Opinión

La guerra nueva, al parecer infinita como las otras

LETRAS DESDE MÉXICO

Rafael Cardona | Viernes 01 de febrero de 2019

Las guerras púnicas, las guerras médicas, la batalla de las Termópilas, la matanza de Cholula, el combate de Marengo, la victoria de Solferino, el campo de Austerlitz, el sitio de Cuautla, la tarde de La Carbonera, la caída de Churubusco; la espada ya vuela en prenda; la guerra de los cien años, la de las Dos Rosas, la de los Cien Años; las Cruzadas, la bomba de Hiroshima, el ataque de Pearl Harbor, la siesta de San Jacinto, la degollina de El Álamo, la batalla de Puebla, el Puente de Calderón; la noche del 2 de abril, la Noche Triste, el brazo en Celaya, la toma de Zacatecas; ruido de aceros y artillería, fusiles en vómito de llamarada cristiana; perdigones, balas, bombardas, cañones, culebrinas, arcos y flechas; macanas, escudos y espadas, lanzas, picas, caballos de galope bruto, cargas, sables y a fin de cuentas muerte, miles de millones de soldados con cuya sangre se ha escrito –del principio hasta ahora--, la historia de la humanidad, porque ¿sabe usted?; la historia de los hombres ha sido hecha toda partir de guerras, de hachas, porras, ballestas y ahora, drones, proyectiles, misiles y satélites en el espacio.

Si el hombre no ha llevado la vida a los espacios siderales, sí ha llevado la muerte, o al menos sus instrumentos.

En México la guerra no ha conocido sus mejores momentos. Jamás ha peleado este ejército en contra de nadie, porque al norte tenemos un enemigo –los Estados Unidos--, cuya opulencia se debe en parte a su fiereza militar, su poderío y su organización en contra nuestra desde el año lejano de 1846.

Como dijo el mejor politólogo de su tiempo don Pedro María Anaya, traicionado por Santa Anna, si están aquí es porque no tenemos parque. Una forma quizá extravagante de repetir el desafío de Jerjes contra Leónidas: entrega las armas; pues ven a por ellas. Leónidas murió. Y a la larga Jerjes también, como la gloria de Esparta y el esplendor de Persia.

Y en cuanto a las posibilidades bélicas de México, pues tampoco contra Guatemala, al sur, porque la penúltima declaración de guerra (la última hasta ahora ha sido la del EZLN), fue como un domingo en la feria de Chapultepec, pues López Mateos declaró “casus belli” por el ametrallamiento de una lancha de pesca y Miguel Ydígoras Fuentes, presidente de la vieja Capitanía General, se hizo el disimulado y terminó su vida, muchos años después, en un hospital de la ciudad de México, pero eso sí, como un viejo general con las botas puestas debajo de la bata del sanatorio. O al menos eso soñaba cuando la enfermedad lo indujo al delirio.

La guerra, eterno jinete en su infatigable caballo de Apocalipsis llamado historia. La guerra interminable cuyas versiones menores emprenden los gobiernos cada y cuando necesitan dejar su impronta en el (mire esta frase) devenir histórico; recurso de enorme popularidad; guerra contra el hambre (cruzada le llegaron a llamar, como si se tratara de conquistar lo santos lugares de tortilladoras y panaderías; la lucha por el fideo o el bisteque); la guerra contra el analfabetismo con todo y la Cartilla Moral de Don Alfonso Reyes, cuya firma no le quita lo trasnochado a uno de sus peores textos; guerra a la injusticia, combate a la pobreza, infinita, perdurable lid sin la cual no tiene sentido la búsqueda redentora de la felicidad, pues sin pobres no habría programas sociales y sin ellos no habría persuasión electoral definitiva e imbatible.

Cada bolillo es un voto, cada tortilla un sufragio, cada peso una gratitud. Y así hasta aumentar 30 millones de papeles en la urna. Nada mal, y con dinero ajeno.