Opinión

La corrupción según Chandler

TRIBUNA

Juan A. Hernández Les | Martes 04 de diciembre de 2018

En la primavera de 1958 Raymond Chandler se entrevistó con Lucky Luciano en el hotel Royal de Nápoles. El artículo escrito para el Sunday Times nunca se publicó por temor a represalias legales. Al principio choca la impresión de ser una especie de exaltación de un criminal cuya historia fue varias veces llevada al cine, pero a medida que cotejas su contenido y te trasladas con la mente al género negro vas descubriendo que la corrupción es bifronte, contradictoria y que dentro del capitalismo la corrupción es como una noria. Ya dice Ricardo Piglia que hacia el final de The Long Goodbye, quizás la mejor novela negra que se haya escrito jamás, todo parece haberse resuelto.

Luco nació en un barrio duro de Nueva York, y a los diecisiete años ya empezó a moverse en medio de las drogas. Después, durante la época de la prohibición, se hizo contrabandista de bebidas y propietario de garitos. Nos confiesa Chandler que en aquella época eran muy pocos los americanos que creyesen en la prohibición, y que la mayoría, entre los que se incluía a sí mismo, y a jueces, policías y funcionarios, compraba bebidas de contrabando abiertamente, que la prohibición fue uno de los peores errores cometidos por la fiscalía, enriqueció a las mafias y las hizo poderosas para siempre. Imaginémonos qué hubiera pasado si se hubieran prohibido apostar en las carreras de caballos, con la cantidad que dejan en ingresos fiscales.

En este artículo Chandler viene a decirnos que Luciano fue un inocente entrampado a propósito por un fiscal ambicioso. El crimen por el que fue convicto, prostitución compulsiva, no tenía nada que ver con sus verdaderas actividades. Primero fue juzgado por la prensa, lo que constituye una parte desafortunada de nuestro modo de vida, puesto que si a un hombre se le difama durante el tiempo suficiente y con la suficiente virulencia, llega al tribunal como culpable. Si pensáramos hoy en un país como el nuestro y en políticos de la derecha -y sólo de la derecha- que penan en la cárcel antes de ser juzgados por un Tribunal de Justicia, porque unos periódicos o unas televisiones no han parado ni paran de ponerlos a caldo, con la aviesa intención de modificar los resultados de las próximas elecciones, empezaríamos a dudar de nuestro sistema, igual que hizo el juez Jerome Frank al contarnos en Not Guilty la historia de una prostituta que pasaba información al gobierno a cambio de droga. En EE.UU. el destino de un hombre es como un juego de naipes, depende de una maroma de jurados incurablemente estúpidos.

En las novelas de Chandler, como ha hecho notar Leslie Fiedler, las mujeres destruyen el valor y la dignidad de los hombres. Ya Hemingway nos lo hizo notar en Hombres sin mujeres. Estar sin mujeres es la condición de la independencia masculina, sobre todo, Piglia dixit, porque las mujeres están asociadas al dinero. Con todo, la corrupción no está asociada a la prostitución. Ellas compran a los hombres y destruyen su valor y su integridad. Son las mujeres las que los prostituyen. Esa es la historia de El largo adiós, y lo que le pasa a Terry Lennox, casado con la hermana de Linda, ese hombre que vive del dinero de su mujer. La prostitución está invertida: si la mujer corrompe, la mujer que tiene dinero corrompe por partida doble. Chandler tenía por fuerza que interesarse por la corrupción en un caso como el de Lucky Luciano: en todas sus novelas las asesinas son mujeres. ¡Qué diferencia con Dashiell Hammett! La estela de Chandler fue recogida por Stieg Larsson, quien en Millenium describe a una siniestra hacker capaz de los peores crímenes que podamos imaginar.

Sostiene Chandler que una de las peores amenazas a cualquier justicia son los columnistas de diarios de gran tirada. Su función es crear sensación a cualquier precio, y no les importa nada la suerte de la gente a la que atacan y menos aún la verdad; de algún modo son aun peor que los delincuentes a los que atacan. No sé si Chandler, si hubiera vivido hoy en España, podría olvidar los nombres de los periodistas que juzgan a las personas en cadenas de TV. como la Cuatro o la Sexta o la 1, con un desparpajo innominable. Luciano fue juzgado por doce hombres sin piedad, muchos de ellos analfabetos, esa condición sin la cual sería imposible realizar televisión en España. Todos los testigos presentados contra Luciano estaban siendo juzgados por algún crimen y no por primera vez. Queda claro que Chandler conocía bien ese juicio porque recuerda anécdotas absolutamente risibles como cuando más de un testigo se desdijo a posteriori, después de que el fiscal hubiera dejado su cargo. Luciano cumplió diez años y después, mediante un procedimiento poco habitual, fue liberado y enviado a Sin Sing para su deportación.