Opinión

En honor de la Transición

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 08 de diciembre de 2018

Por causas que se remontan muy río arriba de nuestra Historia e imbricadas estrechamente con los rasgos más destacados de la identidad nacional, el pueblo español es de naturaleza hipercrítica en la conciencia y visión de su carácter y aportación al maro civilizador del que forma parte muy sustancial. Con excepciones de trazo grueso, el triunfalismo no ha estado presente en los capítulos descollantes de su pasado, debido a una actitud que más de reluctancia, semeja responder a una verdadera alergia. Según es sabido, en los últimos meses, el mayor éxito editorial lo ha conseguido sorprendente y felizmente una obra consagrada al estudio detenido de los factores que incidieron en la construcción del más formidable alegato contra la acción de los españoles en los llamados Siglos de oro, fastigio de su presencia y poder en el mundo.

Naturalmente, ello es tan solo el comienzo de un camino que ojalá se recorra con tenacidad en el inmediato porvenir. Empero y pese a tan excelente señal, no ha de albergarse demasiado optimismo frente a tan esperanzador fenómenos. Hechos hodierno de la mayor magnitud resaltan los grandes obstáculos para que tan venturoso panorama se alcance. Justamente al cumplirse los 40 años de la Constitución de 1978 los ataques e, incluso, los dicterios contra dicha Carta Magna, iniciados algún tiempo atrás, se multiplican a ojos vista en ancha e importante parte de los medios de comunicación y hasta en el mismo Parlamento. La circunstancia, sin embargo, no es novedosa. Ha un cuarto de siglo, al hilo del quinto centenario del descubrimiento del Nuevo Mundo también llegó a hipostasiarse la crítica de tan decisiva efemérides por la implacable censura que ciertos círculos intelectuales y políticos hicieron del vasto proceso colonizador al considerarlo, globalmente, como un genocidio. Conforme a tal versión, sólo en extremos muy específicos y contados la superioridad civilizadora de los conquistadores sobre las poblaciones aborígenes se reveló inconcusa… Casi una centuria después de que los autores más afamados de la literatura e historiografía del indigenismo divulgasen sus tesis en los países suramericanos, sectores culturales de la antigua metrópoli se hacían amplio eco y hasta, en ciertas ocasiones, llegaban a peraltarlas.

Por la misma senda de negativismo a ultranza, poco tiempo más tarde del ejemplo indicado, con motivo del bicentenario de la Guerra de la Independencia volvió a repetirse la situación glosada. Muchos factores parecían, en un principio, concurrir a una conmemoración si no exaltada y menos aún enardecida, sí digna y con más de un punto hasta orgullosa…

El marco histórico en el que tuvo lugar la celebración del I Centenario de la Guerra de la Independencia se reveló contextualizado por el declive de la moral nacional, la “España sin pulso” de la que hablara un político especialmente culto y sagaz: Francisco Silvela (1845-1904). El Regeneracionismo del que él fuese justamente uno de sus primeros impulsores se encontraba ya en marcha, pero aún no se había llegado al clima creado por la Generación de 1913 con su corriente de optimismo y fe en los destinos nacionales.

De ahí que la conmemoración de la cruzada antinapoleónica tuviera como su principal objetivo tácito elevar la moral del país tras el Desastre que pusiera dramático fin a un ciclo imperial todavía hoy sin paralelo en los anales de la Historia, al menos en términos cronológicos. Con el esfuerzo y planteamiento inteligente de personalidades de todas las fuerzas parlamentarias y sectores intelectuales – hay que peraltar la actuación de las élites aragonesas y de una figura de excepción hoy por entero, hèlas, olvidada: el britanizado gaditano D. Segismundo Moret y Prandergast (1838 -1913)- uno de los objetivos primordiales del Centenario se alcanzó con toda plenitud, como un siglo después, en la actualidad casi más estricta, se reconociera por la historiografía más prestigiosa. El valor, la dignidad y la sangre españolas humillaron las ambiciones cosmocráticas de un Napoleón que tuvo la grandeza, en su último y definitivo destierro, de alabar el levantamiento de los españoles contra su despotismo y alevosa invasión.

Sin embargo, conforme se recordara, al conmemorarse el Bicentenario de la “guerra contra el francés” gobernantes destacados en aquel entonces en compañía de intelectuales de renombre proclamaron a los cuatro vientos, al ser preguntados sobre cuál bando irían sus simpatías de haber sido coetáneos del Dos de Mayo, que sin duda alguna hacia el napoleónico o, en todo caso, se hubiesen inclinado por el exiguo de los afrancesados… En su sepulcro, una de las personalidades más atrayentes y grandiosas de nuestra historia, D. Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811), se habría estremecido de poder oír tan desenfada y paladina confesión.

En la Europa de Beetovehen y, un siglo posterior, en la ensangrentada por Lenin, Stalin, Hitler y otros gobernantes sin escrúpulos, violadores de fronteras y pueblos, la Guerra de la Independencia española fue altamente enaltecida como ejemplo estimulante para todos los pueblos invadidos con alevosía y desprecio de las más elementales normas de convivencia internacional.

…Y esta falta o carencia de sensibilidad para valorar adecuadamente y sin excesos de negativismos o “españolismos” los capítulos más refulgentes de nuestro muy extenso y rico pasado incluso se peralta hodierno a la hora de justipreciar el grande, inmenso legado positivo aportado a la convivencia nacional por la Transición.

Fue, en verdad, este episodio un parteaguas, el manantial que alumbró la ancha corriente que alimenta y fecunda las actividades de la sociedad española en pro del consolidamiento de la Democracia y de un auténtico Estado de Derecho. Como en los tiempos en que bávaros, tiroleses, rusos alababan y se ponían como ejemplo y meta para la liberación de sus territorios del dominio napoleónico la lucha “contra el francés” de los patriotas españoles, gran número de países de varios continentes colocaron al frente de sus ambiciones nacionales imitar o, en todo caso, adaptar con éxito la Transición que llevó a España, sin ninguna alteración de la paz pública, de la dictadura franquista a un plenificante régimen de libertades. Y nadie, dentro o fuera de sus fronteras, vaciló un instante en el momento de atribuir en tal hazaña cívica el protagonismo primordial del pueblo, que, como en otras horas grávidas de la Historia, adquiriría ahora la más genuina y verdadera acepción de un vocablo a menudo deturpado o empleado con desmesurada frivolidad. Las españolas y españoles que desplegaron por entonces sus más envidiables condiciones asumieron con entera responsabilidad el difícil reto del destino para unirse, sin diferencias de entidad, en el común propósito de abrir una nueva etapa histórica para su generación y las de sus hijos y nietos.

Alcanzado el objetivo, comenzaron a aflorar discrepancias y antagonismos de mil suerte. Reaparecieron los términos y las posiciones de vencidos y vencedores y los frutos entrojados en la gran cosecha del hoy llamado por sus enemigos “Régimen del 78” se zocatearon, con pérdida considerable para una convivencia de progreso y modernización sin pausa ni descanso de los distintos agentes sociales.

En la actualidad, tan enriquecedora herencia semeja estar a punto de malbaratarse. Ojalá no ocurra así y todo quede en la frustración y el corto vuelo de los pájaros negros del sectarismo y la radicalización. Obviamente, el paso del tiempo ha dejado ver más de un lunar en la imagen esplendente de la Transición. Obra de mujeres y hombres, no pudo evitarse en su ardua construcción yerros y manquedades que, pese al volumen que quiera dárseles, no yermarán nunca un territorio en el que florecieron algunas de las cualidades más atrayentes y límpidas de una comunidad ancestral como la hispana. Dejando, como debe ser, en manos de los profesionales de Clío el relato histórico más cercano a la verdad (-habrán, desde luego, de encetarse muchos más trabajos de los llevados ya a buen puerto-), los españoles del presente, del año ya declinante de 2018, pueden seguir apostando por los valores de la Transición y asegurar por varias generaciones más lo esencial de su legado.