Opinión

Una Reforma Universitaria modelo de Hispanoamérica

TRIBUNA

Roberto Alifano | Miércoles 06 de febrero de 2019

En À la recherche du temps perdu, Marcel Proust desliza que “las experiencias comunes son siempre las más pacificadoras”. Cierto, toda forma de unanimidad ayuda a la convivencia entre los hombres; aunque si somos realistas comprobamos que en muy pocos casos se da y los conflictos suelen ser la orden del día. Sobre todo cuando se intentan cambios estructurales que buscan la corrección de abusos. Somos una desmesura y todas las épocas son difíciles; remontar lo razonable pocas veces ofrece coincidencias entre los unos y los otros. La raza humana es una sola, pero la confrontación y el enfrentamiento son inevitables. Por otro lado, cada época plantea lo suyo y la contemporaneidad, ardua por donde la mire, nos separa con sus invariables complejidades.

Enmarcados en esta reflexión, vale la pena recordar que hace poco más de cien años los estudiantes argentinos propiciaron un movimiento que fue paradigma en toda Hispanoamérica. Nos referimos a la célebre Reforma Universitaria, que encontró su principal impulso en la provincia de Córdoba, allá por 1918, cuando exigió un cambio educativo y social que no sólo permitió la reconstrucción de los planes de enseñanza en la Argentina, sino que fue inspiración para profesores y alumnos de muchos países del Continente.

Para comprender las tensiones que dieron origen a esta verdadera revolución estudiantil (sin duda más genuina y efectiva que la del llamado “mayo francés” de 1968), viene bien repasar los acontecimientos de esa época. Si hacemos historia encontramos que en 1916 asumía en la Argentina el primer gobierno democrático (aunque solo con sufragio masculino, obligatorio y secreto) liderado por el presidente Hipólito Yrigoyen de la Unión Cívica Radical, corporación política surgida dos décadas y media antes contra el predominio del “régimen”; es decir, enfrentado a un sistema virtualmente de partido único, establecido como “república oligárquica”, y sostenido en un fraude electoral que permitía el voto cantado. ​La presidencia de Yrigoyen -si bien tuvo el perfil de un gobierno “plebeyo”- cambió considerablemente la composición social de la élite gobernante; durante su gobierno la cantidad de sindicatos se multiplicó por diez y se legitimaron las huelgas y negociaciones colectivas entre trabajadores y empleadores. Se sancionaron leyes laborales y de protección de los inquilinos,​ y aparecieron los primeros sistemas jubilatorios, ampliándose las oportunidades de acceso a la propiedad de la tierra de trabajadores y arrendatarios rurales.​ Comenzó así a tomar cuerpo la amplia clase media que caracterizaría a la Argentina en la segunda mitad del siglo XX, y hasta la fecha.​

En ese contexto, los estudiantes de la Universidad Pública serían uno de los principales mecanismos de movilidad social para que este sector se identificara estrechamente con el radicalismo. Fue Gabriel del Mazo -íntimo de Macedonio Fernández, que luego entablaría una gran amistad con Jorge Luis Borges-, uno de los líderes de dicho movimiento y, quizá, el principal cronista de la célebre Reforma Universitaria. En un texto de aquellos días, subrayó con énfasis el componente político-social de la rebelión de 1918. “Aquí se da el caso de estudiantes reformistas, tildados por los hombres defensores de la vieja universidad de ateos en el orden religioso, unitarios en el orden político, demagogos en el orden universitario y chusmas en el orden social…”. Una inteligente e incluyente definición, sin duda.

Agreguemos a esto que en 1918 ya había en la Argentina cinco universidades, todas públicas, que pertenecían al Estado nacional. Digamos también, como antecedente, que la Universidad Nacional de Córdoba, fue fundada por los jesuitas en 1613, durante la colonización española, siendo la primera del país y la que dio a la provincia la denominación de “docta”, por los doctorados que otorgaba, valorados en toda Hispanoamérica; aunque mantenía, si bien es cierto, hacia 1918 características coloniales, racistas, elitistas, nepotistas y clericales (todo esto después de su secularización que se dio en el siglo XIX), estando alejada de las ciencias exactas y naturales, que contrastaban fuertemente con los cambios políticos, económicos y sociales que se habían producido en el mundo.​ Tampoco ninguna mujer cursaba en sus aulas y primaba el concepto machista de la “aristocracia doctoral masculina”.

El disconforme movimiento estudiantil, por su parte, había empezado a organizarse desde principios de siglo en centros de estudiantes por facultades y por federaciones en cada universidad y con una federación nacional que las agrupaba. En el orden académico, Córdoba era el caso más extremo del elitismo y la obsolescencia que caracterizaba a las universidades argentinas y latinoamericanas como corporaciones cerradas.​ La clase media emergente, comenzó a presionar para lograr el acceso a la formación superior y protagonizó el mencionado movimiento para derrumbar muros que hacían de la Universidad un coto cerrado de las clases superiores. Esta situación fue generando las condiciones para que el movimiento reformista se iniciara en junio de 1918, bajo la conducción de la flamante Federación Universitaria.

No obstante, hasta el contexto internacional se presentaba difícil en aquel momento, ya que el mundo estaba pendiente de la guerra en Europa y de la revolución bolchevique. Otro antecedente, nos señala que en diciembre de 1917, el Consejo Superior de la Universidad suprimió el internado del Hospital de Clínicas, una medida que para algunos pudo ser apenas el aleteo de la mariposa, pero que desencadenó una serie de sucesos que luego condujeron al caos. El hecho generó las primeras protestas de los estudiantes y removió las profundidades de resentimientos contenidos durante años. Los estudiantes reclamaban que la anquilosada posición de la Universidad no sólo limitaba el desarrollo científico sino que la reducía a una sola clase social; contrastando con lo que sucedía en el mundo.

Pero vayamos a otro antecedente la época. Primero fue una tibia carta al diario La Voz, de la ciudad de Córdoba, en la que se pedía por los derechos perdidos en el internado: “Es una necesidad docente imprescindible, reconocida en todas las escuelas de medicina del mundo”, reclamaban los estudiantes. No mucho tiempo después, el Consejo Superior tomó otra medida antipática, al modificar el régimen de calificaciones. Los estudiantes de la cátedra de medicina, protestaron solicitando a los alumnos que no se inscribieran. También alentaron a los practicantes a dejar sus lugares en las clínicas, y esto alentó la primera protesta. Una columna ocupó buena parte del centro de la ciudad y recorrió las avenidas y calles. Los jóvenes querían acelerar los trámites de la reforma, al tiempo que pedían que se derogaran las ordenanzas que los afectaban.

Las medidas de fuerza no demoraron en aumentar. El comité pro reforma, integrado por delegaciones de todas las facultades, decretó una huelga general sin plazo determinado y le ordenó a los estudiantes que se desempeñaban en puestos técnicos en la Universidad que los abandonen en el término de 24 horas. Así, con el apoyo de la prensa cordobesa se empezaron a realizar colectas para ayudar a los más afectados por la situación. Hasta los empleados que ocupaban puestos no técnicos se comprometieron a aportar el 5 por ciento de sus ingresos para asistir a los afectados. Las marchas desbordaron las calles de la ciudad. Los alumnos se reunían en las plazas y se envolvían en banderas argentinas los que pronunciaban discursos. La banda musical de la ciudad acompañaba tocando “La Marsellesa” y la gente entonaba la canción en un clima con aires de entusiasmo. Pese a la huelga, el Rectorado convocó al comienzo de clases, pero un tuvo éxito. No asistió ni un alumno, por lo que el Consejo Superior publicó el siguiente comunicado: “Atento los reiterados actos de indisciplina que vienen realizando los estudiantes, tales como inasistencia colectiva, medios violetos para impedir la matriculación de alumnos, falta de respeto a las personas académicas, que han perturbado la función docente y obstaculizado al consejo superior, el mismo resuelve clausurar las aulas de la universidad”.

Algunos de los puntos por los que marchaban los estudiantes eran los siguientes: “Autonomía universitaria donde la institución pueda elegir sus propias autoridades, sin injerencia del poder político, y proyectando sus propios estatutos y planes de estudio. Autarquía financiera que garantice que las asignaciones presupuestarias establezcan un mínimo no modificable por las autoridades de turno. Gobierno igualitario entre docentes, graduados y estudiantes, junto a la Libertad de Cátedra. Gratuidad y acceso masivo”.

Más allá de la revuelta estudiantil, fueron intelectuales y dirigentes políticos los que transmitieron el espíritu del cambio por toda América Latina. Durante una década, distintos conflictos por la reforma de la enseñanza se sucedieron en Uruguay, Colombia, Ecuador, Panamá, México, Paraguay, Bolivia, El Salvador, Venezuela y, principalmente, en Cuba y Perú.

Todos estos actos generaron una conmoción enorme en la opinión pública. El diario La Nación, que había publicado notas un año antes sugiriendo la necesidad de una adecuación de los planes de estudios en la enseñanza argentina, cuestionó ciertos imprevisibles e inevitables hechos de violencia. “Nunca se ha visto en Córdoba un escándalo semejante. El estado en que han quedado los salones de la Universidad después de los sucesos impresiona como un campo de batalla. No ha quedado vidrio sano, ni puertas, ni ventanas. La calle está sembrada de despojos. A juzgar por las disposiciones que se advirtieron en la masa estudiantil, no parece que ha de ser fácil dar con una solución que satisfaga a los alumnos y deje a salvo los prestigios del alto cuerpo universitario. Todo puede terminar en una masacre”, se escribió.

Sin embargo, no hubo muertos, pero 83 estudiantes fueron enviados a prisión y procesados por sedición. Las voces de apoyo, por supuesto, no se hicieron esperar. Los alumnos de todo el país se enteraban de las noticias por los diarios y el intercambio de telegramas fue clave. Se consiguió la adhesión de otras universidades y sumaron huelgas en todo el país. Los alumnos de Córdoba comenzaron a recibir apoyo desde todas las provincias.

El presidente Hipólito Yrigoyen dio la orden de intervenir la Universidad nuevamente. No duró demasiado, el 12 de octubre de 1918 se firmó el decreto con el “nuevo estatuto para la Universidad de Córdoba”. El movimiento era muy sólido y los cambios inevitables. Las reformas se fueron aplicando paulatinamente en las distintas universidades de la Argentina.

El dirigente universitario y periodista Deodoro Roca redactó el Manifiesto Liminar que decía entre otras cosas: “Se acaba de romper la última cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monástica. El actual régimen universitario es anacrónico y se halla fundado sobre una especie de derecho divino. La autoridad en una institución universitaria no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: enseñar, cuando no existe una vinculación espiritual entre el que enseña y el que aprende, es tarea infecunda”.