José María Herrera | Sábado 26 de julio de 2008
La afición a lo primitivo –todas esas costumbres de las que nos damos cuenta en verano, desde el desnudismo a las marcas corporales pasando por el tan-tan y las danzas frenéticas-, posee ya en Europa una larga historia. Desde que afloró la sospecha de que nuestra cultura, esclavizada por la lógica, se había alejado peligrosamente de la vida, no hemos cesado de cultivarla. Que esta sospecha, mito fundacional del nihilismo, se ajuste a la verdad, es cosa dudosa; sin embargo, reflejó en su día un hecho cierto, y es que esa cultura, vinculada originariamente a la nobleza y luego a una burguesía que se atragantó con ella, constituía un peso muerto para las masas que las sustituyeron en el liderazgo de la Historia.
La defensa de lo natural, de lo espontáneo y lo primitivo, frente al refinamiento y la artificiosidad de la cultura nobiliaria, se remonta a Rousseau, que fue el primero en proclamar que la peluca y el corsé eran malos para la vida. Aunque la influencia de sus ideas fue grande, las verdaderas hostilidades se desataron sin embargo un siglo después. Los revolucionarios burgueses que acabaron con el antiguo régimen no rechazaron las ideas aristocráticas de belleza y perfección, sino que buscaron la forma de desarrollarlas en un sentido nuevo. Se trataba de una operación condenada al fracaso, pues el espíritu de las masas, como demostrarían las vanguardias, había sido ya conjurado. Había que ir más allá del arte, romper con la tradición, disolverla definitivamente para crear un orden nuevo. Y así se hizo. Los problemas terminológicos que aún tenemos al hablar de estas cosas son sólo consecuencia de la degradante rutina del lenguaje. Aunque parezca raro, cuando el locutor compara el gol de Torres con una obra de arte, su corazón está mucho más próximo a Rauschenberg que a Botticelli, bien que él no sepa quiénes son ninguno de ambos.
Lo aristocrático reposaba en una relación con el tiempo que no estaba supeditada a la vida singular. Sus valores -el linaje, el sentido del honor, la virtud-, apuntaban más allá de la propia existencia. También el arte, concebido como actividad que busca poner fuera del tiempo la esencia de las cosas. Para el hombre actual, en cambio, no hay más tiempo que el que transcurre entre el nacimiento y la muerte. Sus productos artísticos, si tiene sentido seguir llamando así a lo que ahora se hace, no intentan poner nada a salvo, más bien al contrario, subrayan con todos los acentos posibles el carácter transitorio de cualquier realidad.
No es extraño que la experiencia que se corresponde con este tipo de obras y, en general ya con toda clase de obras, haya sido caracterizada como “percepción distraída”. El espectador no contempla, consume. Consumir es una operación caracterizada por no dejar huella. Para los creadores actuales, una profesión que está más cerca de la crítica que del arte, se trata de un grave problema. El círculo parece haberse cerrado y la labor artística reducido al absurdo. Un ejemplo de la perplejidad que esta situación produce la tenemos en la performance titulada Work No 850, recién presentada en la Tate Britain de Londres. Su autor, Martín Creed, ha convertido la galería en una pista de carreras en la que varios corredores se relevan cada treinta segundos mientras el público se desplaza entre las obras expuestas. La inspiración de su propuesta (propuesta es el nombre con el que ahora se designa un producto que no llega a ser obra) le vino, según ha confesado él mismo, tras visitar a toda prisa (para ser exactos, en cinco minutos, los que faltaban para el cierre) la Cripta de los Capuchinos de Palermo. ¿Arte?, ¿burla?, ¿tomadura de pelo? Juzguen ustedes.
La globalización, es decir, la imposición urbi et orbi del sistema capitalista de mercado y de la tecnociencia que lo sostiene (también de la democracia, pero esto quizá no sea forzoso) parece imponer como condición la disolución del mundo de significados que conforma a las diversas culturas. El becerro de oro es incompatible con los dioses y sus jerarquías. El ideal hoy es, por eso, la multiculturalidad, una especie de neutralidad estimativa que, con el pretexto de la integración, no tiene más remedio que poner en el mismo plano la choza del salvaje y la villa palladiana, la danza tribal y la fuga barroca. No hay rangos ni gradaciones. Tampoco nada que construir, nada destinado a perdurar, nada que demande perfección. La preeminencia del precio sobre la esencia, del mercado sobre el templo, de lo profano sobre lo sagrado, reclama esto y más. Se trata únicamente de consumo, usar y tirar. El proceso se ha cumplido. A pesar de la ingente cantidad de medios puestos en movimiento, estamos al fin en el mismo punto en que se encontraba el hombre primitivo; la única diferencia es... nuestra basura.