Lo último en desvanecerse es la esperanza. Su luz, acaso pequeñita, pero alentadora y consoladora, iluminaba la montaña de Totalán con más intensidad que los potentes reflectores de los equipos de rescate. Un alba de esperanza pugnaba por erigirse en creencia firme pero fue, finalmente, engullido por la montaña que días antes sepultó a Julen. El Cerro de la Corona, frío, duro, desolador e inconquistable, resistía rebelde a entregarnos al niño.
Al primer instante ya abundó la convicción de que sería necesario hacer lo humanamente imposible. Y hacerlo con serenidad. La calma es el mejor aliado de la reflexión y del estudio para hallar los mejores medios tendentes al fin que millones de almas anhelaban. ¡Un plan! Bajo la premisa mayor: rescatar al niño con vida. Difícil era el problema en su planteamiento, más aún en su solución. Remover 85.000 toneladas de tierra. ¿Qué era eso frente a toneladas de solidaridad, generosidad, profesionalidad, constancia o sacrificio de los participantes en el salvamento? ¿Y las toneladas de aliento de España entera, que tiraba hacia arriba del cuerpecito de Julen?
Se acometió una hercúlea obra como aquellas colosales del Imperio romano. Llevada a cabo con insólita rapidez y precisión extrema, acertando en prudentes previsiones, atinando en delicados cálculos, para prever que el niño estaba justamente en donde su cuerpo fue rescatado. Tarea ingente sometida al reloj de la vida de Julen y ralentizada por la aparición de impertinentes obstáculos. No solo frenaban el rescate, también podían ahogar en la frustración a los rescatadores convirtiéndolos en Sísifos en su propia montaña. Pero allá arriba había 300 gigantes, coordinados por Angel, el de la Guarda: mineros, guardias civiles, bomberos, sanitarios, especialistas, técnicos, voluntarios, que habían forjado una indestructible unión de abnegadas voluntades para combatir la angustia y la congoja. Fraguaron un férreo enlace entre inteligencia y arrojo para asumir una abrumadora tarea
sembrada de riesgos. 300 titanes pertrechados de un armazón psicológico como el acero, dotados de una irresistible vocación que les impulsaba a perforar sin descanso el interior de la insolente montaña, a abrirse paso entre la grosera cuarcita, centímetro a centímetro mediante una perseverante pericia minera. Con su descenso al mismo centro de la Tierra, la altura gigantesca de los mineros asturianos permanecerá imborrable en nuestra conciencia colectiva.
El trágico final se revela como resultado adverso y cargado de amargura. Sin embargo, la durísima prueba ha servido de aglutinante. Julen subió a los Cielos. Nos queda la satisfacción por el trabajo bien hecho de quienes debían hacerlo, por los magníficos recursos de energía y sacrificio que anidan en los corazones de las gentes cuando les mueve un noble ideal, por el afecto desinteresado sin buscar recompensas materiales ni concesiones de ninguna especie. A pesar de la triste contrariedad final, la impagable lección debiera servirnos de estímulo, esperanza y gracia para el porvenir. Cierto es que, en ocasiones, damos muestras de pequeñez y medianía, pero esta vez los españoles hemos sido un pueblo de gigantes.