Opinión

El cambio, los canallas, el mal clima

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Viernes 04 de enero de 2019

No se trata del calentamiento global ni alguno de estos otros fenómenos planetarios por los cuales las avalanchas pesan más, las olas marinas se convierten en ejércitos de agua con destructivas caballerías de espuma y chorro contra las costas del Pacífico o el Índico; no es cosa del deshielo de fiordos y glaciares, cuyas caries se desgajan con abrumador estrépito contra el agua gélida, ni mucho menos de muertes masivas de peces sencillos y de pequeña plata en caletas y radas o de grandes ballenas sin oriente varadas en los arrecifes o las playas; o de bandadas de pájaros caídos como helicópteros de desgracia en medio del llano; no, es otro calentamiento, el de las conciencias, el del lenguaje con cuya pronunciación todo empieza, porque lo sabemos desde el comienzo, en el principio siempre es el verbo.

Y esa lección bíblica, esa enseñanza, nos muestra y demuestra cómo todo comienza con el lenguaje. El odio, como el rencor, la pendencia o la venganza, también comienza con la palabra y hoy los mexicanos vivimos en medio de dos fuerzas contradictorias.

El odio ( y quizá ni eso, posiblemente sólo el desprecio altivo, el sabor de la victoria mal digerida), por una parte, y el llamado a la conciliación --sin ejemplo—por el otro, crean un ambiente indefinido y gelatinoso, sin coherencia, sin tendencia.

Y ese clima es obra directa del presidente de la República, quien necesita –como los conductores de la radio--, “llenar” cada mañana su emisión con cualquier tema, venga no a cuento, tenga o no importancia.

Preso de su insaciable urgencia por aparecer y exponerse, se expone en cada aparición.

Puede ser una ceremonia para recibir en el Zócalo de sus éxitos, el bastón de mando de los “pueblos indígenas” o una pregunta al mudo agujero del suelo para dialogar con la “Madre Tierra”, sobre el paso de un tren por las tierras de la península yucateca, o una cotidiana comparecencia ante los medios en una especie de cátedra del titubeo y la contradicción, en la cual se confunden la arenga con la homilía; el discurso con la prédica; la noticia, con el evangelio de una doctrina personal.

Así se anuncian perdones y se denuncian delitos, se condenan la corrupción y la impunidad, pero no se ofrecen puniciones, aunque se deje la puerta abierta para una consulta de seguro tan manipulada como todas las demás, una vez y cuando se haya modificado la Constitución, lo cual invalida en su propio terreno las consultas hechas sin la dicha modificación constitucional.

El señor Gal y Matías contrae nupcias con la señora Bati Burrillo.

Pero en este año, cuyas últimas horas ahora vemos discurrir entre la clara luz del sol viejo y la suave caricia del viento fresco, con nubes de celaje largo, largo y, a veces, montañas curiosas cuyos ojos de humo miran nuestras vidas, México ha sufrido una voltereta notable.

El primero de julio, a la mitad del agónico calendario, una fuerza política, con distintos grados de calidad en sus filas, formada en la leva de las inconformidades y los resentimientos, las traiciones y el oportunismo, en la cual conviven todos como una colmena, en cuya labor sólo cabe un propósito: estar siempre bien con la cabeza, servirle al líder, seguir sus pasos, repetir sus gestos y sus gustos, colmarlo de halagos y bendiciones; jamás contradecirlo (excepto en el notable caso de Tatiana Clouthier), y poner a su servicio (el servicio del movimiento a fin de cuentas), todas las herramientas del gobierno y algunas más para hacer siempre algo suplementario: si él dice diez, ofrecerle once y si doce dice aumentar la docena. Quizá no lo sean, pero actúan como fanáticos.

“Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar”, nos dijo Amos Oz quien en las tierras jerosolimitanas, quien no llegó a mirar las luces del nuevo año, ni de su calendario, ni del nuestro.