TRIBUNA
Gabriel Albendea | Martes 11 de diciembre de 2018
Para hablar de lo políticamente correcto lo primero que habría que hacer es definirlo, pues es claro que no hay acuerdo sobre lo que significa. Por poner un ejemplo, el debate mantenido recientemente en el ABC Cultural (1-12-2018). Creo que carece de interés, y no es el modo corriente de hacerlo, entender la corrección política como "Lo que se espera de un ciudadano ilustrado al emitir un juicio, porque conoce las justas causas que están en juego" (Javier Gomá), o como "El autoritarismo o intolerancia hacia lo distinto" (Borja Villel). Tampoco si se habla de que "La cuestión fundamental no es que alguien con poder e influencia decida lo que es políticamente correcto, sino que las sociedades democráticas sean capaces de educar a ciudadanos libres con capacidad de un pensamiento crítico" (Ana Santos Aramburo). Sí, aquella es la cuestión fundamental, porque la corrección política es lo que impide esto último.
De la discusión mantenida en dicho diario, los que dan en el clavo son: Mario Vargas Llosa, Luis Ventoso, Stanley Payne, Félix Ovejero e Inés Fernández Ordóñez. Con razón dice Mario que "Lo políticamente correcto es opinar no como realmente piensas sino arrastrado por la frivolidad, la cobardía o el oportunismo" y que "En cierta forma es una nueva inquisición". Ventoso apunta que nació con buena intención, pero que "Al final se ha engendrado un monstruo". Para Stanley Payne "La corrección política es una doctrina radical que se expresa en cuestiones políticas, sociales, culturales y sexsuales y en el lenguaje del discurso público". Félix Ovejero opina con acierto que "Las palabras no tienen poderes taumatúrgicos" y que "La izquierda está entregada a la mampostería palabrera". Inés Fernández añade algo agudo: "No hay que descartar que este tipo de cambios del lenguaje responda a una estrategia política para cumplir con una finalidad social sin abordar sus raíces, una compensación lingüística porque el asunto suele ser irresoluble.
Esta última idea nos indica que la corrección política no es un capricho inocente, sino el método por el cual las minorías que no pueden acceder al poder por los votos intentan hacerlo por medio de un lenguaje que pretenden imponer a la mayoría como si fuese la verdad, siendo generalmente mentira, aunque aprovechando algunos datos de la realidad que pueden ser ciertos. Roland Barthes definió el mito como "El desperdicio de la actualidad histórica de las cosas", cuya función es "Evacuar lo real". Pues la corrección política pretende mitificar las palabras, "Suprimir la historia bajo la intemporalidad de los nombres, como si estos hicieran las cosas y no al revés" (como digo en La revolución democrática de España). Al suprimir la historia de la que surgieron las palabras, por medio de la corrección política estas se convierten en abstracciones falsas. Así, por ejemplo, todo lo que no comulga con un pensamiento pretendidamente de izquierdas es "Fascista". Se ignora qué fue el Fascismo, el contexto en el que surgió. La corrección política distingue entre el lenguaje admisible y el no admisible, el bueno y el malo. Lo que surgió racionalmente como reacción lógica de minorías maltratadas se ha convertido en la defensa fanática de un lenguaje mostrenco que no resuelve los problemas de aquellas. No se puede decir "discapacitado", ni "ciego", etc.. Pronto se prohibirá hablar de hombre y mujer, porque es un lenguaje binario que no respeta los múltiples modos que puede adoptar el género.
Gabriel Albendea
Su última novela es "El misterio del Señor X"(2018).