Es un filósofo de la política y por lo tanto un filósofo orteguiano que lleva estudiando durante años la necesaria viabilidad del Estado-nación. Hablamos de Agapito Maestre. Columnista habitual en esta cabecera, y analista tan infatigable como inconfundible, es actualmente profesor de Filosofía Política en la Universidad Complutense. Agapito Maestre ha firmado libros tan destacados como La escritura de la política, El fracaso de un cristiano o El pulso del pensamiento, y ha sido editor crítico de autores como María Zambrano, José Gaos, Max Horkheimer o Christian Graf von Krockow. Hoy nos recibe para hablar de su contundente Ortega y Gasset. El gran maestro. Quinientas páginas recién horneadas por la editorial Almuzara que a nadie dejarán indiferentes.
He tratado de levantar el velo ideológico; es decir, de desenmascarar las falsedades y mentiras que se han vertido sobre Ortega. Para leer luego, con mirada limpia, al filósofo más grande de España.
Ortega es una figura mundial. Esto hay que afirmarlo siempre. Insisto en que han sido los españoles de algunas generaciones los que han ocultado a Ortega. Pero su obra sigue siendo una referencia mundial. Los maestros del arte, la estética, la literatura, la política o la filosofía siempre han reconocido en Ortega a un gran maestro.
Los aristócratas del pensamiento siempre han respetado su genialidad. Ortega ha sido un maestro de maestros. Pero también –efectivamente y cosa a veces inédita en un gran filósofo– es muy leído el pueblo, por el
ciudadano de a pie. Ortega es el autor más leído de España. Fue tan genial que supo hacer filosofía para los no filósofos.
Uno de los ejes que vertebra el libro es mi crítica a la ideología sobre la figura de Ortega. Y utilizo el término 'ideología' como lo utilizaba Marx: como ocultación de lo real. Esto se ve perfectamente en los muchos libros publicados sobre Ortega tras su abandono de la política como parlamentario.
Igual que en muchos de los libros que se han publicado sobre Ortega, o mejor contra Ortega, durante y después de la Transición. Toda una literatura cuya gran obsesión es cuestionarle. Toda esa bibliografía es el material de mi crítica a la ideología que se ha creado en torno a su figura.
Y la parte que más me ha costado. Porque para ello he tenido que leerme todos esos libros mazorrales, mal documentados, tendenciosos y encima mal escritos. Aunque también hay obras correctas, y algunas muy dignas.
A cierto mundo académico que en su pecado lleva la penitencia encajar que Ortega sigue siendo un autor mucho más leído que todos ellos juntos. Ortega lleva en el estilo el pensamiento. La tradición cervantina, hispánica. Su filosofía es tan hermosa como compleja, de jovial densidad. Y una parte de la academia no puede encajar que un pensador pueda ser a la vez tan rigoroso como ameno. Quizá lo que ocultan escondiendo su gran magisterio es su propia impotencia.
Pues voy a ser más duro todavía. Son envidiosos. Envidian su escritura. Nadie ha escrito tan bien como Ortega en el siglo veinte. El desdén de cierto mundo académico refleja la estulticia de una sociedad que oculta a
su más grande pensador. Una sociedad que cita a Ortega los días de fiesta y lo condena el resto de la semana. Son contradicciones como esta las que trato de mostrar en el libro. Podría darle nombres que la dejarían
alucinada. Y los doy.
En negro sobre blanco. Ortega fue un filósofo-ciudadano cuya idea central es la vertebración del Estado-nación democrático y la crítica de su deriva totalitaria. Un pensador que a través de esta propuesta declaró que toda su obra y toda su vida habían sido un servicio a España. Este es el gran magisterio de Ortega. Y precisamente el punto donde ha encallado toda su recepción.
Porque ni unos ni otros le perdonaron nunca que no se adhiriese a sus respectivas causas. Los integristas de la izquierda siguen sin perdonarle que se fuera del Madrid republicano en el año 36 y que volviera durante
la posguerra en el 45. Pero los integristas de la derecha tampoco le perdonaron en su día que se fuera a París en vez de a Burgos, y que al volver no condenase a los vencidos y aclamase a los vencedores.
Una de las grandes críticas que le hicieron fue cuando se retiró de la vida pública a pensar su propia obra. Discípulos, seguidores, comentaristas o académicos no han entendido el silencio de Ortega. No entendieron que
su retirada de la vida política era una respuesta tan filosófica como sus escritos. Su callar, sí, era un decir. En su Evocación de Ortega Fernando Vela recoge: “No un callar que es cualquier mutismo, sino el sacramental,
el correlativo a un auténtico decir”.
Como el que volvió a la Caverna en el mito de Platón. Cuando un país da lugar a una bibliografía que desprecia a su gran filósofo, el problema no es del filósofo sino del país. Y esta es otra de las claves del libro: la crítica al fracaso de una sociedad ante su mayor filósofo.
Creando bienes en común como si fuera un ingeniero, un médico o un zapatero. La necrológica que dedicó a Unamuno en 1937 es muy significativa: “Las ideas no están para hacer patinaje artístico, sino para contribuir a que otros hombres puedan vivir mejor. El filósofo trata de encontrar ideas con las cuales puedan los demás hombres vivir. No somos juglares: somos artesanos, como el carpintero, como el albañil”.
Hay un apartado que es un diálogo con los grandes discípulos de Ortega, que a veces son tan importantes como el maestro: María Zambrano, Octavio Paz, José Gaos, Julián Marías, Fernando Vela, Paulino Garagorri, Rodríguez Huescar…
Ortega ha dado lugar a una de las “escuelas” más importantes de la filosofía mundial por número y calidad de seguidores. La cuestión decisiva es ver la singularidad que aporta Ortega a la filosofía europea y mundial. Si eso no se quiere reconocer, entonces tendríamos que hablar no del fracaso de Ortega, sino el de una sociedad ante su mayor filósofo.
A lo largo de la historia vemos dos figuras de filósofo. Una es la del filósofo-ciudadano, el Sócrates que está en la calle, el individuo que opina en la plaza pública como cualquier otro. Y la otra filósofo-rey que manda, gobierna y dirige. Y Ortega fue un filósofo-ciudadano, un gran filósofo liberal y un magnífico pensador de la política que supo dar su opinión como uno más, sin ánimo de mandar.
Toda su obra se adelanta a la gran crítica al totalitarismo que surge después de las experiencias del comunismo y el nacional-socialismo. Que él definió como fórmulas de “politicismo integral” o “democracia morbosa”. Y a las que hoy llamamos nacionalismo y populismo. Toda su obra nos informa del aquí y ahora. Leemos a Ortega para instruirnos con gusto. Siempre nos enseña a ser buenos ciudadanos y nos aporta fórmulas vitales.
Ortega tiene muy claro que su pensamiento está al servicio de la nación española. El primer problema que observa es que hay que construir un Estado nacional. ¿Y cuál es el principal problema que tiene hoy España? La construcción del Estado nacional. ¿Acaso no hay, ahora mismo, una región española en rebeldía? ¿Es que no tenemos hoy un Gobierno de la Nación apoyado por separatistas, golpistas y revolucionarios? ¡Que aprendan de Ortega la idea de la nación española! El primer filósofo, además, en pensar Europa como un estado supranacional. Ortega es el colmo de la vigencia.