Opinión

Muy pocos días, y ya confundieron al mundo

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Viernes 14 de diciembre de 2018

Hace falta la pluma de Kapuscinsky o la oportunidad excepcional de John Reed para escribir sobre la conmoción de los días o los cambios del régimen o la fácil exhibición de la distancia entre el pueblo pobre y el gobierno rico, sobre todo cuando escuchamos por los ventanales del tiempo viejo, el eco de los consejos de darle pastel a quienes pan no conocen, pero esta residencia de Los Pinos, construida –en su parte esencial, entre jardines, ahuehuetes y la fronda del (pronunciemos diría Novo el sobadísimo adjetivo), milenario bosque de Chapultepec, por el prócer del populismo mexicano, Lázaro Cárdenas--, no es el mejor ejemplo del dispendio, ni tampoco la residencia del Zar en San Petersburgo, el invernal palacio del cañonazo del “Aurora”; ni mucho menos el castillo de los Cárpatos donde Caeusescu practicaba vampíricas bacanales con la reina de la gimnasia bailando en los alambres de la lujuria colectiva; no se trata del Palacio del Shá en Teherán, ni había globos terráqueos de oro con piedras preciosas incrustadas, ni esmeraldas del tamaño de un teléfono, ni mucho menos el suntuoso fuerte en Babilonia en cuyos baños de oro Saddam se lavaba las manos tintas en sangre.

No; la residencia de Los Pinos, actual cascarón del morbo, espectáculo de un privilegio apenas insinuado en los lujos, --porque nadie ha visto opulencias faraónicas, sino limpieza y orden debidos al extinto Estado Mayor Presidencial, el cual (con otro nombre), se encarga de controlar el paso de la morbosa concurrencia resentida y estimulada para el rencor, en filas y filas de curiosos sin beneficio--, lleva ya nueve días abierta a los ojos del fisgoneo estéril de cuartos vacíos, escalinatas sin pasos, fantasmas sin presencia, frente a la exaltación del presente austero y republicano, justiciero e igualador, cuya herramienta de condena son los ojos de los miles de visitantes cuyos pasos se asombran por un jardín, una estatua o una carpa dorada y gorda en el estanque de piedras de una hondonada habitualmente silenciosa, donde es fácil hasta robarse una tímida nochebuena.

Aquí esta el despacho donde ya nada se despacha. Aquí hubo una cancha de tenis, aquí Fox hizo las cabañas para Marta, allá López Portillo hizo una capilla para su madrecita, donde San Juan Pablo II ofició misa de privilegio eucarístico; más al fondo hubo un frontón; por aquí en tiempos de Ávila Camacho hallaron sembrada y cultivada mariguana de la buena, motita para las reumas de quien sabe quién, ¿se acuerda?.

Si no podemos cambiar el pasado, al menos repudiemos su orgullo y exaltemos el repudio; clausuremos entonces sus edificios, sus asientos, sus aposentos o su comedor para 20 personas, como si tantos de esos no hubiera por todas partes, excepto ante los ojos de quien come en silla de palo y tabla de ocote.

Por eso en el mundo se derriban estatuas y se le cambian de nombre a los pueblos y se muere Leningrado y nadie conoce ya dónde quedaba Stalingrado y Tenochtitlán agoniza para mirar el parto de la ciudad de México, la cual ha pasado de ser el palaciego asiento de los palacios de Latrobe, a la ciudad de los clips cruzados de Claudia Sheinbaum, la jefa mimetizada de la Ciudad de México.

Pero esta condena al pasado de opulencia, así haya sido una riqueza prestada, pues ni la casa, ni el bosque ni los jardines se pueden adquirir o llevar cuando el encargo acaba, tienen relación directa con la fobia crematística, con el anhelo de humildad, de severidad en el ingreso y el gasto, razón por la cual una de las primeras labores legislativas de la Cuarta Transformación, la Ley de Remuneraciones, para empujar a todos a la baja, es una bandera permanente del nuevo gobierno, el cual no hace aún lo suficiente para ser llamado nuevo régimen.

Pero no todos están de acuerdo.