España sigue aquejada del síndrome destepaís que afecta a la imposibilidad de pronunciar el nombre de “España” sin rubor y sin el impostado énfasis o nota de rotundidad con que lo cargan los humoristas de menos gracia. Aunque hay un importante número de autores alzados contra la leyenda negra – Pedro Insua, Elvira Roca o Iván Vélez constituyen notables ejemplos recientes – parece que siguen siendo muchos los españoles que no quieren reconocerse en semejante título. No es fácil vencer siglos de infamia, ni el incesante aluvión de material editorial orientado a asimilar la Nueva España en la Nueva Europa. El ensayo de desconexión de España y su historia, de suspensión de su singular tradición, al que sirve la leyenda negra se prolonga en un programa de homologación que nos ha permitido acomodarnos en el orden europeo.
En el terreno educativo el esforzado bilingüismo ha ido mucho más allá del aprendizaje de una lengua y alcanza ya la formación de una conciencia cosmopolita, acompasada al ideal de la sociedad universal o de la completa globalización económica. Hay toda una bibliografía marginal, que apenas circula ya clandestinamente, y que conserva en la sombra los nombres de Ortega o Unamuno, de Menéndez Pelayo o Donoso Cortés por no mencionar a los teólogos del XVI (Melchor Cano, Francisco de Vitoria, Luis de Molina…) o incluso a los autores de la postguerra civil que florecieron antes de esa transición, paradójica ejecutora de una auténtica interrupción. La industria editorial apenas promoverá hoy nada cuya consistencia real permita cierta rehabilitación de una filosofía española. Con contadas excepciones, el mundo del libro es sólo un sector secundario del gran mercado del entretenimiento o se limita a rendir servicio a la traducción de una filosofía de raíces aéreas, expresión del más abstracto cosmopolitismo o de una banalidad gaseosa.
No se trata de defender un hermético nacionalismo cultural, sino de asentarse en una realidad histórica desde la que alzarse para contemplar un horizonte universal. Se trata de hacer valer una plataforma efectiva, frente al globo de viento de un mercado cultural sin condiciones: sin lenguas ni fronteras, sin tradiciones ni caracteres específicos o modos propios. No se trata de rechazar la traducción, sino de traducir realidades, incorporar contenidos de orden ajeno capaces de enriquecer la propia substancia, lo cual supone siempre el riesgo del rechazo o la incomprensión. Se trata de situar España en la historia y no en la mentida sociedad posthistórica en que quiere diluirse toda diferencia sustantiva mientras que, por otra parte, se fragmenta España en pretendidas naciones menores cuya realidad, sin embargo, no podría impugnarse una vez contados los votos.
Pero hay que ver estos dos momentos – homogeneización social exterior y fragmentación política interior – como dimensiones de un mismo proceso: el llamado proceso de globalización. Un proceso reductivamente económico que lamina los plurales y diversos mundos históricos en nombre de la higiénica e indiferenciada superficie de un interminable centro comercial. Fantasmal o sugestivo espacio en que ha concluido el orden moderno. El comunitario, áspero y complejo mundo de la vida se ha resuelto en un liso y luminoso mercado uniforme e indiferenciado: signo del triunfo de un imperialismo comercial que esconde su poder tras la ilusión de un consumo fascinante e insustancial.
En estas condiciones el llamado “derecho a decidir” se presenta como un derecho del consumidor en el mercado de las identidades políticas, ajeno naturalmente a toda tradición histórica y a cualquier realidad política. Que ninguna realidad limite tus deseos subjetivos o individuales. El deseo – reza una consigna ultramoderna – nunca es patológico, tampoco es delictivo o criminal. No renuncies a tus sueños, cumple tus deseos: ¡no me digan que no es una moderna consigna comercial!
Así estamos ya en este país que podría ser cualquiera, en realidad cada vez más sometidos a las condiciones de la megalópolis planetaria en que, conjugado con nacionalismos cada vez más estrechos, se articula un humanismo abstracto: higiénico, estandarizado, democrático.
La tradición española ha quedado interrumpida en los últimos treinta años. Ortega, retornado a España bajo Franco, todavía luchó – y su retorno es signo de ese esfuerzo – por mantener la continuidad. No fue el único, pero fue el más visible. Sin embargo, la llamada transición serviría paradójicamente para sumergir la realidad de España en el disolvente global y la constitución del 78 no ha servido a otro fin. El resultado pueden ser diecisiete, veintidós o treinta unidades políticas – federadas o no – formadas por el deseo suficiente de una ciudadanía educada en el consumo sin interferencias del gran mercado mundial.