Opinión

La mentira imbatible (III)

TRIBUNA

Natalia K. Denisova | Sábado 26 de enero de 2019

La historia de España e Hispanoamérica ha sido manipulada durante siglos y ahora más que nunca. La manipulación de las crónicas o los textos históricos que describen los virreinatos americanos fue llevada a cabo en numerosas obras. La Visión de los vencidos no es la única obra que tergiversa los textos del franciscano Sahagún. Tanto Garibay como su discípulo, León Portilla, tienen, por desgracia, otros numerosos trabajos basados en la manipulación de los textos del sabio Sahagún. Garibay y León Portilla marcaron la visión indigenista y fortalecieron la interpretación de la conquista como una invasión cruenta de los españoles. Porque no ha habido una respuesta contundente a todas estas tergiversaciones, engaños y falacias, deberíamos empezar por desmontar una por una estas triquiñuelas “intelectuales” de una “historia” demasiado ideologizada, por ejemplo, qué significado tiene eso que llaman los indigenistas "pensamiento prehispánico". Pasémosle revista a este asunto.

La obra de Garibay llamada la Epica náhuatl es del año 1945. El libro tiene cuatro partes, la primera titulada “Poemas sagrados”, va seguida por tres ciclos de la poesía tenochca, texcocana y tlaxcalteca. Los dos últimos están basados principalmente en las crónicas del criollo Fernando Alba Cortés Ixtlilxóchitl, a quien Garibay sólo menciona por su apellido de origen indio Ixtlilxóchitl, y el ciclo tlaxcalteca proviene principalmente de la crónica del mestizo cacique Diego Muñoz Camargo. De nuevo, Sahagún es la fuente principal; y, otra vez, su obra aparece sin ser citado el autor que es sustituido por sus “informantes”; y, una vez más, desaparece la autoría de Sahagún no así Tezozómoc ni Ixtlilxóchitl. Garibay destaca al reino de Tenochtitlan como el ejemplo más refinado de “cultura nahua” frente a los señoríos de Tlaxcala y Tezcoco. Garibay quiere demostrar la existencia de una verdadera épica prehispánica en la lengua náhuatl. Lo hace comparando las leyendas y poemas nahuas con la Ilíada o con las creaciones del Medievo europeo, incluso llega a ilustrarlo comparando las métricas de las leyendas de Creación del Sol y la Luna con el “verso épico” del Mio Cid. Al realizar este ejercicio, Garibay sigue la tradición criolla del siglo XVII y especialmente del siglo XVIII, que buscaba las afinidades entre las culturas indígenas y las culturas europeas de la Antigüedad, como Grecia y Roma. Garibay, como buen estudioso de las letras clásicas, trata de acercar la “épica náhuatl” a las características marcadas por Aristóteles en sus obras. Garibay defiende que los poemas y cantares indios forman parte del legado universal, insiste en el “alto interés nacional” que tuvieron estas obras para los oyentes prehispánicos y para los de los tiempos de la conquista.

Sin embargo, la comparación entre las métricas náhuas y del poema de Mío Cid deja abierta la cuestión de su autenticidad. La traducción de Garibay con dificultad se ajusta a los criterios rigurosos de la traducción académica. Él mismo dice: “He mudado un poco la frase, dándole ligereza, pero conservando sus palabras. Se omiten todas las referencias y fastidiosas sincronías, casi siempre erróneas”. ¿Hasta dónde llegan estas modificaciones? ¿No alteran el ritmo de la frase náhua? Estas cuestiones siguen abiertas. Tanto en la Épica náhuatl como en la posterior obra Historia de literatura nahuatl, Garibay se siente libre a la hora de “restaurar” los textos náhuatl, de tal manera que la épica náhuatl está construida por él, revestida con nuevas rimas y métricas, cuya coincidencia con las narraciones de indios de siglos XV y XVI está todavía por comprobar.

Más tarde Garibay redactó la Historia de la literatura nahuatl (1953) considerada una obra canónica para el estudio del legado náhuatl. Él distingue dos etapas: la “Etapa autónoma: de c. 1430 a 1521” y “El trauma de la conquista (1521-1750)”. Garibay dedicó un tomo a “los escritos prehispánicos”, señalando cuan poco había quedado hasta hoy y lo mucho que fue destrozado por los españoles. A pesar de este lamento, Garibay basa su obra en los 28 documentos, todos ellos redactados después de la conquista. Las fuentes más citadas de la Historia de la literatura son: los Cantares mexicanos, la Historia general de Sahagún, el Códice florentino, el Códice matritense, la Historia de las Indias de Diego Durán, también obras de Tezozómoc, Ixtlilxóchitl, Chimalpahin. Si hubiera habido voluntad de aclarar la procedencia de estas fuentes, el lector sabría que muchos de estos autores lejos de ser indígenas, eran mestizos o, en caso de Fernando Alba Cortés Ixtlilxóchitl, criollo, cuyos tres abuelos eran españoles. Muchos de ellos no escribían para lamentarse de la conquista, como afirma Garibay, sino para pedir más privilegios al monarca o al virrey. Fueron representantes de la segunda generación postconquista, que utilizaron los cantares y leyendas para ponderar el papel de sus antepasados y, de este modo, destacar su linaje frente a otros, idealizando los hechos históricos. Las vidas de estos personajes contradicen al tópico sobre los vencedores y vencidos, donde los indios estaban marginados. La mayoría de ellos estaban perfectamente integrados en la sociedad virreinal.

El doble y ambiguo criterio utilizado por Garibay aparece, sobre todo, cuando desvincula los cantares recopilados por Sahagún y la obra de Andrés de Olmos, otro autor que estudió las creencias indígenas, de sus autores. No obstante, no cuestiona la autoría de Ixtlixochitl o Chimalpahin, aunque ellos también apuntaban lo que les contaban los otros indios. Garibay trata de justificar esa contradicción, pero fracasa en el intento. Lean, queridos lectores, la cita de Garibay y comprobarán fácilmente el brutal nacionalismo de Garibay: “[…] aunque aparecen, al menos una de ellas, como obra de un religioso, de hecho en su forma netamente náhuatl son obras de indios(...): tenemos en estas obras que vamos a ver en rápido vuelo un primer brote de nacionalismo, aunque quizá son plena advertencia. No hay que esperar al siglo siguiente para que se vean brotar las plantas nacionales: ya en este mismo siglo XVI, al cual pertenecen todas las obras que voy a estudiar, se advierte un espíritu mexicanista y se palpa la anhelosa intención de aprovechar todo lo que la cultura europea ha dado al escritor para proponer cosas de la realidad nacional, con un tinte peculiar que haga incorporación de los valores antiguos en los modernos. Es un perfecto caso de fusión de las culturas. Muestra de lo que pudo ser una literatura perfectamente lograda, si la tenaz persecución de la lengua y la misma degradación social del indio no la hubiera matado en su nacimiento.” (v. II, p.236). He aquí el quid de la cuestión: la interpretación indigenista-nacionalista que elaboró Garibay fue continuada por Miguel León Portilla, quien no puede dejar reconocer que el autor de la mejor obra sobre las costumbres indias pertenece a franciscano español, Sahagún.

Para justificar “el brote temprano” de la “mexicanidad” es imprescindible convertir a los indígenas en los autores de este trabajo de recopilación y recuperación de las costumbres indias. La autoría de Sahagún quita el mérito a los indios. Los nacionalistas mexicanos no pueden reconocer que su fuente principal es una obra de un religioso “colonizador”. Garibay es muy persistente en este punto. Aquí hay otro ejemplo: los Coloquios de Sahagún, donde el fraile describe las conversaciones entre los primeros doce franciscanos y los indios, sacerdotes y caciques. Los religiosos tratan de persuadir a los indios que su modo de vida es inapropiado para una convivencia pacífica de una sociedad, por lo cual es necesario dejar sus creencias idolátricas. Garibay dice a propósito de los Coloquios: “Aquel nacionalismo, que se cree ser de etapas posteriores, fácilmente se advierte que ya comienza a florecer en documentos del mismo siglo de la Conquista. Vencidos y dominados los nativos, tratan de conservar para la historia y la cultura del porvenir la memoria de sus heroicos hechos y adquirir así la gloria que nunca muere: la de la poesía creadora, que resulta eterna.” Aquí Sahagún también es privado de los Coloquios: “aunque el libro se da por obra de Sahagún, tenemos que hacer una atenta distinción de partes y de obras en ella”, la castellana es de él, pero la de náhuatl es de indios. Garibay convierte en los autores de esta obra a los colaboradores cuyos nombres y lugares de procedencia nos señala el propio franciscano Sahagún. He aquí una idea fundamental de la Historia de la literatura náhuatl de Garibay: la pronta aparición de la conciencia nacional mexicana, justo después de la conquista que no pudieron reprimir los españoles, ni erradicar su lengua vernácula que es náhuatl.

La obra de Garibay es, sin duda, poco rigurosa a la hora de interpretar las obras que analiza. Parece que el propio autor bien sabía que su Historia de la literatura náhuatl puede ser el blanco de numerosas críticas. Por esta razón se disculpa diciendo que esta obra es “un apresurado recuento de materiales” con lagunas, porque siendo la obra para los especialistas “sin títulos yo, me atreví a intentarla” y la ofrece “a mi patria y a mis compatriotas”. Garibay subraya que su estudio es incompleto porque está basado en la documentación indirecta e incompleta por los destrozos que sufrió; además, es deficiente por la censura religiosa o cultural que influyó en los autores. A pesar de esta “precaria base”, Garibay insiste que ha recopilado los testimonios suficientes para juzgar del valor literario de la antigua producción náhuatl para ver “lo que pensaron nuestros predecesores en este suelo mexicano”, “tengamos o no sangre india, tenemos una herencia que nos toca a todos y de la que todos podemos gloriarnos”. La base de datos que usa Garibay es verdaderamente limitada, porque el análisis más elemental de los materiales que cita revela numerosísimas repeticiones de mismas fuentes como “los informantes de Sahagún” o su Historia general, el Códice florentino o los Códices matritenses. Garibay aclara que el mismo fragmento del texto antiguo aparece con distintas traducciones, porque “al traducir del náhuatl tratemos de ensayar varias expresiones. Si en una se da un matiz, en otra se esfuerza el traductor a dar el otro”. Es decir, que las repeticiones de las mismas leyendas y cantares son sumamente frecuentes. Esto mina la credibilidad de la Historia del padre Garibay. Pero menos todavía se entiende cómo la historiografía actual no ha criticado la Historia de literatura de Garibay; al contrario, esta obra sigue citada como autoridad en los estudios del náhuatl, los argumentos precarios de Garibay siguen siendo la base para las interpretaciones actuales de especialistas que siguen ciegamente al padre Garibay. La rigurosa crítica de este libro produciría un cambio enorme entre la escuela de los estudiosos de la cultura náhuatl.

Miguel León Portilla en Ritos, sacerdotes y atavíos de los dioses (1958) muestra gran afinidad, obviamente, con las ideas de su maestro Garibay. León Portilla disfraza la retórica de la "mexicanidad" de Garibay y atribuye a los indígenas “la conciencia histórica” y el “arraigado empeño de conservar a la letra las ideas y tradiciones contenidas en todos los cantares divinos”. León Portilla insiste, sin mayores argumentos y pruebas, en que la conquista fue traumática y estuvo marcada por la crueldad. Su nacionalismo mexicano es de libro. Es un horror para el progreso de la historia crítica de Hispanoamérica. Como su maestro, da por fundada la quema de los códices prehispánicos y menciona las obras de Sahagún como el Códice Matritense o el Códice Florentino, pero sin mencionar al franciscano, aunque estos son sus manuscritos. Es necesario notar que Portilla utiliza la edición del Códice Florentino de Anderson y Dibble y estos investigadores reconocen la autoría de Sahagún. Para León Portilla, el Códice Matritense es una muestra de “el empeño que ponían los náhuas en conservar literalmente las tradiciones e ideas contenidas en sus poemas”. Estas atribuciones y comentarios de León Portilla son una libre interpretación del material histórico y no un análisis ajustado a la realidad histórica. Igual que Garibay en su Historia de la literatura nahuatl, Portilla insiste en que Sahagún aparece como un pretexto o una posibilidad para salvar la “memoria ancestral”: “Conociendo además la forma indígena de conservar sus historias y tradiciones por medio de las pinturas, algunas hechas tal vez ex-profeso, y otras quizás conservadas, ocultamente por los indios, que deberían servir de guía para el informe oral, siguiose [sic] así fielmente el sistema prehispánico de conservar y transmitir la historia y la tradición.”

Vemos que León Portilla da un toque de dramatismo añadiendo las palabras como ex-profeso y ocultándolo. ¿Son justificadas estas exageraciones? Si hablamos de la obra de Sahagún parece dramatismo exagerado atribuir a sus colaboradores este tipo de empeño por guardar sus pinturas “ocultándolas” por la sencilla razón de que su obra fue avalada por la orden franciscana y por al administración del virrey. Encontramos el mismo empeño en encontrar la “mentalidad” auténticamente indígena para la construcción del nacionalismo mexicano. Portilla ya no menciona como lo hacía Garibay la “mexicanidad” o la “raza” mexicana, ni busca su esencia, sino cambia con términos para que el lector crea que los escritos de Sahagún son la mera traducción de lo dicho por los indos interesados en guardar su historia y su “conciencia histórica” traumatizada por la conquista. Así, a través de las numerosas recopilaciones y ediciones, vemos como el proyecto de Sahagún, apoyado por la orden religiosa y el virrey, se convierte en una empresa heroica y peligrosa de los indígenas que tratan de recuperar sus creencias ancestrales. La “conciencia histórica” del pueblo mexicano no puede proceder de los textos escritos por un fraile.

La historia de España e Hispanoamérica ha sido manipulada durante siglos y ahora más que nunca. La manipulación de las crónicas o los textos históricos que describen los virreinatos americanos fue llevada a cabo en numerosas obras. La Visión de los vencidos no es la única obra que tergiversa los textos del franciscano Sahagún. Tanto Garibay como su discípulo, León Portilla, tienen, por desgracia, otros numerosos trabajos basados en la manipulación de los textos del sabio Sahagún. Garibay y León Portilla marcaron la visión indigenista y fortalecieron la interpretación de la conquista como una invasión cruenta de los españoles. Porque no ha habido una respuesta contundente a todas estas tergiversaciones, engaños y falacias, deberíamos empezar por desmontar una por una estas triquiñuelas “intelectuales” de una “historia” demasiado ideologizada, por ejemplo, qué significado tiene eso que llaman los indigenistas "pensamiento prehispánico". Pasémosle revista a este asunto.

La obra de Garibay llamada la Epica náhuatl es del año 1945. El libro tiene cuatro partes, la primera titulada “Poemas sagrados”, va seguida por tres ciclos de la poesía tenochca, texcocana y tlaxcalteca. Los dos últimos están basados principalmente en las crónicas del criollo Fernando Alba Cortés Ixtlilxóchitl, a quien Garibay sólo menciona por su apellido de origen indio Ixtlilxóchitl, y el ciclo tlaxcalteca proviene principalmente de la crónica del mestizo cacique Diego Muñoz Camargo. De nuevo, Sahagún es la fuente principal; y, otra vez, su obra aparece sin ser citado el autor que es sustituido por sus “informantes”; y, una vez más, desaparece la autoría de Sahagún no así Tezozómoc ni Ixtlilxóchitl. Garibay destaca al reino de Tenochtitlan como el ejemplo más refinado de “cultura nahua” frente a los señoríos de Tlaxcala y Tezcoco. Garibay quiere demostrar la existencia de una verdadera épica prehispánica en la lengua náhuatl. Lo hace comparando las leyendas y poemas nahuas con la Ilíada o con las creaciones del Medievo europeo, incluso llega a ilustrarlo comparando las métricas de las leyendas de Creación del Sol y la Luna con el “verso épico” del Mio Cid. Al realizar este ejercicio, Garibay sigue la tradición criolla del siglo XVII y especialmente del siglo XVIII, que buscaba las afinidades entre las culturas indígenas y las culturas europeas de la Antigüedad, como Grecia y Roma. Garibay, como buen estudioso de las letras clásicas, trata de acercar la “épica náhuatl” a las características marcadas por Aristóteles en sus obras. Garibay defiende que los poemas y cantares indios forman parte del legado universal, insiste en el “alto interés nacional” que tuvieron estas obras para los oyentes prehispánicos y para los de los tiempos de la conquista.

Sin embargo, la comparación entre las métricas náhuas y del poema de Mío Cid deja abierta la cuestión de su autenticidad. La traducción de Garibay con dificultad se ajusta a los criterios rigurosos de la traducción académica. Él mismo dice: “He mudado un poco la frase, dándole ligereza, pero conservando sus palabras. Se omiten todas las referencias y fastidiosas sincronías, casi siempre erróneas”. ¿Hasta dónde llegan estas modificaciones? ¿No alteran el ritmo de la frase náhua? Estas cuestiones siguen abiertas. Tanto en la Épica náhuatl como en la posterior obra Historia de literatura nahuatl, Garibay se siente libre a la hora de “restaurar” los textos náhuatl, de tal manera que la épica náhuatl está construida por él, revestida con nuevas rimas y métricas, cuya coincidencia con las narraciones de indios de siglos XV y XVI está todavía por comprobar.

Más tarde Garibay redactó la Historia de la literatura nahuatl (1953) considerada una obra canónica para el estudio del legado náhuatl. Él distingue dos etapas: la “Etapa autónoma: de c. 1430 a 1521” y “El trauma de la conquista (1521-1750)”. Garibay dedicó un tomo a “los escritos prehispánicos”, señalando cuan poco había quedado hasta hoy y lo mucho que fue destrozado por los españoles. A pesar de este lamento, Garibay basa su obra en los 28 documentos, todos ellos redactados después de la conquista. Las fuentes más citadas de la Historia de la literatura son: los Cantares mexicanos, la Historia general de Sahagún, el Códice florentino, el Códice matritense, la Historia de las Indias de Diego Durán, también obras de Tezozómoc, Ixtlilxóchitl, Chimalpahin. Si hubiera habido voluntad de aclarar la procedencia de estas fuentes, el lector sabría que muchos de estos autores lejos de ser indígenas, eran mestizos o, en caso de Fernando Alba Cortés Ixtlilxóchitl, criollo, cuyos tres abuelos eran españoles. Muchos de ellos no escribían para lamentarse de la conquista, como afirma Garibay, sino para pedir más privilegios al monarca o al virrey. Fueron representantes de la segunda generación postconquista, que utilizaron los cantares y leyendas para ponderar el papel de sus antepasados y, de este modo, destacar su linaje frente a otros, idealizando los hechos históricos. Las vidas de estos personajes contradicen al tópico sobre los vencedores y vencidos, donde los indios estaban marginados. La mayoría de ellos estaban perfectamente integrados en la sociedad virreinal.

El doble y ambiguo criterio utilizado por Garibay aparece, sobre todo, cuando desvincula los cantares recopilados por Sahagún y la obra de Andrés de Olmos, otro autor que estudió las creencias indígenas, de sus autores. No obstante, no cuestiona la autoría de Ixtlixochitl o Chimalpahin, aunque ellos también apuntaban lo que les contaban los otros indios. Garibay trata de justificar esa contradicción, pero fracasa en el intento. Lean, queridos lectores, la cita de Garibay y comprobarán fácilmente el brutal nacionalismo de Garibay: “[…] aunque aparecen, al menos una de ellas, como obra de un religioso, de hecho en su forma netamente náhuatl son obras de indios(...): tenemos en estas obras que vamos a ver en rápido vuelo un primer brote de nacionalismo, aunque quizá son plena advertencia. No hay que esperar al siglo siguiente para que se vean brotar las plantas nacionales: ya en este mismo siglo XVI, al cual pertenecen todas las obras que voy a estudiar, se advierte un espíritu mexicanista y se palpa la anhelosa intención de aprovechar todo lo que la cultura europea ha dado al escritor para proponer cosas de la realidad nacional, con un tinte peculiar que haga incorporación de los valores antiguos en los modernos. Es un perfecto caso de fusión de las culturas. Muestra de lo que pudo ser una literatura perfectamente lograda, si la tenaz persecución de la lengua y la misma degradación social del indio no la hubiera matado en su nacimiento.” (v. II, p.236). He aquí el quid de la cuestión: la interpretación indigenista-nacionalista que elaboró Garibay fue continuada por Miguel León Portilla, quien no puede dejar reconocer que el autor de la mejor obra sobre las costumbres indias pertenece a franciscano español, Sahagún.

Para justificar “el brote temprano” de la “mexicanidad” es imprescindible convertir a los indígenas en los autores de este trabajo de recopilación y recuperación de las costumbres indias. La autoría de Sahagún quita el mérito a los indios. Los nacionalistas mexicanos no pueden reconocer que su fuente principal es una obra de un religioso “colonizador”. Garibay es muy persistente en este punto. Aquí hay otro ejemplo: los Coloquios de Sahagún, donde el fraile describe las conversaciones entre los primeros doce franciscanos y los indios, sacerdotes y caciques. Los religiosos tratan de persuadir a los indios que su modo de vida es inapropiado para una convivencia pacífica de una sociedad, por lo cual es necesario dejar sus creencias idolátricas. Garibay dice a propósito de los Coloquios: “Aquel nacionalismo, que se cree ser de etapas posteriores, fácilmente se advierte que ya comienza a florecer en documentos del mismo siglo de la Conquista. Vencidos y dominados los nativos, tratan de conservar para la historia y la cultura del porvenir la memoria de sus heroicos hechos y adquirir así la gloria que nunca muere: la de la poesía creadora, que resulta eterna.” Aquí Sahagún también es privado de los Coloquios: “aunque el libro se da por obra de Sahagún, tenemos que hacer una atenta distinción de partes y de obras en ella”, la castellana es de él, pero la de náhuatl es de indios. Garibay convierte en los autores de esta obra a los colaboradores cuyos nombres y lugares de procedencia nos señala el propio franciscano Sahagún. He aquí una idea fundamental de la Historia de la literatura náhuatl de Garibay: la pronta aparición de la conciencia nacional mexicana, justo después de la conquista que no pudieron reprimir los españoles, ni erradicar su lengua vernácula que es náhuatl.

La obra de Garibay es, sin duda, poco rigurosa a la hora de interpretar las obras que analiza. Parece que el propio autor bien sabía que su Historia de la literatura náhuatl puede ser el blanco de numerosas críticas. Por esta razón se disculpa diciendo que esta obra es “un apresurado recuento de materiales” con lagunas, porque siendo la obra para los especialistas “sin títulos yo, me atreví a intentarla” y la ofrece “a mi patria y a mis compatriotas”. Garibay subraya que su estudio es incompleto porque está basado en la documentación indirecta e incompleta por los destrozos que sufrió; además, es deficiente por la censura religiosa o cultural que influyó en los autores. A pesar de esta “precaria base”, Garibay insiste que ha recopilado los testimonios suficientes para juzgar del valor literario de la antigua producción náhuatl para ver “lo que pensaron nuestros predecesores en este suelo mexicano”, “tengamos o no sangre india, tenemos una herencia que nos toca a todos y de la que todos podemos gloriarnos”. La base de datos que usa Garibay es verdaderamente limitada, porque el análisis más elemental de los materiales que cita revela numerosísimas repeticiones de mismas fuentes como “los informantes de Sahagún” o su Historia general, el Códice florentino o los Códices matritenses. Garibay aclara que el mismo fragmento del texto antiguo aparece con distintas traducciones, porque “al traducir del náhuatl tratemos de ensayar varias expresiones. Si en una se da un matiz, en otra se esfuerza el traductor a dar el otro”. Es decir, que las repeticiones de las mismas leyendas y cantares son sumamente frecuentes. Esto mina la credibilidad de la Historia del padre Garibay. Pero menos todavía se entiende cómo la historiografía actual no ha criticado la Historia de literatura de Garibay; al contrario, esta obra sigue citada como autoridad en los estudios del náhuatl, los argumentos precarios de Garibay siguen siendo la base para las interpretaciones actuales de especialistas que siguen ciegamente al padre Garibay. La rigurosa crítica de este libro produciría un cambio enorme entre la escuela de los estudiosos de la cultura náhuatl.

Miguel León Portilla en Ritos, sacerdotes y atavíos de los dioses (1958) muestra gran afinidad, obviamente, con las ideas de su maestro Garibay. León Portilla disfraza la retórica de la "mexicanidad" de Garibay y atribuye a los indígenas “la conciencia histórica” y el “arraigado empeño de conservar a la letra las ideas y tradiciones contenidas en todos los cantares divinos”. León Portilla insiste, sin mayores argumentos y pruebas, en que la conquista fue traumática y estuvo marcada por la crueldad. Su nacionalismo mexicano es de libro. Es un horror para el progreso de la historia crítica de Hispanoamérica. Como su maestro, da por fundada la quema de los códices prehispánicos y menciona las obras de Sahagún como el Códice Matritense o el Códice Florentino, pero sin mencionar al franciscano, aunque estos son sus manuscritos. Es necesario notar que Portilla utiliza la edición del Códice Florentino de Anderson y Dibble y estos investigadores reconocen la autoría de Sahagún. Para León Portilla, el Códice Matritense es una muestra de “el empeño que ponían los náhuas en conservar literalmente las tradiciones e ideas contenidas en sus poemas”. Estas atribuciones y comentarios de León Portilla son una libre interpretación del material histórico y no un análisis ajustado a la realidad histórica. Igual que Garibay en su Historia de la literatura nahuatl, Portilla insiste en que Sahagún aparece como un pretexto o una posibilidad para salvar la “memoria ancestral”: “Conociendo además la forma indígena de conservar sus historias y tradiciones por medio de las pinturas, algunas hechas tal vez ex-profeso, y otras quizás conservadas, ocultamente por los indios, que deberían servir de guía para el informe oral, siguiose [sic] así fielmente el sistema prehispánico de conservar y transmitir la historia y la tradición.”

Vemos que León Portilla da un toque de dramatismo añadiendo las palabras como ex-profeso y ocultándolo. ¿Son justificadas estas exageraciones? Si hablamos de la obra de Sahagún parece dramatismo exagerado atribuir a sus colaboradores este tipo de empeño por guardar sus pinturas “ocultándolas” por la sencilla razón de que su obra fue avalada por la orden franciscana y por al administración del virrey. Encontramos el mismo empeño en encontrar la “mentalidad” auténticamente indígena para la construcción del nacionalismo mexicano. Portilla ya no menciona como lo hacía Garibay la “mexicanidad” o la “raza” mexicana, ni busca su esencia, sino cambia con términos para que el lector crea que los escritos de Sahagún son la mera traducción de lo dicho por los indos interesados en guardar su historia y su “conciencia histórica” traumatizada por la conquista. Así, a través de las numerosas recopilaciones y ediciones, vemos como el proyecto de Sahagún, apoyado por la orden religiosa y el virrey, se convierte en una empresa heroica y peligrosa de los indígenas que tratan de recuperar sus creencias ancestrales. La “conciencia histórica” del pueblo mexicano no puede proceder de los textos escritos por un fraile.

La historia de España e Hispanoamérica ha sido manipulada durante siglos y ahora más que nunca. La manipulación de las crónicas o los textos históricos que describen los virreinatos americanos fue llevada a cabo en numerosas obras. La Visión de los vencidos no es la única obra que tergiversa los textos del franciscano Sahagún. Tanto Garibay como su discípulo, León Portilla, tienen, por desgracia, otros numerosos trabajos basados en la manipulación de los textos del sabio Sahagún. Garibay y León Portilla marcaron la visión indigenista y fortalecieron la interpretación de la conquista como una invasión cruenta de los españoles. Porque no ha habido una respuesta contundente a todas estas tergiversaciones, engaños y falacias, deberíamos empezar por desmontar una por una estas triquiñuelas “intelectuales” de una “historia” demasiado ideologizada, por ejemplo, qué significado tiene eso que llaman los indigenistas "pensamiento prehispánico". Pasémosle revista a este asunto.

La obra de Garibay llamada la Epica náhuatl es del año 1945. El libro tiene cuatro partes, la primera titulada “Poemas sagrados”, va seguida por tres ciclos de la poesía tenochca, texcocana y tlaxcalteca. Los dos últimos están basados principalmente en las crónicas del criollo Fernando Alba Cortés Ixtlilxóchitl, a quien Garibay sólo menciona por su apellido de origen indio Ixtlilxóchitl, y el ciclo tlaxcalteca proviene principalmente de la crónica del mestizo cacique Diego Muñoz Camargo. De nuevo, Sahagún es la fuente principal; y, otra vez, su obra aparece sin ser citado el autor que es sustituido por sus “informantes”; y, una vez más, desaparece la autoría de Sahagún no así Tezozómoc ni Ixtlilxóchitl. Garibay destaca al reino de Tenochtitlan como el ejemplo más refinado de “cultura nahua” frente a los señoríos de Tlaxcala y Tezcoco. Garibay quiere demostrar la existencia de una verdadera épica prehispánica en la lengua náhuatl. Lo hace comparando las leyendas y poemas nahuas con la Ilíada o con las creaciones del Medievo europeo, incluso llega a ilustrarlo comparando las métricas de las leyendas de Creación del Sol y la Luna con el “verso épico” del Mio Cid. Al realizar este ejercicio, Garibay sigue la tradición criolla del siglo XVII y especialmente del siglo XVIII, que buscaba las afinidades entre las culturas indígenas y las culturas europeas de la Antigüedad, como Grecia y Roma. Garibay, como buen estudioso de las letras clásicas, trata de acercar la “épica náhuatl” a las características marcadas por Aristóteles en sus obras. Garibay defiende que los poemas y cantares indios forman parte del legado universal, insiste en el “alto interés nacional” que tuvieron estas obras para los oyentes prehispánicos y para los de los tiempos de la conquista.

Sin embargo, la comparación entre las métricas náhuas y del poema de Mío Cid deja abierta la cuestión de su autenticidad. La traducción de Garibay con dificultad se ajusta a los criterios rigurosos de la traducción académica. Él mismo dice: “He mudado un poco la frase, dándole ligereza, pero conservando sus palabras. Se omiten todas las referencias y fastidiosas sincronías, casi siempre erróneas”. ¿Hasta dónde llegan estas modificaciones? ¿No alteran el ritmo de la frase náhua? Estas cuestiones siguen abiertas. Tanto en la Épica náhuatl como en la posterior obra Historia de literatura nahuatl, Garibay se siente libre a la hora de “restaurar” los textos náhuatl, de tal manera que la épica náhuatl está construida por él, revestida con nuevas rimas y métricas, cuya coincidencia con las narraciones de indios de siglos XV y XVI está todavía por comprobar.

Más tarde Garibay redactó la Historia de la literatura nahuatl (1953) considerada una obra canónica para el estudio del legado náhuatl. Él distingue dos etapas: la “Etapa autónoma: de c. 1430 a 1521” y “El trauma de la conquista (1521-1750)”. Garibay dedicó un tomo a “los escritos prehispánicos”, señalando cuan poco había quedado hasta hoy y lo mucho que fue destrozado por los españoles. A pesar de este lamento, Garibay basa su obra en los 28 documentos, todos ellos redactados después de la conquista. Las fuentes más citadas de la Historia de la literatura son: los Cantares mexicanos, la Historia general de Sahagún, el Códice florentino, el Códice matritense, la Historia de las Indias de Diego Durán, también obras de Tezozómoc, Ixtlilxóchitl, Chimalpahin. Si hubiera habido voluntad de aclarar la procedencia de estas fuentes, el lector sabría que muchos de estos autores lejos de ser indígenas, eran mestizos o, en caso de Fernando Alba Cortés Ixtlilxóchitl, criollo, cuyos tres abuelos eran españoles. Muchos de ellos no escribían para lamentarse de la conquista, como afirma Garibay, sino para pedir más privilegios al monarca o al virrey. Fueron representantes de la segunda generación postconquista, que utilizaron los cantares y leyendas para ponderar el papel de sus antepasados y, de este modo, destacar su linaje frente a otros, idealizando los hechos históricos. Las vidas de estos personajes contradicen al tópico sobre los vencedores y vencidos, donde los indios estaban marginados. La mayoría de ellos estaban perfectamente integrados en la sociedad virreinal.

El doble y ambiguo criterio utilizado por Garibay aparece, sobre todo, cuando desvincula los cantares recopilados por Sahagún y la obra de Andrés de Olmos, otro autor que estudió las creencias indígenas, de sus autores. No obstante, no cuestiona la autoría de Ixtlixochitl o Chimalpahin, aunque ellos también apuntaban lo que les contaban los otros indios. Garibay trata de justificar esa contradicción, pero fracasa en el intento. Lean, queridos lectores, la cita de Garibay y comprobarán fácilmente el brutal nacionalismo de Garibay: “[…] aunque aparecen, al menos una de ellas, como obra de un religioso, de hecho en su forma netamente náhuatl son obras de indios(...): tenemos en estas obras que vamos a ver en rápido vuelo un primer brote de nacionalismo, aunque quizá son plena advertencia. No hay que esperar al siglo siguiente para que se vean brotar las plantas nacionales: ya en este mismo siglo XVI, al cual pertenecen todas las obras que voy a estudiar, se advierte un espíritu mexicanista y se palpa la anhelosa intención de aprovechar todo lo que la cultura europea ha dado al escritor para proponer cosas de la realidad nacional, con un tinte peculiar que haga incorporación de los valores antiguos en los modernos. Es un perfecto caso de fusión de las culturas. Muestra de lo que pudo ser una literatura perfectamente lograda, si la tenaz persecución de la lengua y la misma degradación social del indio no la hubiera matado en su nacimiento.” (v. II, p.236). He aquí el quid de la cuestión: la interpretación indigenista-nacionalista que elaboró Garibay fue continuada por Miguel León Portilla, quien no puede dejar reconocer que el autor de la mejor obra sobre las costumbres indias pertenece a franciscano español, Sahagún.

Para justificar “el brote temprano” de la “mexicanidad” es imprescindible convertir a los indígenas en los autores de este trabajo de recopilación y recuperación de las costumbres indias. La autoría de Sahagún quita el mérito a los indios. Los nacionalistas mexicanos no pueden reconocer que su fuente principal es una obra de un religioso “colonizador”. Garibay es muy persistente en este punto. Aquí hay otro ejemplo: los Coloquios de Sahagún, donde el fraile describe las conversaciones entre los primeros doce franciscanos y los indios, sacerdotes y caciques. Los religiosos tratan de persuadir a los indios que su modo de vida es inapropiado para una convivencia pacífica de una sociedad, por lo cual es necesario dejar sus creencias idolátricas. Garibay dice a propósito de los Coloquios: “Aquel nacionalismo, que se cree ser de etapas posteriores, fácilmente se advierte que ya comienza a florecer en documentos del mismo siglo de la Conquista. Vencidos y dominados los nativos, tratan de conservar para la historia y la cultura del porvenir la memoria de sus heroicos hechos y adquirir así la gloria que nunca muere: la de la poesía creadora, que resulta eterna.” Aquí Sahagún también es privado de los Coloquios: “aunque el libro se da por obra de Sahagún, tenemos que hacer una atenta distinción de partes y de obras en ella”, la castellana es de él, pero la de náhuatl es de indios. Garibay convierte en los autores de esta obra a los colaboradores cuyos nombres y lugares de procedencia nos señala el propio franciscano Sahagún. He aquí una idea fundamental de la Historia de la literatura náhuatl de Garibay: la pronta aparición de la conciencia nacional mexicana, justo después de la conquista que no pudieron reprimir los españoles, ni erradicar su lengua vernácula que es náhuatl.

La obra de Garibay es, sin duda, poco rigurosa a la hora de interpretar las obras que analiza. Parece que el propio autor bien sabía que su Historia de la literatura náhuatl puede ser el blanco de numerosas críticas. Por esta razón se disculpa diciendo que esta obra es “un apresurado recuento de materiales” con lagunas, porque siendo la obra para los especialistas “sin títulos yo, me atreví a intentarla” y la ofrece “a mi patria y a mis compatriotas”. Garibay subraya que su estudio es incompleto porque está basado en la documentación indirecta e incompleta por los destrozos que sufrió; además, es deficiente por la censura religiosa o cultural que influyó en los autores. A pesar de esta “precaria base”, Garibay insiste que ha recopilado los testimonios suficientes para juzgar del valor literario de la antigua producción náhuatl para ver “lo que pensaron nuestros predecesores en este suelo mexicano”, “tengamos o no sangre india, tenemos una herencia que nos toca a todos y de la que todos podemos gloriarnos”. La base de datos que usa Garibay es verdaderamente limitada, porque el análisis más elemental de los materiales que cita revela numerosísimas repeticiones de mismas fuentes como “los informantes de Sahagún” o su Historia general, el Códice florentino o los Códices matritenses. Garibay aclara que el mismo fragmento del texto antiguo aparece con distintas traducciones, porque “al traducir del náhuatl tratemos de ensayar varias expresiones. Si en una se da un matiz, en otra se esfuerza el traductor a dar el otro”. Es decir, que las repeticiones de las mismas leyendas y cantares son sumamente frecuentes. Esto mina la credibilidad de la Historia del padre Garibay. Pero menos todavía se entiende cómo la historiografía actual no ha criticado la Historia de literatura de Garibay; al contrario, esta obra sigue citada como autoridad en los estudios del náhuatl, los argumentos precarios de Garibay siguen siendo la base para las interpretaciones actuales de especialistas que siguen ciegamente al padre Garibay. La rigurosa crítica de este libro produciría un cambio enorme entre la escuela de los estudiosos de la cultura náhuatl.

Miguel León Portilla en Ritos, sacerdotes y atavíos de los dioses (1958) muestra gran afinidad, obviamente, con las ideas de su maestro Garibay. León Portilla disfraza la retórica de la "mexicanidad" de Garibay y atribuye a los indígenas “la conciencia histórica” y el “arraigado empeño de conservar a la letra las ideas y tradiciones contenidas en todos los cantares divinos”. León Portilla insiste, sin mayores argumentos y pruebas, en que la conquista fue traumática y estuvo marcada por la crueldad. Su nacionalismo mexicano es de libro. Es un horror para el progreso de la historia crítica de Hispanoamérica. Como su maestro, da por fundada la quema de los códices prehispánicos y menciona las obras de Sahagún como el Códice Matritense o el Códice Florentino, pero sin mencionar al franciscano, aunque estos son sus manuscritos. Es necesario notar que Portilla utiliza la edición del Códice Florentino de Anderson y Dibble y estos investigadores reconocen la autoría de Sahagún. Para León Portilla, el Códice Matritense es una muestra de “el empeño que ponían los náhuas en conservar literalmente las tradiciones e ideas contenidas en sus poemas”. Estas atribuciones y comentarios de León Portilla son una libre interpretación del material histórico y no un análisis ajustado a la realidad histórica. Igual que Garibay en su Historia de la literatura nahuatl, Portilla insiste en que Sahagún aparece como un pretexto o una posibilidad para salvar la “memoria ancestral”: “Conociendo además la forma indígena de conservar sus historias y tradiciones por medio de las pinturas, algunas hechas tal vez ex-profeso, y otras quizás conservadas, ocultamente por los indios, que deberían servir de guía para el informe oral, siguiose [sic] así fielmente el sistema prehispánico de conservar y transmitir la historia y la tradición.”

Vemos que León Portilla da un toque de dramatismo añadiendo las palabras como ex-profeso y ocultándolo. ¿Son justificadas estas exageraciones? Si hablamos de la obra de Sahagún parece dramatismo exagerado atribuir a sus colaboradores este tipo de empeño por guardar sus pinturas “ocultándolas” por la sencilla razón de que su obra fue avalada por la orden franciscana y por al administración del virrey. Encontramos el mismo empeño en encontrar la “mentalidad” auténticamente indígena para la construcción del nacionalismo mexicano. Portilla ya no menciona como lo hacía Garibay la “mexicanidad” o la “raza” mexicana, ni busca su esencia, sino cambia con términos para que el lector crea que los escritos de Sahagún son la mera traducción de lo dicho por los indos interesados en guardar su historia y su “conciencia histórica” traumatizada por la conquista. Así, a través de las numerosas recopilaciones y ediciones, vemos como el proyecto de Sahagún, apoyado por la orden religiosa y el virrey, se convierte en una empresa heroica y peligrosa de los indígenas que tratan de recuperar sus creencias ancestrales. La “conciencia histórica” del pueblo mexicano no puede proceder de los textos escritos por un fraile.

La historia de España e Hispanoamérica ha sido manipulada durante siglos y ahora más que nunca. La manipulación de las crónicas o los textos históricos que describen los virreinatos americanos fue llevada a cabo en numerosas obras. La Visión de los vencidos no es la única obra que tergiversa los textos del franciscano Sahagún. Tanto Garibay como su discípulo, León Portilla, tienen, por desgracia, otros numerosos trabajos basados en la manipulación de los textos del sabio Sahagún. Garibay y León Portilla marcaron la visión indigenista y fortalecieron la interpretación de la conquista como una invasión cruenta de los españoles. Porque no ha habido una respuesta contundente a todas estas tergiversaciones, engaños y falacias, deberíamos empezar por desmontar una por una estas triquiñuelas “intelectuales” de una “historia” demasiado ideologizada, por ejemplo, qué significado tiene eso que llaman los indigenistas "pensamiento prehispánico". Pasémosle revista a este asunto.

La obra de Garibay llamada la Epica náhuatl es del año 1945. El libro tiene cuatro partes, la primera titulada “Poemas sagrados”, va seguida por tres ciclos de la poesía tenochca, texcocana y tlaxcalteca. Los dos últimos están basados principalmente en las crónicas del criollo Fernando Alba Cortés Ixtlilxóchitl, a quien Garibay sólo menciona por su apellido de origen indio Ixtlilxóchitl, y el ciclo tlaxcalteca proviene principalmente de la crónica del mestizo cacique Diego Muñoz Camargo. De nuevo, Sahagún es la fuente principal; y, otra vez, su obra aparece sin ser citado el autor que es sustituido por sus “informantes”; y, una vez más, desaparece la autoría de Sahagún no así Tezozómoc ni Ixtlilxóchitl. Garibay destaca al reino de Tenochtitlan como el ejemplo más refinado de “cultura nahua” frente a los señoríos de Tlaxcala y Tezcoco. Garibay quiere demostrar la existencia de una verdadera épica prehispánica en la lengua náhuatl. Lo hace comparando las leyendas y poemas nahuas con la Ilíada o con las creaciones del Medievo europeo, incluso llega a ilustrarlo comparando las métricas de las leyendas de Creación del Sol y la Luna con el “verso épico” del Mio Cid. Al realizar este ejercicio, Garibay sigue la tradición criolla del siglo XVII y especialmente del siglo XVIII, que buscaba las afinidades entre las culturas indígenas y las culturas europeas de la Antigüedad, como Grecia y Roma. Garibay, como buen estudioso de las letras clásicas, trata de acercar la “épica náhuatl” a las características marcadas por Aristóteles en sus obras. Garibay defiende que los poemas y cantares indios forman parte del legado universal, insiste en el “alto interés nacional” que tuvieron estas obras para los oyentes prehispánicos y para los de los tiempos de la conquista.

Sin embargo, la comparación entre las métricas náhuas y del poema de Mío Cid deja abierta la cuestión de su autenticidad. La traducción de Garibay con dificultad se ajusta a los criterios rigurosos de la traducción académica. Él mismo dice: “He mudado un poco la frase, dándole ligereza, pero conservando sus palabras. Se omiten todas las referencias y fastidiosas sincronías, casi siempre erróneas”. ¿Hasta dónde llegan estas modificaciones? ¿No alteran el ritmo de la frase náhua? Estas cuestiones siguen abiertas. Tanto en la Épica náhuatl como en la posterior obra Historia de literatura nahuatl, Garibay se siente libre a la hora de “restaurar” los textos náhuatl, de tal manera que la épica náhuatl está construida por él, revestida con nuevas rimas y métricas, cuya coincidencia con las narraciones de indios de siglos XV y XVI está todavía por comprobar.

Más tarde Garibay redactó la Historia de la literatura nahuatl (1953) considerada una obra canónica para el estudio del legado náhuatl. Él distingue dos etapas: la “Etapa autónoma: de c. 1430 a 1521” y “El trauma de la conquista (1521-1750)”. Garibay dedicó un tomo a “los escritos prehispánicos”, señalando cuan poco había quedado hasta hoy y lo mucho que fue destrozado por los españoles. A pesar de este lamento, Garibay basa su obra en los 28 documentos, todos ellos redactados después de la conquista. Las fuentes más citadas de la Historia de la literatura son: los Cantares mexicanos, la Historia general de Sahagún, el Códice florentino, el Códice matritense, la Historia de las Indias de Diego Durán, también obras de Tezozómoc, Ixtlilxóchitl, Chimalpahin. Si hubiera habido voluntad de aclarar la procedencia de estas fuentes, el lector sabría que muchos de estos autores lejos de ser indígenas, eran mestizos o, en caso de Fernando Alba Cortés Ixtlilxóchitl, criollo, cuyos tres abuelos eran españoles. Muchos de ellos no escribían para lamentarse de la conquista, como afirma Garibay, sino para pedir más privilegios al monarca o al virrey. Fueron representantes de la segunda generación postconquista, que utilizaron los cantares y leyendas para ponderar el papel de sus antepasados y, de este modo, destacar su linaje frente a otros, idealizando los hechos históricos. Las vidas de estos personajes contradicen al tópico sobre los vencedores y vencidos, donde los indios estaban marginados. La mayoría de ellos estaban perfectamente integrados en la sociedad virreinal.

El doble y ambiguo criterio utilizado por Garibay aparece, sobre todo, cuando desvincula los cantares recopilados por Sahagún y la obra de Andrés de Olmos, otro autor que estudió las creencias indígenas, de sus autores. No obstante, no cuestiona la autoría de Ixtlixochitl o Chimalpahin, aunque ellos también apuntaban lo que les contaban los otros indios. Garibay trata de justificar esa contradicción, pero fracasa en el intento. Lean, queridos lectores, la cita de Garibay y comprobarán fácilmente el brutal nacionalismo de Garibay: “[…] aunque aparecen, al menos una de ellas, como obra de un religioso, de hecho en su forma netamente náhuatl son obras de indios(...): tenemos en estas obras que vamos a ver en rápido vuelo un primer brote de nacionalismo, aunque quizá son plena advertencia. No hay que esperar al siglo siguiente para que se vean brotar las plantas nacionales: ya en este mismo siglo XVI, al cual pertenecen todas las obras que voy a estudiar, se advierte un espíritu mexicanista y se palpa la anhelosa intención de aprovechar todo lo que la cultura europea ha dado al escritor para proponer cosas de la realidad nacional, con un tinte peculiar que haga incorporación de los valores antiguos en los modernos. Es un perfecto caso de fusión de las culturas. Muestra de lo que pudo ser una literatura perfectamente lograda, si la tenaz persecución de la lengua y la misma degradación social del indio no la hubiera matado en su nacimiento.” (v. II, p.236). He aquí el quid de la cuestión: la interpretación indigenista-nacionalista que elaboró Garibay fue continuada por Miguel León Portilla, quien no puede dejar reconocer que el autor de la mejor obra sobre las costumbres indias pertenece a franciscano español, Sahagún.

Para justificar “el brote temprano” de la “mexicanidad” es imprescindible convertir a los indígenas en los autores de este trabajo de recopilación y recuperación de las costumbres indias. La autoría de Sahagún quita el mérito a los indios. Los nacionalistas mexicanos no pueden reconocer que su fuente principal es una obra de un religioso “colonizador”. Garibay es muy persistente en este punto. Aquí hay otro ejemplo: los Coloquios de Sahagún, donde el fraile describe las conversaciones entre los primeros doce franciscanos y los indios, sacerdotes y caciques. Los religiosos tratan de persuadir a los indios que su modo de vida es inapropiado para una convivencia pacífica de una sociedad, por lo cual es necesario dejar sus creencias idolátricas. Garibay dice a propósito de los Coloquios: “Aquel nacionalismo, que se cree ser de etapas posteriores, fácilmente se advierte que ya comienza a florecer en documentos del mismo siglo de la Conquista. Vencidos y dominados los nativos, tratan de conservar para la historia y la cultura del porvenir la memoria de sus heroicos hechos y adquirir así la gloria que nunca muere: la de la poesía creadora, que resulta eterna.” Aquí Sahagún también es privado de los Coloquios: “aunque el libro se da por obra de Sahagún, tenemos que hacer una atenta distinción de partes y de obras en ella”, la castellana es de él, pero la de náhuatl es de indios. Garibay convierte en los autores de esta obra a los colaboradores cuyos nombres y lugares de procedencia nos señala el propio franciscano Sahagún. He aquí una idea fundamental de la Historia de la literatura náhuatl de Garibay: la pronta aparición de la conciencia nacional mexicana, justo después de la conquista que no pudieron reprimir los españoles, ni erradicar su lengua vernácula que es náhuatl.

La obra de Garibay es, sin duda, poco rigurosa a la hora de interpretar las obras que analiza. Parece que el propio autor bien sabía que su Historia de la literatura náhuatl puede ser el blanco de numerosas críticas. Por esta razón se disculpa diciendo que esta obra es “un apresurado recuento de materiales” con lagunas, porque siendo la obra para los especialistas “sin títulos yo, me atreví a intentarla” y la ofrece “a mi patria y a mis compatriotas”. Garibay subraya que su estudio es incompleto porque está basado en la documentación indirecta e incompleta por los destrozos que sufrió; además, es deficiente por la censura religiosa o cultural que influyó en los autores. A pesar de esta “precaria base”, Garibay insiste que ha recopilado los testimonios suficientes para juzgar del valor literario de la antigua producción náhuatl para ver “lo que pensaron nuestros predecesores en este suelo mexicano”, “tengamos o no sangre india, tenemos una herencia que nos toca a todos y de la que todos podemos gloriarnos”. La base de datos que usa Garibay es verdaderamente limitada, porque el análisis más elemental de los materiales que cita revela numerosísimas repeticiones de mismas fuentes como “los informantes de Sahagún” o su Historia general, el Códice florentino o los Códices matritenses. Garibay aclara que el mismo fragmento del texto antiguo aparece con distintas traducciones, porque “al traducir del náhuatl tratemos de ensayar varias expresiones. Si en una se da un matiz, en otra se esfuerza el traductor a dar el otro”. Es decir, que las repeticiones de las mismas leyendas y cantares son sumamente frecuentes. Esto mina la credibilidad de la Historia del padre Garibay. Pero menos todavía se entiende cómo la historiografía actual no ha criticado la Historia de literatura de Garibay; al contrario, esta obra sigue citada como autoridad en los estudios del náhuatl, los argumentos precarios de Garibay siguen siendo la base para las interpretaciones actuales de especialistas que siguen ciegamente al padre Garibay. La rigurosa crítica de este libro produciría un cambio enorme entre la escuela de los estudiosos de la cultura náhuatl.

Miguel León Portilla en Ritos, sacerdotes y atavíos de los dioses (1958) muestra gran afinidad, obviamente, con las ideas de su maestro Garibay. León Portilla disfraza la retórica de la "mexicanidad" de Garibay y atribuye a los indígenas “la conciencia histórica” y el “arraigado empeño de conservar a la letra las ideas y tradiciones contenidas en todos los cantares divinos”. León Portilla insiste, sin mayores argumentos y pruebas, en que la conquista fue traumática y estuvo marcada por la crueldad. Su nacionalismo mexicano es de libro. Es un horror para el progreso de la historia crítica de Hispanoamérica. Como su maestro, da por fundada la quema de los códices prehispánicos y menciona las obras de Sahagún como el Códice Matritense o el Códice Florentino, pero sin mencionar al franciscano, aunque estos son sus manuscritos. Es necesario notar que Portilla utiliza la edición del Códice Florentino de Anderson y Dibble y estos investigadores reconocen la autoría de Sahagún. Para León Portilla, el Códice Matritense es una muestra de “el empeño que ponían los náhuas en conservar literalmente las tradiciones e ideas contenidas en sus poemas”. Estas atribuciones y comentarios de León Portilla son una libre interpretación del material histórico y no un análisis ajustado a la realidad histórica. Igual que Garibay en su Historia de la literatura nahuatl, Portilla insiste en que Sahagún aparece como un pretexto o una posibilidad para salvar la “memoria ancestral”: “Conociendo además la forma indígena de conservar sus historias y tradiciones por medio de las pinturas, algunas hechas tal vez ex-profeso, y otras quizás conservadas, ocultamente por los indios, que deberían servir de guía para el informe oral, siguiose [sic] así fielmente el sistema prehispánico de conservar y transmitir la historia y la tradición.”

Vemos que León Portilla da un toque de dramatismo añadiendo las palabras como ex-profeso y ocultándolo. ¿Son justificadas estas exageraciones? Si hablamos de la obra de Sahagún parece dramatismo exagerado atribuir a sus colaboradores este tipo de empeño por guardar sus pinturas “ocultándolas” por la sencilla razón de que su obra fue avalada por la orden franciscana y por al administración del virrey. Encontramos el mismo empeño en encontrar la “mentalidad” auténticamente indígena para la construcción del nacionalismo mexicano. Portilla ya no menciona como lo hacía Garibay la “mexicanidad” o la “raza” mexicana, ni busca su esencia, sino cambia con términos para que el lector crea que los escritos de Sahagún son la mera traducción de lo dicho por los indos interesados en guardar su historia y su “conciencia histórica” traumatizada por la conquista. Así, a través de las numerosas recopilaciones y ediciones, vemos como el proyecto de Sahagún, apoyado por la orden religiosa y el virrey, se convierte en una empresa heroica y peligrosa de los indígenas que tratan de recuperar sus creencias ancestrales. La “conciencia histórica” del pueblo mexicano no puede proceder de los textos escritos por un fraile.