Cuando Winston Churchill dijo que una broma era algo muy serio, casi seguro que se refería a lo importante que es el estar rodeados de grandes personas y de que éstas supieran apreciar el sarcasmo reinante sin sentirse molestos. Mi admirado y querido amigo Paco Carmona nos ha sorprendido al grupo de los jueves siendo puntual. A pesar de todo, su gesta no ha pasado desapercibida resultando inevitable una generosa dosis de jactancia e incredulidad en los concurrentes.
Lo que ahora nos preocupa es que este cambio de actitud le pueda pasar factura. En él la impuntualidad ha sido algo parecido a quien siendo fumador empedernido lucha por dejar el tabaco. Confieso que nos ha sorprendido a propios y extraños porque lo suyo forma parte de una especie de leyenda urbana. Sin embargo, y de consolidarse, su éxito habrá sido el triunfo de la perseverancia. Mi amigo es el valedor de la sempiterna capacidad que tiene el ser humano para conseguir cualquier reto por muchos esquinazos que presente la vida. Ya sé que lo de la puntualidad no es para tanto si lo comparamos con el reto de cruzar el Niágara en bicicleta. Casi todo es relativo porque el secreto está en la firmeza para llegar lejos.
Y si de llegar lejos hablamos debo reconocer que Paco Carmona no ha tenido fronteras para sus andanzas mercantiles. Gracias a él y a sus hábiles dotes de persuasión hoy en día tres cuartas partes de las mujeres visten o han vestido algún modelo de lencería de su muestrario. Tanto es así que sus habilidades comerciales le llevaron hasta un poblado del Amazonas en donde no solo expuso catálogo, sino que acabó enseñando a las mujeres de la tribu de los Pacutos Cacataibos la manera de ir a la última en cierta clase de prendas íntimas.
Este hombre es el clásico amigo forjador de historias sin fin a la vez que hace pactos de sangre para cuidar de quienes bien le quieren. Un lujo tan excelso como la gama de prendas de lencería que ha exhibido a lo largo y ancho de un planeta que se le ha ido quedando pequeño, tanto que incluso conoce Albacete mejor que la chica del GPS.
Volviendo a lo de la puntualidad sabido es que el ser humano es poseedor de un bien preciado como lo es el talento. Utilizarlo de manera correcta es el final de un proceso, que por cierto tiene raíces morales (Al Capone también tenía un enorme talento, pero malos principios morales), de manera que el ser humano puede conseguir cualquier cosa que se proponga con un agudo arrebato de pundonor. Mi amigo posee un talento fuera de concurso. A sus amplias dotes comerciales ya expuestas, cabe resaltar que se trata de alguien capaz de desarmar un submarino nuclear –incluida la tripulación- y acto seguido reflotarlo sin que le sobre una sola pieza.
Llevo más de la mitad del artículo y aún no he conseguido enlazar lo de la puntualidad con algo coherente, o sea, algo que atrape al lector, pero es que me preocupa que este amigo tenga una recaída y deje de ser puntual. Lo difícil no es llegar, sino el saber mantenerse. Pasa en casi todos los órdenes de la vida. Recuerdo a un mariscal prusiano, que jamás llegaba tarde al campo de batalla, como un buen día necesitó oxigenar los adentros. Aquello le hizo retrasarse tanto que al incorporarse al puesto de mando la guerra ya había terminado. Por eso digo que la puntualidad, a pesar de estar bien vista, tampoco guarda estrecha relación con la falta de humor.
Comprendo a Paco Carmona. Es tan puntual como el cometa Halley; lo que sucede es que cada uno de nosotros atesoramos una virtud. La mía, por ejemplo, aún está por descubrir y no es por falta de ganas. Hace poco estuve en la consulta de un médico especialista en virtudes y me ha recetado el conservar a los buenos amigos de los jueves. Por eso Paco Carmona es amigo mío y por eso acostumbro a ser más puntual que él. A mí no me importa esperarle. Al resto del grupo, apuesto que tampoco.