Opinión

El dedo de la vergüenza

Andrea Donofrio | Domingo 27 de julio de 2008
Durante un mitin de su partido, en la norteña Padua, el líder de la Liga Norte Umberto Bossi decidió levantar el dedo corazón de la mano mientras el himno nacional italiano entonaba la estrofa “esclava de Roma el Dios la creo”. No hace falta remontarse a antiguos escritos romanos para entender que el uso del dedo corazón, precisamente llamado en latín “digitus impudicus” (dedo impudente), representa una expresión vulgar y ofensiva en el idioma de Dante, de Cervantes o de Jean-Paul Sartre. Las letras del himno, escritas por Goffredo Mameli en la primera mitad del mil ochocientos, en pleno Risorgimento, exhortaban a los italianos a luchar para la unificación del país, a expulsar a los invasores, a recuperar el mito de la Roma Imperial.

El gesto desató la polémica, en cuanto ataca a uno de los símbolos nacionales más queridos; al mismo tiempo ha generado perplejidad e incomprensión: ¿Cómo puede un Ministro de la República, perteneciente al gabinete de gobierno, ofender a uno de los emblemas de su país? Hasta el jocoso Presidente del Gobierno, Silvio Berlusconi está encontrando dificultad en exculparlo mediante una bromilla. Además, como ha recordado el ex Presidente de la República, Scalfaro, el propio actual primer ministro hizo lo mismo en el año 2005, durante una concentración electoral en Bolzano, tanto que se considera mostrar al dedo corazón como “parte del estilo gubernativo”.

Hay que recordar que Bossi no es nuevo en gestos antinacionales, perteneciendo a su repertorio cualquier tipo de acción antipatriótica: vilipendio a la bandera, ofensa al himno, absentismo a la fiesta de la República pese a haber ocupado siempre cargos institucionales de relevancia. De hecho, en el pasado expresó su deseo de utilizar la Tricolore, otro símbolo del patriotismo itálico, “como sustituto del papel higiénico”. Bueno, siendo honestos, el Senatur, con su mal gusto y discutible nivel cultural, utilizó otra expresión más colorida que le costó una condena a un año y cuatro meses de cárcel, después conmutados por una multa de 3.000 euros. En otra ocasión, durante un mitin en Venecia, pidió a una señora, que exponía la bandera en el balcón, “tirarla al retrete”. Además resulta inolvidable la actuación del grupo de la Lega en el Parlamento Europeo de Estrasburgo en julio de 2005: los diputados leghistas fueron expulsados del aula, porque empezaron a gritar y ofender al ex Presidente de la República Ciampi mientras el mismo estaba realizando su intervención. Al día siguiente, mientras Ciampi se declaraba atónito e incrédulo, uno de los expulsado declaraba que no entendía tanta polémica respeto a su actitud: “tampoco hemos tirado tomates contra al Presidente”. La Lega es un partido de gobierno: los italianos casi empezamos tristemente a saber convivir con la vergüenza.

Finalmente, parece legítimo preguntarse cómo es posible que la Lega nunca deje de hacer su campaña electoral basada en alimentar el odio antinacional e intentar separar un país ya dividido. No hace falta ser un acérrimo defensor de los valores nacionales para sentirse ofendido por este gesto. Preocupa asistir a una lenta y constante vulgarización de la política: el insulto como base del diálogo, los ataques y la hipocresía como modus operandi, el gesto prosaico como imagen de referencia. Y eso, sin querer entrar en el mérito de la seriedad del político: probablemente el mismo Ministro sufrirá secretamente la angustia de ser elegido en el Parlamento italiano, de participar en las actividades gobernativas de un país en que no se reconoce y de intentar portarse de forma responsable. Bossi nos sorprende siempre y siempre en negativo: la anomalía italiana y de su política está nuevamente servida.

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