Los Lunes de El Imparcial

Steven Lee Myers: El nuevo zar. Ascenso y reinado de Vladimir Putin

Biografía

Domingo 27 de enero de 2019

Traducción de Nadia Cristina Volonté. Península. Barcelona, 2018. 584 páginas. 23,90 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar



Steven Lee Myers, periodista del New York Times, nos brinda un libro mayúsculo sobre la figura de Vladimir Putin. La primera virtud que se extrae de la obra, una vez que se han devorado las casi 600 páginas de que consta, es la capacidad del autor para emitir un juicio sobre el jerarca ruso sin caer en el terreno de las filias y las fobias. Esto no implica que la equidistancia aparezca; por el contrario, la minuciosa labor de investigación y documentación le permite explicarle al lector los entresijos de la compleja personalidad que encierra su objeto de estudio.

El segundo rasgo destacado del ensayo radica en que éste supone un manual de historia de la URSS-Rusia. Steven Lee Myers se remonta al nacimiento mismo de Vladimir Putin (año 1952) para realizar un recorrido por su trayectoria vital y, sobre todo, “profesional”. Al respecto, nos acerca a los orígenes humildes de sus padres, su incorporación tardía a la escuela primaria o su veneración por el judo, deporte que insufló en él la importancia del orden. Posteriormente, su alistamiento en los servicios secretos de la época soviética (el infausto KGB) y el desempeño de su cometido como “espía” en la RDA. Durante esta parte, el autor también nos explica algunos rasgos del comunismo soviético, como la persecución a la disidencia (real o imaginaria), el estancamiento económico (no reconocido hasta la llegada de Gorbachov) o la importancia de un Estado policial, idea esta última que Putin comparte.

En esta fase de su vida, que se prolonga hasta la caída del Muro de Berlín, Putin es una figura de perfil bajo, ideológicamente distante del comunismo pero defensor del rol de la URSS, cuya desmembración en 1991 contempló con horror. Ese rol secundario del protagonista se mantuvo intacto en los convulsos años 90 rusos, pese a estar al servicio de unos los artífices del “cambio” como fue Sobchack. Sin embargo, Putin también percibió que Rusia había resultado la gran derrotada en la Guerra Fría, lo que se tradujo en una notable pérdida de influencia en la esfera internacional.

Este último fenómeno se observó durante los sucesivos gobiernos de Boris Yeltsin: El conflicto en Serbia encendió el orgullo herido de Rusia respecto de su posición disminuida desde el colapso de la Unión Soviética. La nueva Rusia carecía de la capacidad para dar forma a los sucesos mundiales, lo cual hacía que las acciones lideradas por Estados Unidos fueran más difíciles de tragar. Yeltsin amonestó duramente al presidente Clinton e insistió en que el derecho internacional prohibía cualquier intervención, pero lo ignoraron” (p. 158). Desde una perspectiva más doméstica, en esta misma década de los noventa compareció el binomio corrupción-establishment político, si bien se incrementó hasta límites asfixiantes durante el siglo XXI ya bajo la hegemonía de Putin.

Toda esta concatenación de fenómenos los analizó Putin, en quien poco a poco se fue acentuando su nacionalismo ruso, pilar sobre el que vertebró toda su política cuando llegó al poder designado por Yelstin, cabe apuntar. A partir de ahí, probablemente el lector esté más familiarizado con los hechos que le transmite Steven Lee Myers, los cuales nos muestran un personaje maquiavélico para quien el fin siempre justifica los medios. Esta máxima la ha aplicado a nivel interno (persecución de los opositores, fraudes electorales habituales, consideración de la democracia y el Estado de Derecho como endemoniados inventos occidentales para minar a su país, “muertes” de críticos con el Putinismo en extrañas circunstancias, nulo valor concedido a los derechos humanos…) y en el plano de las relaciones exteriores (anexión ilegal y por la fuerza de Crimea, apoyo incondicional al régimen a Al Assad en Siria…).

Con todo ello, como refleja el autor, aunque Putin hoy en día se mantiene en el poder, ello no implica que la sociedad rusa esté mayoritariamente con él. ¿Dónde se halla la explicación a esta suerte de paradoja? En que Putin ha consolidado la idea de que sin él no hay Rusia. Al respecto, cualquier ataque a su figura lo interpreta como un ataque a su nación. Obviamente, tal modus operandi acarrea que buena parte de sus acciones se encuentren cercanas a la paranoia, señalando enemigos de manera continua, hallándose Estados Unidos a la cabeza de los mismos: “Putin comenzó a ver conspiraciones estadounidenses para aislar o debilitar a Rusia, con la ayuda de una quinta columna interna que, en su mente, era cada vez más amenazante para el Estado que estaba creando” (p. 244).

En consecuencia, como se puede concluir, patrones que habían guiado en el pasado a Lenin o Stalin aparecen reproducidos en la actualidad con una diferencia substancial: la revolución acaecida en las tecnologías de la comunicación facilita que los cadáveres que va dejando el Putinismo sean conocidos globalmente, ofreciendo a la comunidad internacional la posibilidad de actuar en consecuencia.