Opinión

Otra vez Europa

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Viernes 14 de diciembre de 2018

No dejan de repetirnos que la diversidad nos enriquece, que la abigarrada pluralidad de identidades del orden multicultural en que vivimos es un bien que debiéramos agradecer. Y de hecho a muchos esa diversidad les hace ricos, de hecho muchos conciben esa diversidad como un objeto de comercio o una mercancía, a lo que suelen llamar un bien.

Así concebida la diversidad cultural parece inocua: fuerza laboral o fuente de nuevos consumibles que servirían para entretener nuestros tediosos días salpicándolos de novedades gastronómicas, lingüísticas, sexuales o – en general – culturales. Cenamos en un japonés, rezamos en posición de medio loto, saludamos al estilo vietnamita o vestimos un multicolor caftán africano, sin salir del radio estrecho de nuestro arrabal. Aunque la diversidad cultural se presenta, en primer lugar, como fuente inacabable de fuerza de trabajo, una mercancía problemática, sin duda, pero una importante fuente de riqueza al cabo que, sin embargo, no enriquece a todos por igual.

Esa comprensión de la diversidad cultural – tomada por el mito de la cultura – da simplemente la medida de nuestra desfalleciente realidad. Sucesores desheredados de un proceso secularizador que se llevó nuestra realidad por el albañal de la historia, moldeados por un orden democrático que hizo de la tolerancia despótica único principio de nuestra coexistencia, carecemos de densidad y de substancia. Por eso resulta tan paradójico que se pretenda alistarnos bajo la bandera de la identidad. Los identitarios se presentan hoy como los indígenas de Europa, frente a una inmigración masiva que conciben como un movimiento de colonización reactiva. Efecto de retorno del colonialismo (inglés, francés o alemán… y no propiamente europeo) que vierte sobre las metrópolis grandes contingentes de población procedente de los pueblos descolonizados. Pero esa identidad, que se esgrime en la lucha contra la presunta retro-colonización que representan los inmigrantes, sólo puede sostenerse en el peligroso firme del nacionalismo moderno. Único fundamento de la identidad defensiva que se pretende, cuando parece evidente que Europa no es una nación y no cumple bien el servicio de escudo identitario que se le pide.

Europa carece, en efecto, de todo contenido capaz de desbordar la estructura jurídico-política imprescindible para sostener el funcionamiento del mercado europeo y global. Esta Europa culmina un proceso de vaciado de la vida común de cualquier valor determinante o sustancial, al objeto de neutralizar el enfrentamiento que toda afirmación sustantiva arrastra. Es la Europa que se abre paso desde las paces de Westfalia allá por la mitad del siglo XVII. La Europa de nuestros días – como antes los Estados modernos que la integran – se abstiene de toda definición religiosa o moral, metafísica o metahistórica, limitándose a sostener los instrumentos que permitan el funcionamiento de una democracia, garante de un mercado libre. Instrumentos cuyo horizonte último está definido por la Declaración Universal de Derechos Humanos. La vida común deviene así meramente pública, la comunidad pierde su valor de unión esencial para fluctuar según los vaivenes de una opinión moldeada por los medios de comunicación, la escuela o una tentacular y difusa industria cultural encargada de mantener ese mínimo ideológico centrado en la abstracta profesión de fe en el hombre de los derechos universales y la consiguiente articulación de un formalismo democrático con su economía liberal.

La Europa hoy hegemónica se definió hace tiempo negativamente, por suspensión de todo contenido teológico o metafísico, en nombre de una razón absoluta que ha mostrado su potencia tecnológica o instrumental a la vez que se manifiesta suelta de todo horizonte trascendente o de todo principio sustantivo. Es la Europa de la razón negativa, sin otro signo que el crecimiento tecno-económico que llama progreso, es la Europa que suspendió – en nombre de la paz – todo fundamento capaz de soportar una identidad suficiente. Polvo que volverá al polvo o será barrido por una tormenta de verdadera realidad.