Decir que sabemos algo a ciencia cierta sobre los laberintos de la historia es una falacia. Por lo general creemos saber y sabemos poco del pasado; digamos que debemos resignarnos a que ese conocimiento implica acaso menos certeza que curiosidad. Es difícil aceptar que alguien pueda desentrañar los sucesos ocurridos en días pretéritos con el pormenor de cada caso. Uno de los ejemplos más curiosos se da en la literatura. Todos creemos saber quiénes fueron los escritores más representativos del siglo diecinueve o del veinte y en verdad la mayoría solo conoce sus nombres. Si mencionamos a Flaubert o Dostoyevski, a García Márquez o Borges los conocemos a través de los datos procesados por la información, pero pocos los han leído detenidamente y, menos aún, han indagado en pormenores de sus obras. Cultura e información no es lo mismo.
Hago este comentario porque una de las pretensiones de la historia contemporánea es la de presentarse como una visión o una revelación ante el complejo mundo que vivimos. Esto es, como un conocimiento de realidades ocultas. Se acumulan datos, se revierten hipótesis y se suman conjeturas. Se dirá que lo mismo han argumentado los poetas de todos los tiempos, pero Homero, Virgilio o Dante, afirman que todo se daba a través de dioses o demonio que hablan por ellos. Así pues, demasiado se ha escrito sobre el descubrimiento de América y abundan textos de cronistas que relataron la aventura de la conquista, algunas como una epopeya consumada en versos (Alonso de Ercilla y Juan de Castellanos). En algunos casos la prosa, más rotunda, tampoco ofrece veracidad y aún quedan dudas sobre los textos copiosamente difundidos; tal el caso de Bernal Díaz del Castillo, que participó en la conquista de México y fue más tarde regidor de Santiago de Guatemala.
A este iletrado se le atribuye -y aún no hay argumentos que prueben efectivamente lo contrario- la autoría de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, obra magna que empezó a redactar como un memorial de guerras; pero más tarde fue revisada y expandida en respuesta a la publicación de Francisco López de Gómara, que Díaz del Castillo consideraba muy imprecisa, además de que no reconocía los esfuerzos que llevaron los soldados comunes durante la invasión de México. Pero la polémica, la auténtica polémica, empieza en 2013, cuando el antropólogo francés Christian Duverger publica el libro Crónica de la eternidad (que tengo ante mí), sustentando la hipótesis de que Bernal Díaz del Castillo no fue en realidad el autor de la Historia verdadera, sino que fue el propio conquistador Hernán Cortés.
Para Robert Cunninghame Graham pocos libros han ofrecido más dificultades que la célebre Historia verdadera. En ese bosquejo biográfico, espléndidamente publicado por la editorial Renacimiento de Sevilla, el autor no trata de esclarecer los pormenores particulares de tal o cual edición, sino que busca adentrarse en la vida y persona del hombre que la escribió ya muy anciano. Lo que en ella descubre, será la firmeza, la sinceridad y, en especial, la ausencia de esa grosera superstición que en aquella época cegaba a tantos de sus contemporáneos.
En el estudio realizado por Duverger se argumenta que Díaz del Castillo era muy viejo, que carecía de educación y que tampoco había acompañado a Cortés en todas sus expediciones militares, debido a que era imposible que un soldado raso lo siguiera todas partes e incluso a su boda; según Duverger, no existen registros de las estancias de Díaz del Castillo en las regiones en que Hernán Cortés estuvo y se describen con lujo de detalles. Por otro lado, también según la hipótesis del mismo autor, hay evidencia en favor de que el autor de la Historia verdadera es el propio Cortés, pues los últimos tres años de vida del conquistador no están reportados en ningún documento oficial, a excepción del libro de Pedro de Albert acerca de una academia personal que Cortés había formado en su residencia de Valladolid. En dicho libro se describen detalladamente las discusiones literarias y de idioma que realizaba durante la redacción de la Historia verdadera.
No obstante, la historia personal de Bernal Díaz del Castillo, merece un capítulo aparte más acá o más allá del que ofrece con generosidad Cunninghame Graham. Con alrededor de 20 años y careciendo de bienes personales, este joven se embarcó en 1514 con destino a América en la expedición de Pedro Arias Dávila, nombrado un año antes gobernador de Castilla del Oro, la antigua posesión autónoma ubicada en la región occidental del Reino de Tierra Firme en el extremo noroeste de Sudamérica durante la colonización española.
Después de participar en algunas expediciones y acumular algunas riquezas y poder, Díaz del Castillo decidió permanecer en la recién conquistada Cuba, donde gobernaba Diego Velázquez de Cuéllar, quien le prometió indios en encomienda. Allí permaneció dos años esperando esta merced que nunca llegó a efectuarse. Se le propuso entonces regresar a su tierra, pero era un momento especialmente delicado en la Península Ibérica y decidió permanecer en las tierras recién descubiertas, pues el oro y los diamantes eran tentadores.
En 1519 se unió finalmente a la expedición al mando de Hernán Cortés que culminaría con la caída de México y la conquista del Imperio Azteca y otras regiones cercanas. Su supuesto buen trato hacia los indios llevará al presidente de la Real Audiencia de México, Sebastián Ramírez de Fuenleal a nombrarle visitador general para evitar que se herrasen indios (es decir, para evitar que se les convirtiera por la fuerza en esclavos). Esas actitudes serán recompensadas luego con una probanza de méritos en la Ciudad de México. No se sentiría, sin embargo, debidamente reconocido y persiguiendo otro afán, Díaz del Castillo hará varios viajes a España en demanda de mercedes. En el primero de ellos llevó consigo sendas cartas escritas por el virrey Antonio de Mendoza y Hernán Cortés recomendándole. No obstante, fue rechazado por el Consejo de Indias; sin embargo, en un segundo intento logró que se le expidiesen cédulas a su favor que le regresaban las encomiendas en Chiapas y Tabasco que le habían quitado mientras estuvo en la expedición de Honduras.
En esas marchas y contramarchas se sucederían demasiados años y contingencias y se cree que la brillante obra que nos ocupa, Bernal la empezó a escribir con más de 84 años, la cual figura como la única obra popularmente atribuida a él. Por este libro transitan personajes españoles y mexicanos, y se describe, con gran riqueza de detalles, el ambiente que rodeaba a cada una de las acciones emprendidas desde los primeros contactos con los habitantes americanos hasta las expediciones militares por Centroamérica, pasando por las batallas en Tabasco y México Tenochtitlan y el viaje de Cortés a las Hibueras.
La obra fue concluida en 1575 y circuló manuscrita hasta que una copia fue publicada póstumamente en 1632; de ella existen dos ediciones diferentes y se cree que solo una es auténtica, aunque con algunas variantes; la segunda, se considera una falsificación o edición contrahecha que imita la primera variante escrita a finales del siglo XVII o principios del XVIII, aunque muchos siguen considerándola como primera edición. Una de estas variantes cuenta con un capítulo final que no tiene la otra y corrige dos erratas tipográficas. El texto tiene un estilo épico acerca de los sucesos acaecidos y es cautivadora desde las primeras líneas. Nos narra el proceso de la conquista de una manera ruda, aunque sencilla, ágil y directa. Cada página es un retrato pintoresco plagado de detalles. Leer esta crónica es transportarse al pasado y vivir al lado de un soldado todos los sucesos de la conquista, tales como descripciones de lugares, relatos de personajes, anécdotas, críticas agudas y angustiantes relaciones de fatiga y peligros enfrentados. Cada uno de los doscientos catorce capítulos se convierten en una grata vivencia para el lector. Como muestra de la sencillez de su estilo, Bernal narra un asombroso fragmento de cuando los españoles entraron por primera vez a la ciudad de México.
Y aquí viene la polémica. En el prólogo, Díaz del Castillo advierte que él no es un “latino letrado” y que carece de estudios universitarios; sin embargo, el texto contiene citas de Julio César y del emperador romano Marco Aurelio, y esta literatura solamente estaba disponible para las élites renacentistas europeas. También se aprecia, o se compara, con el estilo literario de Luis Vélez de Guevara (dramaturgo y novelista español, contemporáneo de Bernal) que en su obra Libro áureo de Marco Aurelio habla de las cincuenta y tres batallas del emperador romano y que también Cortés las iguala. Se ven, por otro lado, reflexiones y lecciones de la esencia del poder con un grado elevado de dramaturgia, reflejando la cultura y personalidad de Cortés. La gran cantidad de datos culturales y la forma tan estructurada y estilizada de la obra hacen dudar que proviniera de un soldado raso, casi analfabeto (agrego como dato que la población común en España del siglo XIX tenía un porcentaje de analfabetismo del 80 por ciento y se estima que en el siglo XVI superaba el 95 por cierto), por lo que, seguramente, la mayoría de la expedición de Cortés era analfabeta también. Esto muestra que Díaz del Castillo siendo no letrado pudiera realizar tal obra, inclusive él mismo afirma ser “un idiota sin letras” (De sabios siempre se pega algo de su ciencia a los idiotas y sin letras como yo soy…). No obstante, gracias a esa obra, también podemos acompañar a los españoles en sus penurias (Cada día menguaban nuestras fuerzas y la de los mexicanos crecían, y veíamos muchos de los nuestros muertos y todos los demás heridos, y aunque peleábamos muy como varones no podíamos hacer retirar ni que se apartasen los muchos escuadrones que de día y de noche nos daban guerra, y la pólvora apocada, y la comida y el agua por consiguiente, (...) en fin, veíamos la muerte a los ojos, (...) y fue acordado por Cortés y por todos nuestros capitanes y soldados de que noche nos fuésemos, cuando viésemos que los escuadrones guerreros estuviesen más descuidados….).
Curiosamente, los textos de los conquistadores fueron prohibidos en España en 1527, y su impresión, venta y posesión eliminados en lo posible; a su vez los documentos existentes confiscados y quemados en plazas públicas de Sevilla, Toledo y Granada. Esta inquisición hacia la literatura se debió a la popularidad en España y Europa de las narraciones de los conquistadores. Bernal, por su parte, afirma tener acceso a todas ellas, a pesar de considerarse un soldado raso y ser muy improbable poder burlar la prohibición de Carlos V para que estas le llegaran desde España, Italia y Francia (en sus respectivos idiomas) hasta Guatemala, evadiendo los impuestos aduaneros y evitando su destrucción por mandato real durante todo el trayecto, todo eso antes o inmediatamente cuando las obras que critica son publicadas.
Luego se observa lo que se cree puede ser una falsa rusticidad del autor al escribir con incorrecta ortografía nombres de personajes y toponímicos mexicanos, cuando otros autores (incluyendo a su supuesto rival literario, Gómara) los escriben correctamente. Se supone, además, que Bernal ya había leído a estos autores; siendo esto incongruente al ver que hace citas literarias de alta especialidad cultural y no puede transcribir nombres correctos con las versiones correctas de Gómara y el propio Cortés, las cuales afirma tener mientras redacta su obra.
Tampoco es raro no encontrar en sus textos inteligentes comentarios sobre el cronista real Francisco López de Gómara y su Historia general de las Indias. Bernal le acusa de hablar a sabor de su paladar, alabando a Cortés, callando y encubriendo las hazañas de los soldados. Su argumento era que escribían historias quienes no se hallaron presentes en la Nueva España y sin tener relación en lo realmente acontecido. A este respecto, nuestro cronista escribe:
“Estando escribiendo en esta mi crónica, acaso vi lo que escribieren Gómara e Illiescas y Jovio en las conquistas de México y Nueva España y desde que las leí y entendí (...) y estas mis palabras tan grotescas y sin primor, dejé de escribir en ella, y estando presentes tan buenas historias y con este pensamiento torné a leer y mirar muy bien las pláticas y razones que dicen en sus historias y desde principio y medio no hablan de lo que pasó en la Nueva España...”
Christian Duverger publicó su libro Crónica de la eternidad, sosteniendo la hipótesis de que Bernal Díaz del Castillo no fue en realidad el autor de Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, sino el propio conquistador Hernán Cortés. A esto se suman estudios recientes que también atribuyen la obra a Cortés. El argumento central se basa en que Díaz del Castillo era muy viejo, sin educación y sin haber acompañado a Cortés en todas sus expediciones militares al ser muy improbable que el soldado raso lo siguiera a todas partes e incluso a su boda; según Duverger, no existen registros de las estancias de Díaz del Castillo en las regiones en que Hernán Cortés estuvo. Por otro lado, también según la hipótesis del mismo autor, hay evidencia a favor de la autoría de Cortés de la Historia verdadera, los últimos tres años de vida de Cortés no están reportados en ningún documento oficial, a excepción del libro de Pedro de Albert.
Entre 1562-1565 los tres hijos de Cortés intentan recuperar el poder en la Nueva España. Se cree que al hacer que el hijo mayor, Martín Cortés trajera los documentos originales de la Historia verdadera y los entregara a Bernal Díaz Del Castillo, donde el hijo de este le atribuye todo a su padre, para poder obtener la herencia de su encomienda y fortalecer los reclamos en contra de las Leyes Nuevas, las cuales impedían que se heredaran las encomiendas, perdiendo de esta manera los descendientes. Sin demasiado énfasis, quizá la discusión siga y tienda a transformarse en pura literatura fantástica. ¿Díaz del Castillo o Cortés? Ya poco importa. En lo personal, con ecuanimidad, tiendo a creer que en la obra está la mano de ambos y es probable que no sea difícil reconocer un autor de otro.