Pedro J. Cáceres | Domingo 27 de julio de 2008
Santander, “La novia del mar”. En julio: abierto por “toros”. Ciudad abierta, plural, hospitalaria, se vuelve, si cabe, todavía más versátil y universal al rededor de su “semana grande” y de su feria taurina de Santiago, a la que denominan “Feria del Norte”.
La gente del gremio taurino lo llaman “milagro” (el milagro de Santander), y no es tal; es gestión pura y dura, inversión en un espectáculo de masas (y elitista en cuanto al poder adquisitivo de los peregrinos tauromáquicos) para inyección del “pib” de la ciudad, principalmente en el sector servicios.
Para ello no basta aglutinar a lo largo de once días la “creme de la creme” de toros y toreros, es más la labor intramuros de combinar a estos en carteles con argumento y dotar al ciclo de los máximos alicientes puntuales como en este año la actuación de José Tomás, que coyunturalmente se adornó con un plus de atractivo con motivo de ser el coso de Cuatro Caminos el escenario de su reaparición tras la épica tarde de sangre y gloria de Madrid. No.
Todo lo que en Santander ocurre por su feria debe ser contado y propalado.
Tanto lo puramente taurino, con sus luces y sus sombras, como el extraordinario ambiente que rodea al serial así como, por la variante y latiendo en el subsconciente de quien se ha enganchado a la ciudad, la serie de señuelos que va desde la limpieza y el orden urbanísitico, hasta la belleza intrínseca propia de privilegiadas, pasando por sus infraestructuras de ocio y servicio, su gastronomía, su clima y su vivificante entorno paisajístico, manual de contrastes entre mar y montaña y las rotaciones de policromía tierra-aire. Además de su completa y seleccionada oferta cultural, docente y universitaria; al más alto nivel.
Para ello, el ayuntamiento de turno que se embarcó en tal aventura y sus sucesores (sin solución de continuidad y sin fragmentación según el color político) procuraron –primero- “seducir” a la prensa especialidad (sin hacer grandes purgaciones según la musculatura del medio que les soportaba), atraerles, facilitarles su estancia y hacer de ésta una “dosis” inaplazable, como poco, de año en año, bajo el riesgo de caer en “mono” por abstinencia.
Pronto la convivencia entre “nacionales” –los de Madrid- y plumillas lugareños, de por sí desidiosos, por desmotivados (a penas dos corridas de toros con carteles de segundones), se convirtió en hermanamiento y se obligaron los unos a los otros a “currarse” con hechos, más que parabienes -y alguna crónica agradecida-, la entrega de un ayuntamiento (una ciudad) por la “causa”.
Y empezaron a proliferar tertulias, foros, coloquios… y a salir –como conejos de madriguera- emisoras de radio y televisión como soporte de cobertura.
En Santander, y va para más de veinticinco años –naturalmente de forma gradual, hasta llegar al cénit de la feria conclusa hoy, en la que (también es cierto) se ha llegado a una sobredosis de actos que en ocasiones produce sensación de agobio por saturación y guarida de muchos oportunistas y espontáneos- la semana de “Santiago” es de toros : H-24.
No es un milagro, es un ejemplo; de gestión taurina y de gestión municipal. De respeto por la Fiesta, poniéndola en valor (conscientes que lo tiene, muchos, y mucho) y de promoción de una ciudad que como “buen paño” en el arca –sin salir a pasear- no se vende.
Cada año, a la hora de los balances, Santander se destaca más y más de Valencia con su feria de julio (de follón y bronca en el aspecto ganadero, con el respeto bajo mínimo a los aficionados y de balance artístico parco) y de Madrid, con una temporada ramplona y ventajista basada en aprendices necesitados.
No es un milagro. ¡O sí! Que aquella labor que iniciara un “visionario” de corte “faraónico” (Hormaechea) haya sido corregida y aumentada por Huerta, Piñero y, ahora, De la Serna con el consenso de la eterna oposición municipal y el orgullo de todo su censo. ¡Claro que ha habido que invertir! –que no es lo mismo que gastar-, pero los beneficios, para la ciudad –desde el minuto “uno”- también son evaluables. Y esta es la hora, y desde hace ya algunos años, que el equilibrio entre debe y haber, en lo puramente taurino, es de curso legal.
Milagro es, que a la Comunidad de Madrid (más de veinte mil millones de ingresos por canon succionados a “los toros” en el último cuarto de siglo) y a la Diputación de Valencia (un millón de euros, es el peaje) no les hayan botado (con b de…) “a los leones”. Práctica, por otra parte, en la que algunos iluminados datan el umbral de la actual Fiesta de toros.
Si convenimos que una corrida de toros no debe beber de tan sólo dos manantiales (el derechazo y el natural), la Fiesta de toros (de todos) no puede minimizarse a las dos horas, más o menos, del espectáculo.
Santander. Toros: H24. ¡No es un milagro! ¡Es un ejemplo!
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