales solventen su criminalidad del mismo modo. Las cosas distintas no pueden mezclarse so pena de aceptar la indecencia intelectual. En ese caso podríamos decir que los accidentes de carretera son aún peor que la violencia contra la mujer porque aún causan las víctimas, tanto directas, como colaterales. Es así que los hechos en sí nunca nos dicen nada.

Más aún, a menudo los hechos distorsionan la naturaleza misma de la verdad, del mismo modo que las verdades coyunturales distorsionan las verdades eternas, sub specie aeternitatis, que diría Spinoza. La verdad del ojo corporal se mantiene por la fuerza, mediante amenazas y, a veces, con encantamientos ( v. gr. la TV3 ). Los ojos ven sólo lo que se les manda ver. Platón nos decía en El Banquete que la vista del entendimiento ( “hê tês dianoías ópsis” ) empieza a ver agudamente cuando la de los ojos comienza a perder fuerza. Que el viejo es más cauto que el joven es una verdad de las de sub specie aeternitatis.

La experiencia no brinda verdades eternas, sólo brinda verdades empíricas, temporales y pasajeras, susceptibles de ser manipuladas políticamente. La fuente de sus verdades suele ser la programación doctrinaria del poder político. Y los hechos son siempre limitados y contingentes, como la misma experiencia.

El problema está ahora en resistir las interpretaciones del poder sobre la materialidad de los hechos crudos, nacidos sin significados previos, virginales. Pues hay que ser muy valiente para ser libre y para enfrentarse a las mentiras doctrinarias de las visiones totalitarias de la izquierda y del independentismo totalitario. El camino o método para conseguir ese valor lo trazó el divino Platón hace ya dos milenios y medio: ejercitarse en la muerte, meletê thanátoû. La meditación sobre nuestra propia muerte nos quita el miedo ante la impostura del poder de visión totalitaria; camino que también recorrió Spinoza.