Del humanismo del quatrocento pasa Castiglione al humanismo del quinquecento, un duro golpe para el emperador ya que Castiglione era el Nuncio a la vez que su hombre de confianza más certero. La carta enviada por el emperador al Papa deja a la figura de Baltasar de Castiglione como uno de los hombres más extraordinarios de la época, un grande como Erasmo, como Moro, como Maquiavelo. Esto ahora empieza a llamársele excelencia, nada que ver con aquello.
Este encuentro dialógico se corresponde a cuatro grandes jornadas, y todos los hombres y damas que acuden a él se predisponen a poner sobre el tapete el concepto de cortesano: ¿qué es un buen cortesano, qué lo caracteriza frente a los demás? Ahí es nada. Nada más y nada menos. Insistamos en sus objetivos: Castiglione -dice el sabio Menéndez y Pelayo- dicta normas de conducta que atañen a un ideal de hombre en sentido total, un canon físico, moral, cultural, y hasta literario, que refleja todo un código de comportamiento propio del hombre superior. Ya me dirán qué educación es esa que trata hoy de igualar a todos los hombres por abajo, o qué tipos de sujetos hemos de enfrentar si no partimos de unas premisas éticas previas.
La cita que viene a continuación es ejemplar: el perfecto cortesano y la perfecta dama cuyas figuras ideales traza, no son maniquís de corte ni ambiciosos egoístas y adocenados que se disputan en oscuras intrigas la privanza de sus señores y el lauro de su brillante domesticidad. Son dos tipos de educación general y ampliamente humana, que no pierde su valor, aunque esté adaptada a un medio singular y selecto que conservaba el brío de la Edad Media sin su rusticidad y asistía a la triunfal resurrección del mundo antiguo sin contagiarse de la pedantería de las escuelas. La educación, tal y como la entiende Castiglione, desarrolla armónicamente todas las facultades físicas y espirituales sin ningún exclusivismo, sin hacer de ninguna de ellas profesión especial, porque no trata de formar al sabio, sino al hombre de mundo, en la más noble acepción del vocablo.
Ser un hombre, un verdadero hombre, requiere prever ese proyecto con la suficiente antelación, de manera que a ese hombre habrá que exigirle algunas virtudes más, entre ellas la temperancia, virtud de origen ciceroniano, un elemento decisivo en la conformación del ethos del individuo, y la de la modestia. Es un ideal que procede del viejo ideal caballeresco de las Cortes Medievales: ser arrogante con los poderosos y humilde con los débiles, claves del viejo compromiso feudal. El cortesano acaba así siendo un verdadero filósofo moral. Ser lector de poesía, oratoria e historias, escribir en prosa, y en verso, en vulgar, tanto por deleite propio, como por pasatiempo con las mujeres.
Además, ha de poseer el cortesano algunas habilidades propias de la época: la familiarización con algún instrumento musical, el dominio del dibujo y la pintura. El vestido del cortesano ha de ser negro en las ceremonias importantes, pero ha de ser colorista en cuanto a juegos, torneos, y disfraces. En la relación social ha de ser cauto y contenido, no cobrar fama de mentiroso o vano, no demostrar innecesariamente su ignorancia en algún punto.
Si se habla de las damas, Castiglione destaca la necesidad de procurar en ellas cierta afabilidad graciosa. Tres siglos más tarde, y en relación a la aristocracia inglesa, autores como Daphne du Maurier destacarán tres virtudes esenciales en las mujeres excelentes: el linaje, la inteligencia y la belleza. El sr. de Winter, cuando se desposa con una dama de su linaje, se equivoca al creer que su señora las posee, pero luego hallará en la segunda Srª de Winter todas aquellas virtudes siendo ésta una simple plebeya. La dama aristocrática ha de estar imbuida de dotes que le permitan establecer relaciones con hombres honrados y mantener con ellos conversación dulce y honesta. No ha de ser retraída en exceso ni demasiado desenvuelta. Ha de saber danzar, cantar y tañer.
Castiglione da muchos consejos en cuanto a los lances de amor, pero el viejo amor cortés sobrevuela en esta Corte, pues no se exige por igual a la mujer que ha sido forzada a casarse sin su consentimiento que a la mujer virgen preparada para el matrimonio. Se discute en este encuentro dialógico sobre las formas de gobierno, y ahí es donde se comprueba la diferencia entre el pensamiento político de Maquiavelo y el de Castiglione. Mientras aquél acaba primando la política sobre la moral, Castiglione busca un punto intermedio entre ambas, una utilitá che miri al bene e tenga presenta una finalitá di ordine morale.
Algo se ha perdido desde entonces. La afectación, una de las grandes críticas al cortesano falso, suplanta por doquier cualquiera veleidad espontánea. Ni en la política ni en la Academia hallamos aquellos viejos caballeros, aquellos cortesanos que van a alfombrar la evolución hacia la Ilustración y el triunfo de la burguesía. Tenemos charlatanes, telepredicadores, mucha plebe invadiendo las instituciones, pero los ateneos desaparecen y los grandes oradores huyen a ninguna parte. ¿Qué han escrito o publicado quienes pretender poder y el poder? Gritan en los mítines, pero no persuaden. La Edad Democrática es como una edad oscura, sin cortesanos, sin damas, sin ideales. Y lamentablemente, sin escritores, sin poetas, sin casas señoriales, sin bibliotecas. Una verdadera enfermedad. ¿Hay quien pueda vivir así? ¿En medio de esta nada?