Opinión

Padre, Hijo y Espíritu Santo

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 27 de diciembre de 2018

La guerra abierta contra el llamado patriarcalismo, desatada por los poderes de este mundo, ha arruinado la última barrera que todavía se erguía frente la íntegra mercantilización de la vida. A la batalla contra ese patriarcalismo se han sumado muchedumbres de semicultos, dotados de una conciencia crítica de serie, producto de la industria educativa y del entretenimiento que es parte fundamental de las actuales fuerzas de la cultura.

A esta manga de expertos y sabios a medias la veneración de la imagen de una pareja heterosexual y asimétrica de padres recientes, cobijados del frío tras el valladar inexpugnable de un establo caldeado por la potencia del Dios naciente, ha de resultarles íntima y extremadamente repugnante. El habitante del Palacio de la Moncloa ha suprimido la imagen, sustituida por los consabidos árboles decorados y una roja flor de Pascua. Pero el icónico estandarte ha sido eliminado de la vida pública en los últimos años, convertido en figura casi clandestina.

Como símbolo de una realidad capaz de afrontar el orden público como tal, los poderes públicos lo han desterrado del espacio de su dominio. Frente al orden público, el Belén remitía al orden común. Público es el espacio de los muchos o la muchedumbre. Del griego “plethos” (“multitud”, “abundancia”) procede “plebs” que algunos juzgan, sin olvidar “populus”, una de las raíces posibles de “pueblo” y de “público”. Pero “pueblo” goza de una prestigiosa sonoridad de la que carece “plebe”, la plebe remite a una degeneración del pueblo. Acaso como la turba es degradación de lo corporación o lo público corrupción de lo común. La multitud o el público es un agregado descompuesto de individuos aislados o solitarios inclinados a la dispersión y sólo reunidos por un contrato fingido, sobre el que el Estado quisiera fundar su acción totalizadora.

Contra el Estado, pastor de muchedumbres, se ha erigido siempre la mínima comunidad. Esa célula genética de toda comunidad ha sido siempre un frágil baluarte en cuyo seno se encierra, sin embargo, una potencia infinita. Y esa unidad elemental ha estado siempre – dada la condición de la reproducción humana – constituida por la relación matricial de un hombre y una mujer. Las estructuras de parentesco, por decirlo de otro modo, han girado siempre y necesariamente en torno a la unidad elemental que definía, aunque de modos diversos, la inevitable relación genética entre hombres y mujeres. En la atmósfera relativista que – sobre todo en materia antropológica – gobierna nuestra comprensión, cualquier forma de parentesco ha de concebirse equivalente a cualquier otra. Incluso han de darse por igualmente válidas formas infecundas de relación humana. En los tiempos de la gestación subrogada o del alquiler de vientres, en el umbral del uso industrial del útero artificial, el elemento de parentesco parece haber perdido su extraordinaria condición genética o creadora de nuevos seres humanos: así en su dimensión biológica como en su dimensión personal.

Esa pasmosa unidad reunía dos vidas singulares de cuya comunicación profunda surgía un tercero. Más allá del cálculo o del contrato, más allá del consentimiento explícito, desde una realidad que trasciende el tratamiento racional se realizaba una comunión extremada, cuyo nombre adecuado es amor. No sorprende, por tanto, que la demolición del patriarcalismo sea solidaria del ataque a la forma del amor antropológico más característico. Se denigra el llamado amor romántico, pero la exigencia de un contrato que medie en toda relación suspende toda forma de amor real, en cuanto que signifique ese vínculo comunicativo que antecede y determina el uso individual del cálculo racional del que se concluye un contrato.

Si a esto sumamos que la vida en comunidad es la atmósfera en que emerge la fe religiosa, la honda convicción en el sentido trascendente de la propia existencia, se entenderá que a la repugnancia que la imagen produce, se sume el odio que el crítico de serie arroja sobre todo símbolo religioso. No debiera resultarnos sorprendente la reacción que ese patriarcal estandarte produce al crítico moderno y sólo ingenuamente puede juzgarse excesiva su aversión.

La más taimada respuesta, por parte de ese crítico progresista, consiste en sublimar la vida de carne y hueso – condición de la verdadera comunicación – en formas abstractas, falsamente intelectuales. Así lo ha hecho la Sra. Colau en lo que impropiamente llamamos todavía un Belén. Un castizo diría que con ese su Belén sublimado, higiénico y lineal la Sra. Colau ha hecho un pan con unas hostias.