- Si se lo preguntas a un sindicato de maestros, ya sabes: funcionarización de los profes, abolición de oposiciones, mejores sueldos, jubilaciones anticipadas, más vacaciones, menos carga laboral, programas que exijan menor esfuerzo, topfeminismo, más saberes políticamente correctos, menos alumnos por grupo. Durante mis cuarenta y tres años ininterrumpidos de magisterio (12 años en la era secundaria y 31 en terciaria, en total 44 glaciaciones) he alzado mi voz solitaria (para unos católico de derecha, para otros anarquista de ultraizquierda, para todos ya inexistente).
-Confrontación, separación, relativismo y violencia
Cuando se ejerce la docencia debe procurarse ecuanimidad, inteligencia empática, dominio de la materia y perspectiva histórica a fin de no provocar la estampida de vísceras, espíritu crítico, debiendo sacrificar la deriva narcisista o panfletaria. Desde luego renunciar a ser maestr@ estrella, o maestr@ oportunista resulta extremadamente difícil cuando la confrontación lleva al divorcio y a la separación, y éstas finalmente al primado del relativismo y de la violencia. En las generaciones sin autoridades morales ya no hay patria o matria común que sirva de referente, ni relaciones propositivas, ni voluntad de construcción del territorio común, sustituidos los pronombres personales por los impersonales, atomismo, individualismo, nacionalismo, instrumentalización y muerte del nosotros. En consecuencia, no hay manera de compatibilizar tradición e innovación, y en cada intervención aparece la antropología subterránea del hombre lobo para el hombre, la antropofagia y la ordalía. Cuando las escuelas se convierten en secuelas resulta casi imposible no subordinar al pensamiento hegemónico hipócrita, la escuela como manada; obviamente en tal contexto una escuela personalista y comunitaria, popular lo tiene difícil. Desgraciadamente la escuela desaparece como faro de libertad, y lo que se denomina fracaso escolar es en realidad fracaso social, fracaso de los padres que son falsos padres, fracaso de los maestros que son malos maestros, fracaso de los alumnos que son malos alumnos, en definitiva fracaso del pueblo y emergencia de los pueblos falsos, ese populismo incapaz de entender correctamente aquello de Manuel Machado: “Hasta que el pueblo las canta las coplas coplas no son, y cuando las canta el pueblo, ya nadie sabe el autor. Procura tú que tus coplas vayan al pueblo a parar, aunque dejen de ser tuyas para ser de los demás. Que, al fundir el corazón en el alma popular, lo que se pierde de nombre se gana de eternidad.
- A vuelo nuevo, maestr@ renovad@
Ignoro, maestr@, qué te enseñaron, para qué aprendiste y si deseas retrasmitirlo y sobre todo revivirlo. Pero si te enseñaron eso que acabamos de reprobar, tienes que volver a cursar tus primeras letras unciales en una enseñanza verdaderamente primaria y primera. Para ello tendrás que cargarte de valor, quemar las naves y desaprender lo aprendido, lo manido. Sin embargo, no hay más remedio; si no quieres renacer como fénix magisterial de tus propias cenizas no lograrás que en tu escuela crezcan águilas de vuelo libre y majestuoso, en cuyo lugar te nacerán pollos de corral acostumbrados a cagar en el palo del mismo gallinero, verdad es que los maestros aprendemos enseñando, pero también lo es que nos desgastamos y anquilosamos en nuestras rutinas. Ni los trienios ni los sexenios garantizan la infalibilidad de quien enseña, son un arma de doble filo.
Ahora bien, renovarse exige que estudies siempre y mucho, pues nadie lo sabe todo, y menos aún quien cree que todo lo sabe. Estudiar es una de las ejercitaciones más duras que existen, sobre todo cuando se busca la verdad sin frivolidad, no sólo para leer lo que apetece, sino también para adentrarse en lo difícil hasta dejarse buena parte de la vida luchando por lo profundo, lo riguroso y lo eterno que hay en cada humano. Pero ¿cómo podría pedirse esto a quien nunca supo en qué consiste lo profundo, ni lo imaginó, ni lo deseó transmitir a sus alumnos, que en buena medida reproducirán su misma trivialidad? ¿Cuántas horas estudias al día? Pues ese guarismo definirá tu profundidad epistemológica, el ministerio de tu magisterio, tu instructio insustituible.
Estudiar no es masoquismo, ni acumular callos anales, ni mover los ojos cuando se lee, hay que mover simultáneamente el corazón, razón por la cual decir maestro y añadir amado constituyen un mero pleonasmo. Si no quieres a la gente con la que convives no convivirás con la gente, malvivirás con ella. Pon cerca a los torpes, a los peores, a los más desagradables y agresivos contigo- y nunca les relegues a las filas oscuras del fondo. El maestro no llega al aula a expulsar gente, sino a impulsarla. ¿Y si no eres empático, si no buscas quererles aunque no les quieras, qué quieres? Pues sábete, maestr@, que si no les quieres no estás cualificado para enseñarles. Cambia tu chip, porque enseñar es una forma de amar, pues si dices que no sabes cambiar, que no quieres cambiar, que no puedes cambiar, que no esperas cambiar, que no haces por cambiar, olvídate de la escuela, maestro rufián, es decir, maestro funcionario que no funciona.
-Por tus obras te conocerán
Se nos quiere no sólo por lo que decimos, también y sobre todo por lo que hacemos, tus hechos te coronan, no tus meras palabras; por lo general nos repugnan quienes enseñan una cosa y hacen la contraria, no hay mayor desafecto ni más grande decepción que el desencanto ante la decepción de un traidor a la verdad. No se trata de ser tan ejemplar que no podamos fallar, pero el maestro digno pedirá perdón por sus desafectos (no afecto es ya desafecto), por sus culpas, por sus grandísimas culpas, luchará por no desesperarse ante las limitaciones, y aceptará en lo posible la corrección de quienes son enseñados por él. La escuela es el lugar de la humildad y de la paciencia, esas dos grandes virtudes del maestro, que es un asno que cabalga despacio. Quien soporta nuestros errores porque nos ama puede perdonárnoslos: estamos obligados por amor a pedir perdón, única forma de que el perdón sea generoso, única forma también de aprender a crecer en reciprocidad.
-Enseñar a la tribu entera a que deje de ser tribu y pueda devenir comunidad
Pueblos mal enseñados, mal gobernados, mal crecidos, son el resultado de unos padres y maestros a su vez mal enseñados, mal gobernados y mal crecidos. Al enseñar, el maestro no sólo se complace en lo extenso ni en lo exitoso de su praxis, sino que también y sobre todo apunta hacia lo eterno siempre válido. El maestro no sólo enseña para sus alumnos, como tampoco el padre exclusivamente para sus propios hijos, y menos para que éstos exploten a los hijos de lo demás. Enseña para que, más allá de su muerte, los cipreses apunten aún más a lo alto, den más sombra a cada uno y pacificación de sus anteriores violencias cainitas. Cuando yo enseño a mis alumnos trato de que ellos a su vez enseñen a sus compañeros, a sus hijos, a sus naciones, e incluso para que recen por sus muertos, de tal manera que nada de lo bueno se extinga nunca e incluso, una vez extinto, se lo pueda resucitar. Esto, aunque lo parezca, no es mucho pedir cuando se busca la solidaridad con las generaciones posteriores: al maestro chico le vienen grandes los pequeños retos, así que cuando mira a la luna solamente ve el dedo que la señala.
La enseñanza del maestro no consiste en poner alambradas ni en cavar trincheras, el maestro es ese animal transfronterizo que desalambra todas las fronteras, las propias y las ajenas, pues alienta en su alma ese citius, fortius, altius, que los propios rectores de las universidades erigen como máxima de sus rectorías pero que ni siquiera saben traducir, y que quiere decir magistrar más lejos, más fuerte, más alto.