Opinión

El mal no existe

TRIBUNA

Emilio Arnao | Viernes 07 de diciembre de 2018

He estado pensando en estos días -mejor diré que en estas noches en que, con el pitillo entre los labios, escuchaba todo sonido como recuerdo y presente y ese frío que no sentía- en este tiempo aterrador que no cesa con sus dramas, sus accidentes, sus rebanadas que a algunos nos semeja apocalíptico. Todos estamos presenciando este miedo que nos paraliza ante uno de los momentos para mí y para -no me equivoco- muchísima gente más, gente dentro de otra gente más grande, más graves de esta contemporaneidad. Esto sucede aquí y en Macedonia, pero también en Honduras y sobre todo en tierras de África como en el Congo o en Ghana, las cuales vuelven a estar colonizadas esta vez por la raza blanca.

Exactamente, estamos viviendo en una época que eriza nuestra ilusión por hallar esta calmada alegría tan necesaria. Pero es que, como siempre, ha regresado la raza blanca a volver a esculpir la Estatua de la Libertad. La libertad es la ofrenda del holocausto. Y a la búsqueda del gen puro de la raza es de nuevo, cometiendo el crimen con impunidad, cómo ante esa idea del progreso sin límites vamos extrayendo los minerales apuntalados en las tierras de la raza negra con tal de conquistar con ira y arrastrados por el día de la marmota el mundo. El Occidente desarrollado y el Oriente más desarrollado ya vuelan en helicópteros para, en peligroso juego, robar como predadores las riquezas naturales de África o de esas tierras del hambre sin importarles en absoluto los actuales genocidios.

Ahora el genocidio obedece a esta fuerza del economicismo neoliberal que lo que pretende es cerrar todas las civilizaciones. La economía como arma de guerra ha inventado esta religión ultramoderna cuyo dios está apuntalado justo en medio del Cielo global con cuerpo y alma y que se puede ver desde cualquier parte del planeta gracias al fulgor de los inmensos neones o a la radioactividad que se desprende por culpa de este ética del terror creada por este nuevo profeta que es el hombre de Davos. En efecto -me trasquila la piel en la noche al reflexionarlo-, este siglo XXI es la recreación de otra esvástica cuya leyenda en el actual presente puede ocasionar, si no lo evitamos, el insoportable hedor del Altísimo Excremento cuyo dogma sale por los acueductos gaseosos del ano en forma de lo que yo me atrevería a definir como este Nuevo Fuego que Crea otro virtual monoteísmo. Esta religión de la economía cotiza en el Nasdaq como theos diabolus. Queda claro que nos están haciendo habitar y consumir en esta nueva era que, abandonado el homo sapiens ha aparecido lo que yo nombraría como homo digitalis. Vivimos dentro del póquer del mentiroso. Regresa la esclavitud reseteada gracias a la transmutación de esta modernidad que cada día es portada en la revista Forbes. Leemos sus titulares con letras del tesoro gordas y nos damos cuenta que anuncian los 16 grandes relatos tuiteados por los accionistas de esta cultura del Poder cuyo asentamiento se ha producido en Silicon Valley.

Permítanme que crea que, a diferencia de lo que con ganas de enseñarnos y noticiarnos a golpes de martillos vemos y sentimos y olemos y escuchamos en este mensaje global que es el mundo de la comunicación y el mundo de nosotros mismos comprendido como bien deseemos se cierne en mí la esencia de que no estamos ante la derrota definitiva del hombre como tal.

Por eso, después de rumiar como una vaca en la dehesa del Universo, podría ser posible que la genética de todo ser humano no coincida con esa idea filosófica, cognitiva, emocional y ética que algunos se empeñan en acreditar la ya oficial dispersión a través de los distintos ríos genéticos de todos los mundos. Es ahí donde barrunto yo que sucede esta disyuntiva de estar constantemente entre el bien y el mal Para ello debo procurar definir mi sensitividad sobre tales conceptos.

Empezaré con las dos preguntas. ¿Qué es el bien? ¿Qué es el mal? Presiento que el bien como experiencia nace ante la amenaza del mal, de todos los males que hoy, en este cuaderno diario de la vida, nos acechan como siniestras cornejas que en los poemas antiguos eran augurios de desgracias, fatalismos consumados, vulcanización de una época. Por ello, después de haber roto todos los libros en donde la cotidianidad burdamente se nos ha impuesto desde todas las metafísicas, los procesos históricos, las leyendas antropológicas o las malvadas sociologías, incluso, lo que es más grave, a partir del imaginario estético y cultural, y para colmo a partir del sesgo amenazante de las religiones, niego desde una suerte de behaviorismo personal que el mal exista o esté entre nosotros como una realidad visible, palpable y concreta. El mal es un concepto que nunca podrá aparecer en cualquier edición de cualquier gramática del lenguaje universal

El mal sólo es una manía que tenemos los seres humanos cuando nos empeñamos en impulsar la polémica o las ideaciones convulsas. Esta costumbre o modo de inculcar en nuestra fisicidad que el bien es superado por el mal sólo se entiende cuando existe tensión en los apasionamientos, cuando el pensar es pensar terrible, cuando de la blancura de la catástrofe apostamos por la oscuridad del suceso. Pero yo ya llevo un tiempo acumulando la idea de que el mal carece de validez cuando fundamentamos que esos átomos y microorganismos que recorren nuestros cuerpos son distintos y maleables, manipulables o evolucionados hacia redes inabarcables de genealogías que van abriendo trillones de generaciones.

No. No creo que eso sea así. Desde los orígenes el primer gen que preñó la primera célula despertó con la misma e imponente belleza con la intención de unificar, como en un acto de magia, la misma raza en que siempre hemos existido. El mal es una sola raza porque el ser humano raza única es. Y, como mi pensar me traslada a mi existir, creo que he llegado a estucar mi propia conclusión, que es la que sigue: “Todos somos el mismo gen”. Y digo esto pese a lo que digan esos cerriles científicos que de tanto investigar lo pequeño en esos laboratorios amueblados por la numerología o los algoritmos buscan los terremotos del mundo con lupas como si sólo con la observación crean que son dueños de la fe y la razón y la verdad como todo final de la peor película de terror.

La ciencia nunca podrá explicar por qué el mal no existe. De la misma manera, la historia y el estudio del mundo a partir del conocimiento jamás podrán incubar la esencia del misterio o de lo que está tanto dentro de nosotros como en la estratosfera de lo nuestro. Más allá del bien y del mal, siempre queda pendiente el destrenzado de esta contradicción. Todo bien es lo mismo que todo mal. ¿Por qué? Porque la maldad no se ve, es invisible. Y es que estamos empeñados en pensar que cuando el bien se aleja al momento, en ese microscópico segundero que es el tiempo, entra en el escenario el mal, como si fuera un personaje con máscara que representan el rito y el mito de lo opuesto. El bien siempre es esencia y acto, acción y movimiento, naturaleza y protagonista de la Gran Belleza del existir. El mal es inmanente. No se mueve. Por tanto, llega a desaparecer.

Y es que, como somos tan excesivamente y acosadamente humanos, enseguida nos ponemos en guardia cuando en nuestro día a día, tras el sonido de la séptima trompeta, advertimos ante la más mínima cosquilla el advenimiento del fracaso. El fracaso como cotidianidad se acumula, y con ello se nos hace imposible salvarnos de lo que realmente somos.

¿Qué somos, pues? Lo veo entre tinieblas, pero con claridad. El ser humano es ese castillo inexpugnable que se forja haciendo uso de todas las interpretaciones ante cualquier colisión consigo mismo consiguiendo con ello esta hipocondría original con la que asumimos el recorrido de toda vida a través de todos los espacios y los tiempos enteros. He ahí donde radica la enfermedad.

Nacemos en el bien y sólo la negación de ese bien es la que crea la confusión, el prejuicio, la fractura de este Ser en el Mundo que va evolucionando hacia el vertedero en donde no queremos ocultar la resurrección de Frankenstein. ¿Por qué sacamos siempre el mal del vertedero? Tal vez por miedo a perder el permiso que nos conduce hacia la riqueza o la avaricia, estas revoluciones interiores nuestras en donde el tener, el poseer, el acumular, el destruir, el diseñar cualquier tipo de guerra con tal de no consumirnos en la nada. Pero ¿alguien ha sospechado alguna vez que la nada, el ser con su nada, es el más profundo valor del bien?

Deseamos absurdamente el mal porque suponemos que nuestra descendencia depende sólo de la mujer. Pero tanto hombre como mujer no sospechan que en el pozo de la conciencia se nos ha caído, como una alegoría, que todo embarazo proyecta el miedo a lo desconocido, pues el gen universal que carece de todo mal aparece en sueños no como el futuro, siempre en entredicho, sino como un feto que es ya el aquelarre, el descenso a los infiernos, la pérdida de control o la enfermedad de toda humanidad.

Ahora que parece que está llegando por fin el Apocalipsis. Ahora que por creer que el hombre es capaz de imponer constantemente todos los peligros. Ahora que la Naturaleza se nos cae encima de la cabeza como si fuera una navaja del Universo creo que debemos saber que hay más de idealización del mal por culpa de la acción del hombre que de propagar lo que yo imagino que es la deidad de la bondad, la concordia, el amor por el amor como existencia en la que nos hemos de proponer existir concertando lo individual con ese inmenso poder que es la humanidad de hoy.

Para ello lo acosadamente humano debe responsabilizarse de esa transformación que origine la inteligencia creadora capaz de hacernos comprender que todos los caminos son los mismos caminos y que siempre están ahí. Presiento que de esta manera se funden lo femenino y lo masculino, pues no se entiende otra discusión posible que no sea la que explique que el origen del primer gen fue el primer acto de solidaridad y compartimiento, ya que al producirse en el mismo agua de algún modo en ese preciso momento pronosticó la única luz que nos une a todos.

Somos Tierra y fuimos la misma Tierra que seremos. El mal es lo que hay más allá del punto y final. Sin embargo, el bien, el bien soberano, el bien como conquista más allá del horizonte es el principio de la historia, el principio de esta Historia Universal que es siempre la Vida. El ser humano desde el origen del mundo drena el comienzo del eterno retorno. Y, en ese origen de lo eterno, el mal es espantado hacia la eternidad de lo invisible. Levanto la antorcha y digo pues: “El mal no existe, porque carece de velocidad para regresar”. Esa lentitud convoca la catarsis para que el mal imaginado se disuelva en la Nada. Aconsejo, entonces, que salgamos todos a las calles para sentarnos en el poyo de cualquier puerta con el pitillo apagado entre los labios. De este modo, mientras el mundo va haciendo su recorrido a su libre albedrío, nosotros podríamos permanecer felices con la mirada fijada en la distancia. La Distancia es la Cercanía del Hombre en su Origen. El mal no existe. Por eso titulo así este artículo. Aunque el artículo pueda suspenderse con un “Mal” en la asignatura de la vida.