Opinión

Eugene O’Neill en Buenos Aires

TRIBUNA

Roberto Alifano | Lunes 24 de diciembre de 2018

Los vía crucis de la vida suelenser confusos e inexplicables, casi siempre desconcertantes. Nadie sabe a ciencia cierta que le depararán el azar o el destino, esos dos dramáticos sinónimos; ni tampoco cómo reaccionará ante determinadas circunstancias. En conflicto con su padre, actor secundario del teatro independiente de Nueva York y abandonando a una muchacha embarazada, con quien se debió casar obligado por la familia,el joven Eugene O’Neill se embarcó como marinero,para huir de sus contratiempos y pisó suelo argentino en agosto de 1910.Decidió desligarse del bergantín noruego que lo había traído y afincarse enBuenos Aires, donde permaneció nueve meses dedicado a diversas actividades queapenas lo ayudaron para sobrevivir. Lo deslumbró la actividad cultural y acaso entrevió que aquí pudiera concretar su pasión por el teatro heredada de sus mayores. Sin embargo, no se contactó con el mundo de los dramaturgos ni de los jóvenes poetas, sino que se sumergió en el ambiente funambulesco de las recovas cercanas al puerto y agotó rápidamente los sesenta dólares que le había puesto en el bolsillo su padre antes de zarpar, única reserva para solventarse aquella estadía en la ciudad rioplatense. Más tarde, O’Neill diría: “Entré en Buenos Aires como un caballero, y terminé desoladocomo una piltrafa humana en las dársenas del puerto”.

Para poder comerse debió emplear en tareasmás bien rústicas, tales como peón en un frigorífico, del que sería despedido a los dos meses. Su dominio del idioma español era escaso, aunque no le impidió concurrir a las salas de teatro para ver obras argentinasconen el imaginario de arquetipos reiterados en todo tiempo y lugar (en su diario escribe unos párrafos sobre el vodevil argentino). Consiguió luego un cargo de operario en una compañía industrial y a los tres meses se cambió a un empleo de controlador en el puerto. Cuenta en sus memorias que planeaba un asalto en las oficinas del frigorífico,pero que a último momento se arrepentiría de encabezarlo y que, no demasiado tiempo más tarde, cansado de dormir en un improvisado albergue en las dársenas del puerto, decidió regresar a Nueva York alcohólico y tuberculoso, para sentarse a escribir las obras teatrales que lo inmortalizarían.

Antes, se había alojado también en un hotel miserable de un barrio periférico, y buscó la calidez de un bar de marineros, donde tuvo un romance con una prostituta en la que confió y fue defraudado. Decidió, no obstante, alentado por el medio cultural, que su objetivo era encontrar un empleo más o menos estable en esta tierra para dedicarse al teatro y, una vez consagrado, “recuperar la libertad en alta mar”. Buen lector de Joseph Conrad, lo deslumbraba la vida aventurera e inestable de los marineros. Durante el viaje a Buenos Aires, alguien le dijo en el barco que había una numerosa comunidad norteamericana que fácilmente le daría trabajo, cosa que él sospechaba le permitiría sentar cabeza y labrarsu porvenir dedicado al teatro y a la literatura. Pero pronto se dio cuenta de que un aspirante a poeta y marinero no tenía calificación alguna para conseguir trabajo en tierra firme. Con los bolsillos vacíos y ninguna esperanza laboral en el horizonte, se debió resignar al reparo de algún depósito en las dársenas. Las dos semanas que trabajó como estibador en el vapor alemán Timandra serían tan vívidas que la embarcación ingresaría en su obra Más allá del horizonte (BeyondtheHorizon). De ese período final en Buenos Aires, O’Neill luego diría que “no había banco de plaza en toda la ciudad sobre el que no durmiera alguna vez”. Esa fue, más o menos, la historia de suspesarosos meses en la Argentina.

Pero a un artista genuino toda experiencia le es propicia para sumarla después al campo de su creación. Aquella farragosa y desordenada estancia en Buenos Aires le daría a O’Neill un sinfín de situaciones y de personajes que definieron en gran medida su vocación al universo teatral. Basta citar, por ejemplo, el monólogo del autobiográfico Edmund Tyrone en Long Day'sJourneyIntoNight (Largo viaje de un día hacia la noche), obra inspirada en una navidad en familia, evocando vívidamente el ritmo del mar sobre un velero que acompaña los vaivenes de su atormentado interior. De otras peripecias en Buenos Aires también saldrían varias de las escenas sobre amarguras y borracheras; en ese campo cabe citara otra de sus obras capitales, TheIcemanCometh (El hombre de hielo llega), donde se manifiesta el fabuloso renovador de quien Tennessee Williams afirmó que “dio vida al teatro norteamericano y murió por él”.Más que cualquier otro dramaturgo, O'Neill introdujo un realismo dramático que ya se había insinuadoen el teatro universal con Antón Chéjov, HenrikIbsen y AugustStrindberg. Sin embargo, este maestro no se propuso nunca el tono épico, aunque este le salió al encuentro casi contra su voluntad. Era un soñador de invenciones, pero también un hombre muy inteligente, menos propenso a la fe que a la incredulidad que tendía siempre hacia lo irónico de lo terrible.De hecho, el luego consagrado Premio Nobel recordaba aquellos meses en Buenos Aires, que lo marcaron hondamente, como un descenso al infierno.

Un memorioso cronista del Buenos Aires Herald, Charles Ashleigh, que también escribía poesía, recordaría luego que halló a O’Neill insoportablemente morboso, “excepto cuando hablaba de Joseph Conrad o de la poesía de John Keats, otra de sus devociones”. También uningeniero, compatriota suyo, quedó tan impresionado por el derrumbe de su joven amigo que fue hasta la pensión donde se alojabay pagó varios meses de alquiler por adelantado. Pero, cuando volvió,no mucho después, su compatriota ya no estaba. Ante el desolado panorama de la vida en tierra, O’Neill había decidido embarcarse nuevamente. Años después, en sus apuntes autobiográficos, recordaría haberse sumado a la tripulación de un vapor que llevaba ganado y mulas a Durban. “La mala suerte me seguía”, consigna en un apunte. Al llegar a Sudáfrica, las autoridades coloniales británicas no lo dejaron bajar a tierra porque no reunía los cien dólares necesarios para ingresar al país.

Debió regresar a Buenos Aires y, aún más desolado,comprendió que era hora de retornar a casa y olvidar para siempre la ciudad que le había sido hostil. Cargaba en su cuerpo con una severa tuberculosis que le llevaría varios años controlar. Se embarcó en el vapor Ikala, un carguero construido en Glasgow sin más rumbo que el destino incierto de sus cargas. La nave “como un fantasma del mar” había arribado a Buenos Aires el 21 de marzo de 1911, y a los nueve meses de su partida de Boston, O’Neill subió por la planchada del Ikala, y se sumó a la tripulación de treinta ingleses y escandinavos que lo devolvería a Nueva York.

Semblanzas de ese nebuloso viaje también aparecerían en sus futuras obras. Cuando el barco llegó al puerto norteamericano O’Neill se reunió con sus padres, contratados para actuar en un teatro local, donde él también intervino con un papel secundario. Su primer objetivo, apenas llegado a puerto, confiesa,fue emborracharse, y con un grupo de sus compañeros de cubierta se dirigió a un “boliche infernal”, como él lo cataloga, conocido como “Jimmy ThePriest”, demolido en 1966 para dar lugar ala construcción delWorldTrade Center. Los parroquianos perennes del bar, que se autotitulaba “hotel” por alquilar habitaciones por hora en el primer piso, también tendría un lugar prominente en futuras obras. Al joven viajero le costó reinstalarse con sus padres, cuya agitada vida en las tablas decidió que jamás seguiría. A Eugene Jr, el hijo,nacido de ese matrimonio falaz que había dejado en Nueva Yorkcuando se embarcó a Buenos Aires, lo vería por primera vez diez largos años después.

Como él mismo destaca en BeyondtheHorizon (Más allá del horizonte), el mar estaba en su sangre. En 1912, O’Neill volvió a embarcarse, en otro carguero, esta vez rumbo a Irlanda, el país de sus padres. De ahí pasó a Liverpool y Southampton. Fue su último viaje como tripulante. Hacia fines de 1912 la nave atracó en el puerto de Nueva York. En 1913 le propusieron otro viaje a Buenos Aires, pero rechazó el ofrecimiento. Dos años más tarde empezaría a cambiar su suerte con la publicación de tres obras dramáticas; la primera basada en su enamoramiento de la esposa de un conocido. Pero sus personajes más potentes, entre ellos muchos de los que había conocido en la ciudad rioplatense, aún deberían esperar unos años para verse inmortalizados en el escenario.

Curiosamente Long Day'sJourneyIntoNight (Largo viaje de un día hacia la noche) sólo sería publicada en 1956, tres años después de la muerte del autor. Un extraño designio, si recordamos que para los lectores, y la crítica, se trata dela más acabada de todas sus obras. ¿Qué fue lo que influyó en Eugene O’Neill para que dejara inédita, lo que seguramente sabía, era la mejor de sus tragedias? No podemos saberlo, pero sí sospecharlo. El Largo viaje… es una de las expresiones más estupendas y desgarradoras de lo que el crítico A.M. Rosenthal llamó confesional poetry(poesía confesional”) en un libro cuya influencia no puede exagerarse. En esencia, se refería a las obra de poetas norteamericanos que, a mediados de los cincuenta, propusieron el más serio cuestionamiento a la poética de la impersonalidad, la tradición dominante en la lírica anglosajona desde comienzos del siglo XX.

En 1936 Eugene O’Neill fue merecidamente reconocido con el Premio Nobel de Literatura. A él pertenecen, sin duda,las líneas más hermosas de toda la dramaturgia norteamericana contemporánea:

Apareció el sol, la arena caliente, las verdes algas ancladas
en la roca, moviéndose con la marea. La visión beatífica de un
santo. Como el velo que una mano invisible levanta de las cosas.
Y por, un segundo, puedes ver los secretos. Por un segundo, las
cosas tienen sentido. Entonces, la mano deja caer el velo y estás
solo, perdido de nuevo en la niebla y tropiezas hacia ninguna
parte sin razón ninguna…

Acaso fue un gran error haber nacido humano. Hubiese preferido
mucho más ser una gaviota o un pez. Siempre seré un extraño
que nunca se siente en su casa, que no quiere realmente, ni es
querido, que no pertenece a ninguna parte y siempre estará
un poco enamorado de la muerte…

En 1943 O'Neill desautorizó a su hija Oona, nacida de su segundo matrimonio con Agnes Bolton, por haberse casado con Charles Chaplin cuando solo contaba 17 años y él tenía 54. Ella no se lo perdonó y nunca la volvió a ver. A pesar de la diferencia de edad, Oona y Chaplin tuvieron ocho hijos, entre ellos la conocida actriz Geraldine Chaplin.

Eugene GladstoneO’Neillnació en New York el 16 de octubre de 1888 y devastado por la enfermedad de Parkinsonmurió solo, en una habitación del Sheraton de Boston cuando tenía 65 años, el 27 de noviembre 1953. Acaso sin saber realmente lo esencial que había sido para el mundo del teatroaportando ideas nuevas que revolucionarían la dramaturgia. Entre sus obras ineludibles se encuentran Más allá del horizonte, El gran dios Brown, Tierras vírgenes y Todos los hijos de Dios tienen alas.