Mira Ray, mira Ray, todavía no has conseguido tirarme al suelo. Sigue Ray, sigue. La Motta está perdiendo el título, y arroja sangre por todos sus agujeros. Un plano cruel de Scorsese muestra la cuerda superior del ring empapada con la sangre tumefacta de La Motta. Cuando todo acaba, la cinta deja pasar parcialmente uno de los pasajes más coincidentes de Juan, el Juan del Evangelio, 9, 18: di la verdad ante Dios; nosotros sabemos que ese hombre es pecador. Él responde: no sé si ese hombre es pecador. Sólo sé que yo era ciego y ahora veo. Le insultan varias veces: tú eres su discípulo; nosotros lo somos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero éste no sabemos ni de dónde es. Entonces Jesús se encara con el hombre que ha curado y dice: yo he venido a este mundo para que los hombres que no ven, vean; y los que ven, se queden ciegos.
In illo tempore el hermano marista extendía la Biblia en unos telones que colgaban del techo, y las imágenes de Abraham, Josué, Jacob, Isaías, Holofernes, Judith, iban pasando en forma de lienzos. Y también pasaban conceptos: abnegación, acción de gracias, alianza, alma, amén, anatema, anciano, Apocalipsis, autoridad, arrepentimiento, ayuno. Pero la pérdida de estas palabras, que indican valores, hoy emplazan al texto, es decir, al primer libro. Han pasado varias generaciones desde aquel pasado y me parece oportuno regresar a él porque acepto con Adorno unas reflexiones sobre la vida dañada. Estamos excavando nuestra tumba.
Veo los aforismos de Adorno y no me veo alejado del libro de Job. Leo, por ejemplo, el encadenamiento de la vida al proceso de la producción impone a cada cual de forma humillante un aislamiento y una soledad que nos inclinamos a tener por cosa de nuestra independiente elección. Adorno no se refiere al aislamiento buscado y necesario para el estudio concienzudo y el silencio interior. Pero de algún modo lo aclara más adelante cuando habla de la mentira: la mentira hace tiempo que ha perdido su limpia función de burlar lo real: nadie cree a nadie, todos están enterados. Se miente sólo para dar a entender a otro que a uno nada le importa de él, que no necesita de él, que le es indiferente lo que piense de uno. Ir con la verdad por delante es algo que no se entiende, ni se acepta. En la sociedad del espectáculo faltaba el espectáculo de la mentira, esa cosa que Steiner describe pavorosamente en Pasión intacta con clamor; congresos, fiestas, chorradas, mítines, la multitud y Walt Whitman.
Adorno lo explica muy bien, con un estilo que parece clavado de Montaigne: lo que en la burguesía siempre se consideró bueno y decoroso, la independencia, la perseverancia, la previsión y la prudencia, está corrompido hasta la médula. Adorno escribió su Mínima moralia en un tiempo en el que Antonioni filmaba La aventura, aquella cosa en la que las mujeres desaparecían y otras hacían el amor sin placer, porque el amor en Antonioni es como una aversión. Es la aversión quizá lo que tratan los textos de Adorno y de Steiner. La Biblia también trata de la aversión, aunque no sé muy bien si la aversión del hombre o la aversión de Dios.
Dios, como se sabe, se ve obligado a crear al hombre por una disputa incómoda con Satán. Y el hombre, es decir, Job, se encara con Él, desea saber por qué ha nacido, y por qué le causa tantos males la vida. Un día Dios ya se ha hartado de Job y lo encara con una batería interminable de preguntas que transforman a Job en un hombre humilde y casi en un hombre sabio. Es interesante recordar algunas de estas sorprendentes preguntas de Yahvé. ¿Dónde estabas tú cuando fundaba yo la Tierra? ¿Sabes tú quién fijaba sus dimensiones o quien tendió la cuerda sobre ella? ¿En que se apoyan sus columnas? Durante los siguientes cuatro capítulos habla Dios por los codos. Nunca habrá hablado Dios tanto como entonces, si es que no habla todavía. El hombre no tiene respuestas, es ignorante de la justicia de Dios, no entiende el sufrimiento.
Según Steiner, Job no pide justicia, pide sentido, entendimiento. Le pide a Dios que se dé sentido a sí mismo, ahí es nada. Si lo entiendes, decía San Agustín, entonces, no es Dios. Steiner cita a Karl Barth, quizá sea un Dios sin Dios, ¿Ve Job a Dios a través de un acto de escucha? Las citas de Steiner son innumerables. La más bonita es la de Buber: la misma creación significa ya la comunicación entre el creador y la criatura. Lo incomprensible como lo fascinante. El Yo soy el que soy no deja de ser algo hermoso, algo estético. ¿Queréis saber? Mirad entonces, viene a decirnos este Dios sin Dios.
Ved a los hombres. Adorno los ve, habla como un profeta, habla como un Job. Como si estuviesen objetivamente amenazados, los que detentan el poder y su séquito se vuelven subjetivamente inhumanos. Lo vemos estos días con especial fulgor. Los fariseos vuelven, quieren condenar al que ve, pero quien dice Yo soy el que soy los ha vuelto ciegos. La burguesía, esta paleta burguesía periférica que exige el salmo a la manera de León Felipe, presenta una voluntad destructiva al decir de Adorno. En su descripción del leviatán, Dios se jacta de haber creado a la criatura más fuerte y abominable de la creación. Ese leviatán parece haber cruzado el río y nos muestra sus fauces.
Ya sólo podemos hablar desde la vida dañada. Me gusta mucho este aforismo sin aforismos. Adorno cita a Hegel, aquel hombre que fue suspendido una vez por la Academia y un griego estúpido: la vida del espíritu sólo conquista su verdad cuando se encuentra a sí mismo en el absoluto desgarramiento. En su dedicatoria de sus mínimas moralias el autor nos recuerda dolorosamente que la visión de la vida ha devenido en la ideología que crea la ilusión de que ya no hay vida. En realidad, estamos en ello. Nos quieren hacer creer que ya no hay vida, y usan de las peores artimañas para convencernos.