Opinión

La Argentina, o el obstinado espejo

TRIBUNA

Roberto Alifano | Lunes 21 de enero de 2019

El filósofo Víctor Massuh, tituló a un libro suyo, que yo no vacilo en considerar imprescindible, La Argentina como sentimiento; precioso nombre para un texto entrañable, que ahora no tengo entre mis manos porque alguien lo sacó -felizmente- de su sitio en mi desordenada biblioteca y lo debo consultar a través de internet. Por supuesto, no faltó quién (de cuyo nombre prefiero no acordarme), casi inmediatamente y con afán publicitario, le contestó en otro volumen, de tono comercial y prosaico con el tituló La Argentina como pensamiento, que pasó, como corresponde, sin pena ni gloria y nadie lo recuerda.

En su Argentina, Víctor Massuh pasa revista a las muchas y contradictorias definiciones con que se intenta abarcar el supuesto mal argentino, que comprende desierto versus población; catolicismo versus laicismo; Fuerzas Armadas versus justicia y partidos políticos; oligarquía y chovinismo versus inmigración. La mayoría, en general, expresadas en dicotomías tajantes y casi concluyentes, con diagnósticos globales que se entrechocan, se vuelven confusos, e intentan revelar que el problema argentino no es un hecho histórico sino un estado del alma; es decir, “la falta de fe, el vacío del descreimiento y la inoperancia oficial”. Bajo esa consigna, mi bien recordado amigo Massuh parte en busca de un modelo argentino que, sin diluirse en abstracciones, mantenga una saludable coherencia con la realidad y supere las tenaces dicotomías que ensombrecen activamente el panorama nacional. Eso sí, siempre lo vernáculo opuesto a lo europeo, el primitivo caudillismo, que enfrenta a la intelectualidad, la civilización ante la barbarie; sin olvidar, claro está, las mayorías iletradas reñidas con las ilustradas minorías. En fin, en ese terreno el tema de siempre y conflictiva actualidad.

Para Massuh, sincero en sus reflexiones, la tarea urgente es alcanzar una legitimidad que surja intelectualmente al subordinar la voluntad a una norma ética y jurídica, que devenga de inmediato en constitucional. “Cuando un ser humano -conjetura nuestro filósofo- descubre que su contradictor es una prolongación de sí mismo, que el único caudillaje auténtico es el que se ejerce sobre la propia voluntad y no sobre los otros, cuando además comprende que la libertad es conquista de sus manos y no una dádiva de los otros, en ese preciso instante la democracia levanta su reino.”

Ojalá, patrióticas y glamorosas palabras. Ahora bien. ¿Existe un genuino mal argentino, una suerte de pecado original que justifique la obsesión analítica de tantos enjuiciadores de nuestra época en nuestro propio país? Esta es la pregunta inicial que debemos hacernos y que nos hacemos todo el tiempo; es así como las páginas del ensayo de Massuh obedecen, a la esperanza o al anhelo de seguir construyendo un país como verdaderamente corresponde y no una republiqueta que choca a los tumbos con una realidad insoslayable que también advirtieron quienes nos visitaron y han sido críticos de nuestra melancólica realidad, destinada a empantanarse como una vaca que, con cada corcovo, se hunde más en el lodazal.

Don José Ortega y Gasset, por ejemplo, desde que visitó por primera vez a la Argentina en 1918, con su consabido oficio de agudo analista de la realidad, se encargó de señalas grietas y errores fatales; cabe agregar que realizó dos viajes más. En su tercera estadía, que se extendió desde mediados de 1939 hasta febrero de 1942, al exiliarse de la dictadura de Franco; cuando pisó Buenos Aires con la intención de quedarse y terminar sus días en la República donde tenía amigos que lo admiraban y querían entrañablemente (“El sitio donde más fraternalmente se practica la amistad”, dejaría escrito).

Pero sucedió que, sin embargo, contra todos los pronósticos, Ortega se encontró aquí marginado y atravesando, como le confesó a Victoria Ocampo, la etapa más difícil y dura de su vida. Había sido víctima de la piratería editorial, y vio naufragar su intento de prolongar la obra interrumpida de la Revista de Occidente para asegurar con ello su medio de vida. El poeta León Benarós, compartió con él un programa de radio que debió hacer para poder sobrevivir. Lo espantó, además, advertir cómo se malentendían algunas de sus afirmaciones y llegó a interrogarse angustiado: “¿Qué tengo yo que hacer en el centro de Buenos Aires, queréis decírmelo?”. Nos dejó, por el contrario, con bonhomía y afecto sus memorables páginas escritas aquí sobre el “Imperio Romano”, los cursos sobre “El hombre y la gente” y “Sobre la razón histórica”, y, en especial, el libro Ideas y creencias y la no menos célebre conferencia “Meditación del pueblo joven”, pronunciada en la Universidad de La Plata, en cuya fórmula “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas!” cabe cifrar su prédica constante hacia nuestro desperdiciado país, presa siempre de una decadencia insuperable más allá de cualquier ideología o falsedad política.

El desalentado Ortega se marchó una tarde de 1942 para no volver nunca más. En esta sazón de conmemoraciones, sus escritos nos interpelan nuevamente y de manera exigente. ¿Podremos releerlos con voluntad firme y sosegada de comprensión? ¿Podremos imaginar con Ortega una Argentina “a la altura de los tiempos que vivimos”? Sería el mejor recuerdo de su primera visita y la mejor posibilidad para transformar aquel vínculo cordial en un verdadero estímulo para nuestro futuro. Aunque parece no serlo. ¿Y hasta cuándo?, nos preguntamos.

Bueno, resignación en este caso. Triste, pero cierto. No menos desesperanza evidenció don Luigi Pirandelo en sus dos tournées sudamericanas: la primera en 1927 y la otra en 1933. A través del escrutinio de distintas crónicas periodísticas, se puede reconstruir no sólo el calendario de las actividades de tan ilustre huésped, la acogida por parte del campo intelectual de las décadas del veinte y del treinta, sino que se pueden observar sus polémicas declaraciones de apoliticidad a la luz del proyecto de fascitización proyectado desde la Italia de Mussolini hacia las “colonias de ultramar”, que algunos años después serían llevadas a la práctica por la demagogia populista del peronismo, santificador de sus líder (todo en esa década llevaba los nombre propios de “Evita” y de “Perón”, como en los mejores días del ducce o del mismísimo fürer, con el beneplácito y la complacencia de los nombrados. En una famosa entrevista, don Luigi se queja del localismo que impide ver un horizonte amplio y generoso.

Pero vayamos también al primer desembarco de Pirandello en la Argentina, que se inscribe en un contexto de ilustres visitantes que van configurando el espacio porteño como capital cultural para artistas y pensadores de distintas procedencias. Hacia el final de esa Belle Époque de los años veinte llegan Marcel Duchamp, Le Corbusier, Albert Einstein, Waldo Frank, Valery Larbau, Jacques Maritain y Pierre Drieu La Rochelle, entre otros, que constituyen algunos de los nombres más destacados de tal afluencia de embajadores culturales, que no pueden entender, el otro margen que más acá del afán renovador que acomuna a la mayoría de los exponentes de la intelectualidad porteña y bonaerense, se desconozca un reconocimiento social hacia los que menos tienen. Hay testimonios más simpáticos, no obstante, como el del poeta Raúl González Tuñón, de que en el Café Tortoni, fue testigo de Carlos Gardel cantando sus tangos en homenaje a Pirandello. Estos escritores, pintores e inventores trabajaron, desde formatos experimentales y entrecruzadas poéticas costumbristas, en incesantes reformulaciones sobre el lenguaje, el espacio y la imagen, con el objetivo último de concebir propuestas de carácter vanguardistas capaces de responder a las exigencias de autonomía y ruptura que concitaban sus respectivas labores artísticas y científicas.

Desde 1921, año en que Borges publica en la revista Nosotros el hoy célebre “Manifiesto Ultraísta” y contrapone la estética activa del prisma al consagrado verso del inmaculado Leopoldo Lugones, Buenos Aires asume el perfil de un efervescente laboratorio cultural donde cafés, asociaciones y círculos intelectuales se convierten en sus espacios habituales de exposición e intercambio artístico y cultural con una formidable ventana al mundo. Vale recordar, que el ilustre presidente de la Nación, el doctor Marcelo Torcuato de Alvear, cuando concluía sus tareas de Estado, caminaba casi cotidianamente las cinco o seis cuadras que lo separaban desde el Palacio de Gobierno hasta el todavía vigente Café Tortoni. “Yo vivía en un modesto hotel de la avenida de Mayo -evocó ante mí el poeta Carlos Mastronardi- y no poca veces me encontré con el presidente que solo o acompañado por algunas personas, al saludarlo, me proponía que lo acompañara a la memorable tertulia que incluía a los hermanos González Tuñón, ambos comunistas, y a los conservadores o radicales Borges, Petit de Murat, Enrique Banchs y un servidor”.

Ante estas figuras se exhibieron los lienzos de inspiración futurista de Emilio Pettoruti, se ejercitó la “panlingua” y el “neocriollo” (los idiomas inventados por el astrólogo y pintor Xul Solar), que se alternaron con maquetas criollistas y cosmopolitas de las nuevas mitologías urbanas representadas en el tango y su espectacular danza, alentadas por las proclamas martinfierristas redactadas por el poeta Oliverio Girondo, que identificaban el nacimiento de una “nueva sensibilidad americana” anunciada por el inconmensurable Rubén Darío de paso por Buenos Aires. Oliverio y sus amigos exigen deshacer a “tijeretazos todo cordón umbilical” que los vincula con la tradición. El manifiesto de Martín Fierro pone así de relieve la urgencia de renovación sensible, indisolublemente aunada a las batallas por la independencia cultural y a la busca de un lenguaje propio. El programa se publica ante “la necesidad imprescindible de definirse y llamar a cuantos sean capaces de percibir que nos hallamos ante la inminente presencia de una nueva sensibilidad y de una nueva comprensión que, al ponernos de acuerdo con nosotros mismos, nos descubra panoramas insospechados y nuevos medios y formas de expresión”. De esa forma la vanguardia argentina logra conciliar su preocupación estetizante con la reflexión acerca del sujeto y el idioma nacional (como no podía ser de otro modo en un campo intelectual con tal alto porcentaje de heterogeneidad e involucrado en la disolución de remanentes dependencias culturales).

Se puede o no estar de acuerdo con la propuesta, pero sin duda es algo renovador que trae un aire nuevo en estas márgenes del Río de la Plata, Océano mediante y se propaga hacia toda América. Pero, sin duda, es imprescindible recordar que el Movimiento Modernista se produce aquí y no en Europa y cobra vida cuando Rubén Darío pisa tierra Argentina y despliega sus banderas revolucionarias de renovación del idioma en la ciudad de Buenos Aires, echa a imagen y semejanza de la asombrosa París; aunque también de Londres, Viena y Berlín.

Sea como fuere, que yo sepa, el esencial libro de Víctor Massuh no es texto obligado en los colegios. La política educativa y los programas vigentes inexplicablemente no lo incluyen en un momento del país en que resultaría fundamental. Quizá haya un secreto temor en quienes han cerrado la escuelita de Sarmiento en las casi inexpugnables islas del Tigre y ahora pretender eliminar las escuelas nocturnas. “Cuando yo era joven -me confesó un humilde ciudadano- no podíamos estudiar porque la pobreza lo impedía; ahora nos quieren prohibir que estudiemos”.

Víctor Massuh nació en Tucumán, patria de sus mayores, en 1924 y murió en 2008 en Buenos Aires. Estudió en la Universidad Nacional de Tucumán donde obtuvo el título de Doctor en Filosofía. Fue criticado porque en plena dictadura aceptara dirigir el Departamento de Filosofía bajo el gobierno del general Onganía, tras “la noche de los bastones largos”. No lejos de la plaza principal de su ciudad, ahora hay una calle que lleva su nombre