El PSOE no asume su derrota en Andalucía, está rabioso por haber perdido el poder después de manosearlo durante 36 años. Y se ha puesto al frente de las manifestaciones para protestar por el cambio de Gobierno. O lo que es lo mismo, para atacar a la democracia.
Susana Díaz ha aprovechado la convocatoria de las feministas radicales que querían denunciar el “machismo” de Vox para organizar una protesta por la formación del nuevo Gobierno de la “extrema derecha”, fletando autobuses y animando a sus militantes a acudir. Pero resulta delirante que reivindique su derecho a gobernar por haber sido el partido más votado, cuando Pedro Sánchez está al frente del Ejecutivo con medio centenar de escaños menos que el PP o Manuela Carmena es la alcaldesa de Madrid cuando Esperanza Aguirre ganó las elecciones. Y así en media España.
Se debería cambiar la ley electoral para que gobierne el partido más votado tanto en las elecciones generales, como en las autonómicas y municipales. Pero mientras se mantenga la legislación actual, hay que aceptar las reglas del juego.
La irrupción de Vox en el Parlamento andaluz y su creciente protagonismo en la política española se ha convertido en el nuevo mantra de la izquierda para atacar al PP y a Ciudadanos por aceptar su apoyo. Hasta Pedro Sánchez, que acaba de comparecer ante un Parlamento europeo semivacío, entre otras muchas obviedades, ha denunciado el peligro de los “extremismos” para el futuro de la UE. Y no se refería a sus socios de Gobierno, sino a Vox.
El PSOE no puede dar lecciones de democracia cuando se manifiesta contra la formación del nuevo gobierno en Andalucía. Vox ha obtenido 400.000 votos y sus dirigentes han decidido apoyar con sus 12 escaños al PP y Ciudadanos para, de paso, echar a los socialistas del Palacio de San Telmo. Así es la democracia. Y Susana Díaz debería asumirlo por muy decepcionada que esté por haber perdido el poder.